Elogio de la acción en común - Semanario Brecha

Elogio de la acción en común

La semana pasada, en la escuela rural que fue epicentro del Núcleo Experimental La Mina (1954-1961), se inauguró una escultura del artista Fernando Stevenazzi en homenaje al proyecto socioeducativo liderado por Miguel Soler, que buscó superar el aislamiento del maestro rural e involucrar a la comunidad.

Miguel Soler durante la inauguración / Foto CEIP

Es una mesa rectangular de diez metros de largo, dos de ancho y menos de uno de alto, con un hueco circular en uno de sus extremos, desde el cual emergerá un ceibo blanco, originario del este del país. La mesa es de chapa de metal, y desde el pasado 17 de abril se ubica en el patio central de la escuela rural número 60, con vista al camino vecinal, en el paraje La Mina, a 12 quilómetros de la localidad de Isidoro Noblía y a unos 60 de Melo.

Esa escultura, denominada “Experiencia en Colectivo”, es obra del artista visual y ceramista Fernando Stevenazzi, y está allí para conmemorar el proyecto escolar rural conocido como Núcleo Experimental La Mina, desarrollado entre 1954 y 1961.

Liderado por el maestro Miguel Soler Roca, el núcleo experimental –que tuvo como epicentro la escuela referida– puso a trabajar de forma coordinada a siete escuelas rurales del norte de Cerro Largo, en un proyecto que buscaba romper con el aislamiento en el que se encontraba el maestro rural, coordinar esfuerzos y recursos entre todos los locales educativos e integrar a las comunidades. Los docentes del núcleo se reunían de forma periódica para planificar actividades, con participación de los niños, sus familias y vecinos. La experiencia también buscó articular esfuerzos con otros actores públicos para ofrecer una atención integrada e integral a los niños y adultos. En tiempos en los que el magisterio, y los maestros rurales en especial, asumían un gran compromiso con la problemática de los rancheríos rurales y los minifundios improductivos, los responsables de esta experiencia buscaron sumar esfuerzos interinstitucionales para mejorar la calidad de vida y las posibilidades materiales de los habitantes de la zona. Así fue que se sumó el Ministerio de Salud Pública, que envió las primeras tres enfermeras rurales para atender a la población; se articularon acciones con el Ministerio de Ganadería y Agricultura –que aportó técnicos agrarios para asesorar y formar a la población rural– y el Instituto Nacional de Colonización, entre otros.

LA MESA Y EL ÁRBOL. Los dos elementos simbólicos que reúne la escultura refieren a valores asociados a aquella experiencia socioeducativa: la mesa es el lugar de lo común, de lo nutritivo, el espacio para el intercambio, el diálogo y el debate. El árbol es la vida, el lugar de cobijo, de abrigo. Y también es la identidad local (por ser el ceibo blanco una especie nativa), las propias raíces, el ecosistema del que se parte y sobre el que se busca actuar.

Además de su fin conmemorativo, la escultura pide ser útil, utilizable. La mesa está para ser servida: busca ser una plataforma colectiva, un escenario desde el cual desarrollar diferentes actividades, desde aquellas propias a la cotidianidad escolar (trabajos al aire libre, de expresión plástica, espacio de lectura o para la alimentación), hasta otros usos sociales y comunitarios (escenario de reunión y encuentro entre los vecinos). Por eso en la memoria descriptiva su autor aclara que la mesa soporta hasta cinco personas de 80 quilos por metro cuadrado.
A su vez la escultura cuenta con un código QR, que permitirá recibir y subir información. La idea es que los estudiantes, docentes y vecinos puedan conocer la historia del núcleo escolar experimental y otros contenidos relativos a la actualidad educativa, que los niños a través de las ceibalitas podrán enriquecer.

La obra de Stevenazzi fue elegida en un concurso que el Consejo de Educación Inicial y Primaria realizó en 2011 para conmemorar los 50 años del cierre del núcleo de La Mina, pero recién cuatro años después se convirtió en realidad. Su inauguración tuvo lugar el lunes 20 de abril, al otro día de que se hiciera el Consejo de Ministros en Cerro Largo y que supuso el traslado a ese rincón del país de numerosas autoridades nacionales.

EL SÍMBOLO Y LA REALIDAD. Ese lunes se realizó en la escuela 60 un acto homenaje al núcleo experimental así como a su gran protagonista, el maestro Soler, quien para alegría de muchos docentes, ex alumnos, vecinos y jerarcas, asistió al evento. Con sus 93 años, Soler escribió un pequeño discurso que leyó en su nombre un maestro rural local. En él lo primero que hizo fue agradecer. Agradeció a aquellas tres enfermeras de a caballo, a los expertos agrarios egresados de Utu que participaron en las actividades del núcleo, al Ministerio de Ganadería que proporcionó ingenieros agrónomos para brindar instrucción agrícola, al colectivo de otros profesionales, y también a los maestros y estudiantes de magisterio que se pusieron la experiencia al hombro y construyeron un clima de convivencia solidaria en esos seis años de experiencia en La Mina.

Soler agradeció especialmente al Instituto Nacional de Colonización (Inc), y destacó su importancia. También recordó a su fallecida esposa y maestra Nelly Couñago. Ambos compusieron la canción de la escuela rural, cuya letra estaba escrita ese lunes 20 en el pizarrón de la escuela de La Mina, y que expresa claramente el interés de aquel proyecto por contribuir a una transformación de la ruralidad en Uruguay (“La tierra que es generosa/ pan dorado puede dar/ el niño que es esperanza/ debe aprender a sembrar/ Las semillas que en la tierra/ nuestras manos sembrarán/ sombra, leña, flor y fruto/ otro día nos darán”).

Quizás por esto mismo Soler recordó también el Reglamento Provisorio de tierras de José Artigas, “para el fomento de la campaña”, que este 2015 cumple 200 años.
El maestro aclaró que no hablaría de lo ocurrido en 1961, cuando la experiencia de La Mina fue desmantelada por las autoridades educativas nacionales. Pero sí recordó que en el momento de decir adiós, la radio La Voz de Melo “encendió su micrófono para que pudiera explicar las razones de mi partida a los niños, maestros y vecinos de La Mina, y a la ciudadanía de Cerro Largo. Al concluir mi exposición dije esta palabra: ‘Volveremos’. Como ven, hemos vuelto. Fortalecidos para seguir trabajando por el futuro de la patria. Porque, como nos dejó dicho Eduardo Galeano, ‘otro mundo es posible’”.

Para el escultor, la simbólica mesa tiene sentido si se usa, si es parte de una nueva experiencia colectiva. En diálogo con Brecha, Stevenazzi dijo que lo que le interesa “no es la obra en sí sino lo que a partir de ella se pueda generar en el lugar, usándola como mesa en el proceso de integración de la primaria rural, la Utu y el Instituto de Colonización”, en alusión a proyectos socioeducativos en marcha y que involucran a los consejos de la Anep y al Inc. En ese sentido, en su discurso en la inauguración recordó palabras de Leopoldo André Álvaro de Souza, un “vecino brasileño”, quien ha sostenido que “sin la realidad el símbolo pierde, no sirve”.

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Colonia Julio Castro

 

Además de homenajear a Soler y al núcleo de La Mina, el Instituto Nacional de Colonización inauguró el lunes 20 de abril la colonia Julio Castro, un predio de 770 hectáreas que beneficiará a 24 familias de asalariados rurales de la zona próxima a La Mina. Son tres grupos de colonos que se dedicarán a la ganadería y a la agricultura: Cruz de Piedra, Proquincel y La Esperanza. La nueva colonia está a 12 quilómetros de la colonia Misiones Sociopedagógicas Miguel Soler, que funciona desde 2011.

 

“Al término de esta ceremonia el Inc formalizará la entrega en arrendamiento de nuevas parcelas (…). Esto concreta algo que ambicionábamos desde el núcleo para ir transformando nuestra ruralidad, hacerla justa, eficiente y humana. Tengo una larga deuda con el Instituto Nacional de Colonización. El acto de hoy culmina una relación de 70 años”, recordó Soler. “Cómo me llena de emoción que esta colonia lleve el nombre el maestro mártir Julio Castro. Trabajamos mucho y nos quisimos mucho durante casi 40 años”, sentenció.

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