La fuerza de la empatía

Con Jennifer Hartley

Jennifer Hartley es una dramaturga escocesa, directora teatral y líder de la organización Theatre Versus Oppresion (tvo), un colectivo internacional conformado por artistas y educadores que a través del teatro aplicado promueven la práctica teatral como herramienta para el cambio social. Por estos días se encuentra en Montevideo para presentar su último espectáculo, “Hasta que la muerte nos separe”,* basado en testimonios de víctimas y perpetradores de violencia doméstica.

 

“No vemos las cosas como son. Vemos las cosas como somos”, dice Hartley mientras discurre sobre la importancia de la percepción, camino que la condujo directamente al teatro aplicado como instrumento para la transformación. Este camino comenzó en Paraguay mientras intentaba descifrar cuál sería la mejor metodología para trabajar con víctimas de tortura y sus victimarios. Fue por entonces que conoció al brasileño Augusto Boal y comenzó a desarrollar las técnicas del teatro del oprimido, camino que la condujo a crear su propia práctica, sintetizada en su reciente libro Applied Theatre: A Journey, un viaje por los principales desafíos que enfrentó con tvo.
Hoy, luego de varios años de trabajo con “oprimidos” y “opresores” considera que hay que juzgar los actos, no a las personas y que la mejor vía para lograrlo es empatizar con ellas.

—Leí por allí que tus comienzos en el teatro fueron un tanto accidentales.
—Sí, es verdad. De niña nunca quise saber nada con el teatro, no me gustaba estar sobre el escenario. Después cursé literatura en la universidad y me otorgaron una beca para estudiar teatro. Lo del teatro aplicado fue un accidente por encima de ese otro accidente. Empecé a hacer teatro en Gran Bretaña, después me fui a Paraguay, donde me quedé cuatro años investigando sobre torturados y torturadores. Entonces pensé que podía mezclar esto con el teatro, hacer algo que tuviera mayor significado para mí. Entonces estudié sobre el teatro del oprimido, tuve la suerte de conocer a Augusto Boal y durante cuatro o cinco años hice varios talleres y trabajos con él. Tenía mucho respeto por el teatro del oprimido, pero había algunas cosas que no me gustaban; fue entonces que empecé a investigar lo que se llama teatro aplicado. El teatro del oprimido forma parte del teatro aplicado junto con otras técnicas, como el psicodrama. Partimos de la premisa de “condenar el acto pero no a la persona”, mirar los distintos puntos de vista en una situación. En Paraguay trabajé con víctimas y con torturadores. En algunos talleres incluso estuvieron juntos por un tiempo. En el caso de la violencia doméstica también trabajo con mujeres víctimas y con hombres que están en la cárcel. Partimos de la base de que hay que trabajar con ellos sin juzgarlos. Queremos entender por qué son así, por qué actuaron de tal modo. Es como hacer un viaje con ellos. Es un viaje para explorar, para entender.
—¿Cuál sería la diferencia sustancial entre el trabajo mediante las técnicas del teatro del oprimido y las del teatro aplicado?
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