Familias - Semanario Brecha

Familias

Los estrenos recientes “El pelícano” y “Love Love Love” se desarrollan en hogares que, si bien difieren en tiempo y lugar, coinciden en llamar la atención en cuanto a ciertos rasgos de convivencia que ponen en peligro la unidad familiar.

"Love love love"

El pelícano, del sueco August Strindberg (1849-1912) en versión de la directora Marisa Bentancur, muestra a una familia que, al fallecer el padre, depende en demasía de una madre que, al igual que el ave del título, parece acumular más de lo que debería ser capaz de otorgar. Una relación inconveniente con el flamante yerno agrava una situación que el hijo de la mujer traduce en un abandono que la hermana también sufre. El egoísmo, la indiferencia y, por cierto, la crueldad, se cruzan en una casa que el trabajo de Bentancur estiliza a partir de una sugerente escenografía de Larisa Erganian, que propone un juego de grandes esferas de las cuales entran y salen los personajes que, de pronto, se hamacan en dichos espacios. La abstracción que dispone la versión, dejando de lado elementos naturalistas –sillas, puertas, ventanas–, condiciona los desplazamientos de los intérpretes, que por momentos se integran en imprevistas coreografías que acentúan la carga simbólica de un texto que acepta la intemporalidad. Hubiera sido necesario aprovechar más a fondo la identificación de las esferas citadas con mecedoras que mueven a quienes allí penetran, y quizás sobren un par de objetos materiales y la mención a puertas que no se ven, pero Bentancur logra construir una inquietante alegoría familiar gracias al buen rendimiento del quinteto que integran Rosa Simonelli como la progenitora, Pablo Sintes y Mariel Lazzo como los hijos, Álvaro Pozzolo en el papel del controvertido yerno, y Norma Berriolo como la empleada. (Teatro Victoria.)

Love love love, del inglés Mike Bartlett dirigida por Alberto Zimberg, toma parte de la letra de la canción “Todo lo que necesitas es amor” para narrar las tres instancias de una historia que involucra a una pareja que se conoce en pleno auge del Swinging London de los Beatles y que el espectador vuelve a ver tiempo después, cuando ya cuenta con dos hijos en tren de abandonar la adolescencia. Esa segunda visión se complementa con una especie de conclusión que arroja una ojeada al cuarteto unos veinte años después. Por el camino quedaron un enamorado de la mujer que quizás hubiera merecido mayor consideración por parte de ésta, y una serie de vínculos de unos y otros que ponen de relieve destellos de inconciencia, egoísmo, indiferencia y hasta crueldad, que llevan al cuarteto a una imagen actual que resulta una ironía con respecto al comienzo de una relación que bien podría haber tomado un rumbo diferente. El presente texto del autor de Contracciones, estrenada poco más de un año atrás, aparte de su atractiva división en tres partes que funcionan con propiedad, dice bastante acerca del mundo actual, familias incluidas, donde la gente habla pero no escucha, un mundo cuyo aturdimiento termina por arruinar las existencias de seres que ni siquiera advierten lo que perdieron. Mérito de Bartlett es expresar lo que antecede y algunas cosas más con la aparente levedad de un humor que, sin embargo, cala hondo. Zimberg recrea el asunto con un ritmo que se mantiene hasta en los habilidosos cambios escenográficos –excelente trabajo de Claudia Schiaffino y Beatriz Martínez– establecidos para brindar el marco donde se inserta la ¿evolución? de los personajes. Los méritos de la dirección se prolongan en el cabal rendimiento de Moré, Paola Venditto, Martín Castro, Cecilia Lema y Guillermo Robales, habida cuenta de los distintos tiempos en que casi todos ellos tienen que moverse sin perder de vista su identidad. (Circular, sala 2.)

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