Leída ayer, leída ahora

Seis escritores, dos críticos, varias generaciones

Lisa Block de Behar
Hace años la lectura de Rayuela requería la participación lúdica de un lector suficientemente ilustrado como para advertir las innúmeras alusiones, celebrar las ocurrencias, descifrar sus claves y revelar las referencias eruditas que sus páginas prodigan. A diferencia de esa feliz complicidad entre iniciados, de confabulación humorística y sabiduría casi secreta, las redes de hoy habilitan un acceso enciclopédico virtual visual, sin requisitos ni restricciones, que trivializa la connivencia de entonces. Cincuenta años después, un previsible desgaste arruga las páginas, los juegos languidecen entre bromas trasnochadas y lugares comunes de un París cada vez más desleído. Apostaría, sin embargo, a los nombres propios. De significado nulo, sugieren parentescos que el registro civil no prevé ni certificaría. ¿A qué saga literaria adscribiría a Morelli, personaje-escritor-crítico-teórico-álter ego-de-Oliveira-doble-de-Cortázar? ¿Qué genealogía onomástica reivindicaría desde los “Capítulos prescindibles”? ¿La del Morel de la invención de Bioy Casares o el Morel de las sospechas de Proust? Erasmo se burla de su amigo Thomas More y, sin embargo, elogia la locura que le insinúa el nombre del autor de la utópica isla, como la del doctor Moreau en la suya o, más siniestra, acecha desde la sombra de Morella, de quien el narrador de Poe intenta conjurar duplicaciones fantasmales…
Pero, “pensando en su kibutz” –como dice y desea el narrador– o interpretando entre dos lenguas o más, traduciría el título Rayuela al francés marelle, y transcribiría, como si escribiera en hebreo, sólo las consonantes m r l, en las que coinciden nombre y novela a la par. 


Jorge Ruffinelli
Repitamos el lugar común: Rayuela fue la biblia de mi generación. El jazz, París, la experimentación literaria, la reflexión sobre la novela, la Maga, el erotismo, el exilio voluntario, los amigos, el buen vino, el Sena, y la nostalgia de estar y no estar al mismo tiempo. Rayuela tenía todo. Y con Rayuela venía Cortázar, ese personaje inverosímil de estatura exacerbada, brazos larguísimos, lampiño, cara de niño, y un corazón como ningún otro escritor tuvo nunca. Eran inseparables. Lo conocí en Nueva York, lo invité a México, fascinó a los estudiantes que ansiaban su autógrafo hasta en botellas de ron. Llegó con Carole. Y confirmé que Cortázar era Rayuela. A veces lo escucho, con su erre arrastrada, en algún cd. Basta escuchar la carta a Rocamadour en su voz para que uno se largue a llorar. Nadie es inmune. 


Carlos María Domínguez
Entonces yo era joven y Cortázar también, pese a que en 1973 él tenía 59 años. Rayuela me mostró que se podía crecer sin renuncias. Onetti no, en Onetti la decadencia era ineludible, pero Cortázar lo desmentía. Recuerdo la extraña experiencia de estar perdido, por primera vez, dentro de una novela. El juego de los capítulos, sin duda, pero también la emancipación del argumento. Horacio Oliveira me sedujo y después rechacé su cobardía. Horacio estaba lleno de justificaciones intelectuales. Me enamoré del coraje de la Maga, y de las locuras de Talita y Traveler, que acabaron tan mal. Detesté que Horacio no estuviese a la altura moral de su inteligencia, de su talento y sus ternuras. Pero todo eso latió como un corazón, y todavía late negándose a aceptar que se trata sólo de palabras bien o mal escritas.
Rayuela fue una experiencia llena de permisos para vivir y para escribir. Me dio la curiosidad por el jazz, y la ilusión de que se podía jugar con el idioma como con una música. n
Gustavo Espinosa
La revisión de la obra de algunos escritores del siglo pasado nos recuerda, antes que nada, la civilización desactivada de la que fueron parte. Porque somos nativos de aquella realidad apagada, de aquel mundo cuyo sentido parece haberse consumado, recordamos algunos de aquellos libros con nostalgia de desterrados. Esta melancolía se radicaliza cuando revisitamos los textos de Cortázar (Rayuela particularmente). Ocurre que aquella novela, las que la siguieron, los libros degenerados o misceláneos (Cronopios, Último round, La vuelta al día..., en fin, todos los que no son estrictas colecciones de cuentos), realizaron de modo demasiado emblemático, ingenuamente explícito y muy epigonal, los rasgos de aquella cultura en estado de fiebre sicodélica, de ruptura y de boom. A veces he tratado de volver a Rayuela. Pero me resulta tan imposible como regresar a la biblioteca de mi tía Mirta, donde la encontré en 1973: Rayuela es un libro irrecuperable como la adolescencia. 


Alma Bolón
Letrada, urbana, musical, juvenil, atormentada y conversada: inolvidable Rayuela. Novela en la que caben tantos mundos, entre la pieza del conventillo montevideano de la Maga y la Herzegovina natal de Ossip Gregorovius. Novela en la que sobre todo cabe París, el del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, y el del Pont des Arts, en donde Horacio Oliveira ve surgir del azar la figura evanescente de la Maga. (Y en ese mismo Pont des Arts, en que el azar armaba el encuentro de la Maga y de Horacio, hoy se enganchan millares de candados cuyas llaves fueron tiradas al Sena por parejas que reclaman cadena perpetua en la cárcel de amor, sin metáfora y con helada prenda metálica.)
Letrada y urbana, en Rayuela, la ciudad y las palabras se recorren en un sentido y en otro, armando y desarmando trayectos –“Pureza. Horrible palabra. Puré, y después za”–, haciendo del juego una labor melancólica. Entrañable Rayuela, del linaje (romántico, modernista, surrealista) de los que atan el destino poético y el destino político de las palabras, tan entrañable como su casi contemporánea Tres tristes tigres, también letrada, urbana, musical, juvenil, atormentada y conversada. Deambular por la ciudad –París o La Habana– desarmando las palabras y volviéndolas a armar para que lo inesperado se mostrara, con convicción y desesperanza: ahí se prefiguraba un destino casi intercontinental. Años más tarde, en el 68 y en los golpes, ¿qué habría sido de la Maga, de Horacio, de Arsenio Cué y sus amigos? 


Ana Solari
Para muchos de mi generación, la adolescencia estuvo acompañada por Cortázar. Lo conocí en el programa Eco contemporáneo, que los hermanos Alberto y Luis Restuccia tenían en radio Panamericana. Una medianoche escuché El perseguidor y al otro día salí a buscar el libro. Cortázar fue una revelación, y lo leíamos a medida que conseguíamos sus libros, que pasaban de mano en mano. Era la dictadura, y se había abierto un espacio de libertad y de rebeldía mental. Todos hablaron y hablan todavía de Rayuela, y todos nos enamoramos de esa ciudad romántica, de esos personajes imposibles, de esas tragedias sureñas en calles y paisajes ajenos (tengo amigos que bautizaron a sus hijas Maga, pero no sé cuántos siguieron sus instrucciones; yo, no). Con los años, uno entendió su papel de intelectual sudamericano, el Tribunal Russell, su defensa de los derechos humanos. Y en los ochenta salió “Queremos tanto a Glenda”. El cuento no parecía suyo, como si hubiera sido escrito por alguien que había sido Cortázar y ya no lo era. Había una lejanía, un extrañamiento. Qué sabía uno de su enfermedad, de su depresión, de sus pérdidas.
Y en el irrespeto de la juventud, uno le escribe una carta. Un mes más tarde, la respuesta, con sello y matasellos de España, fechada en París, 21 de mayo de 1983.
“Gracias por su mensaje, que me alienta en mi tarea (aunque tal vez usted tiene razón y hoy miro algunas cosas como desde lejos). En todo caso, un abrazo amistoso, Julio Cortázar.”
Un año después falleció, y dejó un agujero espantoso que ningún otro escritor pudo llenar.


Leonardo de León
Hace muchos años, y ante la tentativa de leer Rayuela por primera vez, alguien me dijo: “Leé todo lo que puedas antes de entrarle”. Aquella premisa me sentenció a un imposible, en tanto que el karma de todo lector apasionado es, como se sabe, sentir que el tiempo apremia y la vida es demasiado corta para leer todo lo que se desea. A partir de entonces Rayuela estuvo, pues, como telón de fondo en cada una de mis lecturas, y cada libro era –parafraseando al propio Cortázar– un libro más pero también un libro menos en el camino hacia esa gran novela erigida sobre un horizonte perpetuo. Un día no aguanté más y la leí. Quedé abrumado por su complejidad. En ese momento el capítulo siete fue, claro, llevado a la práctica. Aún hoy la visito de vez en cuando y descubro, con asombro, nuevas formas de leerla. Rayuela se reescribe y se desborda continuamente. No importa lo que hagamos antes, durante, o después de su lectura. Hay en ella algo de amparo y algo de fuga. 

Horacio Cavallo
Cortázar fue probablemente el autor más leído a lo largo de mi adolescencia, en muchos casos generando en torno a él una admiración que provocó que su figura, o la construcción que hice de ella, oficiara de amuleto contra ese mundo terrible que esperaba ahí afuera, y al que, al parecer, era posible cambiar a través de la literatura.
Leí Rayuela en una edición de Sudamericana, de octubre de 1974, entre los 18 y los 20 años, siguiendo sólo la forma tradicional de leerla. Con el tiempo la abrí en cualquier lado leyendo con fervor cristiano. Incorporé a mi mundo diario (o nocturno) la camaradería del Club de la Serpiente, lloré la muerte de Rocamadour y como muchos otros tipos de mi generación y de las anteriores busqué a La Maga que, sabía, como en la canción de Darnauchans, “andaba por algún lado dándole sentido al aire y a las cosas”. Que se llamara Lucía le alcanzaba a este Horacio para abrir más los ojos.
No volví al libro con los años. Creo saber por qué, eso que Sabina comprendió en Comala: “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. 

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