En blanco y negro

Los inicios de TNU, a 50 años de su fundación
Un proyecto pedagógico y nacional, mucho pulmón y poco dinero. Un “divo” que sale en pantalla y remata el enfrentamiento con los canales privados enmarcado en años de predictadura. Las bodas de oro de la televisión estatal traen al recuerdo historias de sus tumultuosos inicios –cuando era Canal 5 y se veía sin color– atravesados por profundos debates sobre su función social y lugar en el abanico de medios del país.

A las 20.30 Charles Aznavour apareció en la pantalla de Canal 5, “encaramado en un taburete” y “vestido con un impecable traje de alpaca gris, camisa rosada y mocasines de cocodrilo negro”. El cantante y actor francés de origen armenio había conmocionado la ciudad aquel martes 10 de mayo: el “divo” tuvo tiempo para entrevistarse con la prensa, conversar con el presidente Heber y sonreír a las quinceañeras de “pollera escocesa y pantalón de franela” –como dictaba la última moda del año 1966– que lo esperaban en la puerta de su hotel.1

 

La noticia, reservada para el ámbito del espectáculo, poco a poco se trasladó a los debates políticos y económicos de la época. La llegada de Aznavour avivó la lucha entre la televisión estatal y las privadas, cuyo tono creciente comenzaba a poner en jaque el proyecto del Canal 5 y la permanencia de sus autoridades.

A LOS TUMBOS. La oscura taberna y el estado de borrachera de los personajes de O’Neill en Largo viaje de regreso –el teleteatro emitido el 19 de junio de 1963, iniciando las emisiones del canal estatal– auguraban muchos traspiés, tambaleos y caídas en los primeros años de su funcionamiento. E incluso eran reflejo de sus años precedentes.
Canal 5 había sido pensado desde 1950, seis años antes de que comenzara a emitir Saeta –Canal 10, el primero de la televisión uruguaya–. En aquel año, la ley referida al presupuesto del Servicio Oficial de Difusión Radio-Eléctrica (como se llamaba en su origen el sodre) reservaba una partida de dinero para “atender las erogaciones que demande la instalación de un servicio de televisión, incluyendo los estudios técnicos correspondientes”. Con este objetivo, en 1953 el sodre definió un plan de trabajo y abrió la licitación para adquirir el equipamiento necesario. Dos años después se había firmado contrato con la General Electric y los canales 5, 3 y 8 habían sido adjudicados al Estado. El proyecto era que en 13 meses la televisora se instalase y comenzase a funcionar. En realidad, llevó ocho años.
El semanario Marcha denunciaba que en 1955 habrían llegado a la aduana los equipos técnicos “más modernos de Sudamérica” con destino a Canal 5,2 pero permanecieron allí durante siete años, perdiendo su carácter innovador. El Ministerio de Defensa Nacional cedió los terrenos donde aún hoy está el canal –bulevar Artigas y Colorado–, y con magras partidas presupuestales se construyó la torre, lista para fines de 1962. Al año siguiente comenzó la emisión experimental, de unas dos horas diarias.
El primer director de programaciones del canal fue Justino Zavala Carvalho, que en los hechos funcionó como director del emprendimiento (véase recuadro). Una vez fundado el canal, su desafío pasó a ser cómo llenarlo de contenido con pocos recursos. En los primeros años, Luis Alberto Negro dirigió las únicas dos cámaras que tenía la televisora. Como los exteriores eran impensables, Ángela Cáceres y Jorge Luis Ornstein, que hacían el programa Nuestro tiempo, nuestra gente, salían a buscar historias de todos los barrios, que plasmaban en libretos luego representados por los actores del teleteatro –los mismos del radioteatro del sodre–. La utilería y la escenografía de estas presentaciones, como la de los teleteatros, “era domiciliaria, salía de nuestras casas”, asegura el director Júver Salcedo. La colaboración y la unidad del trabajo de aquellos años parecían amortiguar los problemas económicos. Durante los primeros ocho meses no se pagaron los sueldos, aunque luego se cobraron con retroactividad. Así, en el primer año de vida de la televisión estatal se hizo evidente que los rubros no daban y que su subsistencia dependía de nuevas formas de ingresos.

GUERRA MEDIÁTICA. La primera alternativa se buscó en el Estado: la ley presupuestal de 1964 obligaba a los entes autónomos y servicios descentralizados a invertir un 20 por ciento de lo destinado a publicidad en el sodre. Pero las empresas estatales no estaban en condiciones de destinar más recursos a publicidad ni querían hacerlo en un espacio que no consideraban redituable.
Por lo tanto los recursos que se generaron con esta disposición “eran absolutamente insuficientes” para el mantenimiento y desarrollo de la televisora, como denunciaba el senador Luis Hierro Gambardella en una sesión parlamentaria de agosto de 1967. Los números que presentó hablaban por sí solos: en 1965, de los 3 millones de pesos que debía recibir el canal por esta ley, obtuvo 250 mil.3
Urgía, por tanto, buscar otra solución. La alternativa fue aprobada en mayo de 1966: la radio y la televisión del sodre comenzarían a vender publicidad comercial. Con esta medida, Canal 5 dejó de dar pérdidas y, más aun, logró autofinanciarse y comenzar a concretar sus proyectos de expansión en el Interior.
Pero el costo se tradujo a términos políticos. Las relaciones ya tensas entre el canal y la Asociación Nacional de Broadcasters Uruguayos (Andebu) subieron de tono y dieron lugar a una fuerte campaña mediática contra la medida. Las pantallas de los canales 10, 4 y 12 repetían la frase: “La publicidad que propala el sodre es ilegal, inconstitucional e inconveniente”. Se hablaba de “competencia desleal” y de “peligro para la libertad de pensamiento”. En un artículo de Cine Radio Actualidad se aseguraba que las empresas particulares se quejaban de que “las emisoras y la tevé del sodre, pertenecientes al Estado y gozando de toda clase de privilegios y prerrogativas, salgan a la calle en demanda de publicidad para financiar sus programas. Éticamente es inadmisible. Los canales comerciales se sienten frenados y perjudicados en múltiples aspectos. El sodre tiene un presupuesto que es bien pagado con los dineros del pueblo. Los canales comerciales ¡no!”.4 El País publicó una discusión del Consejo Nacional de Gobierno donde el consejero Penadés aseguraba que le habían llegado protestas de radios y televisoras de otros países del continente, “solicitando que se dejara sin efecto la medida del sodre en el sentido de incluir publicidad comercial en sus programas radiofónicos y televisados”.5
A pesar de los embates, la decisión del sodre permanecía firme y respaldada jurídicamente por los informes del asesor letrado, doctor Jauregui, el asesor del Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social y fiscales del gobierno. El resultado era concluyente: el sodre tenía (aún tiene) un grado de autonomía que le permitía definir su gestión comercial y, por tanto, vender publicidad. Además, en tanto el uso de las frecuencias por privados estaba supeditada a la autorización estatal, serían ellos los que estarían haciendo una “competencia desleal”, al establecer acuerdos por un espacio publicitario que no sabían si tendrían en el futuro. Por tanto, “si la utilización de canales es precaria, la venta de publicidad en los mismos también tiene que serlo”, aseguraba Gambardella en su discurso. Asimismo, agregaba que la venta de publicidad privada del sodre no alteró la programación ni la calidad de los medios de Andebu, contrariamente a su vaticinio.
En este marco llegó Charles Aznavour al Río de la Plata, con su camisa rosada y sus canciones romanticonas. Los canales disputaban la posibilidad de traerlo, pero el éxito del artista era correlativo a su costo. Las especulaciones terminaron cuando, en el mismo mayo del 66, Aznavour acordó hacer su espectáculo en Canal 5 y en el teatro Estudio Auditorio. La gestión fue realizada por el productor Marcos Ohanessián, que hacía el programa Armenia en Uruguay para el canal estatal.
La situación se transformó en “una pelea de bolicheros que se disputan una esquina”, decía Zavala Carvalho en entrevista con Marcha.6 Y la pelea se hacía en un contexto cada vez más espinoso. En 1967, durante el gobierno de Óscar Gestido, renunció toda la Comisión Directiva del sodre por entender que el Poder Ejecutivo no los apoyaba ante la presión de Andebu.7
Hacia fines de ese año y comienzos del siguiente, los trabajadores de Canal 5 entraron en conflicto por los problemas de la televisora y el cobro de sus horas extra y aguinaldo. Durante varios días no hubo programación al aire hasta que fueron intimidados por el Consejo Directivo del sodre y el Ministerio de Cultura (mec). Los titulares de la prensa sobre el tema se pierden entre noticias de otros conflictos sindicales, acciones tupamaras e intervenciones, clausuras a medios de prensa y disoluciones de grupos opositores realizadas por el presidente heredero, Jorge Pacheco Areco.
El 3 de enero de 1968 el Consejo Directivo impidió la entrada de Zavala al sodre, se le inició un sumario y fue separado del cargo. Se lo acusaba de “ineptitud”, “omisión” y, sobre todo, de mal manejo de fondos durante su gestión, fundamentalmente en relación con el caso Aznavour. Ocurrió que Ian Publicidad, la productora dirigida por Ohanessián a través de la que se contrató a Aznavour, presentó un reclamo por el saldo de su cuenta con el sodre.
Con la salida de Zavala se nombró administrador general del canal –funcionando en los hechos como su director– a Ruben Rodríguez, gerente de Canal 12. “No le interesaba la cultura. Más bien quería dejar en el refrigerador al canal”, recordó Cáceres. Con él llegaron también trabajadores de otros medios que ayudaron a desdibujar el perfil del proyecto de la televisora estatal y relegaron de sus tareas a los funcionarios de entonces. “Poco a poco nos fueron sacando de las manos nuestros programas y nos querían tener sentados en el escritorio”, aseguró Cáceres. Los tiempos de trabajo y creatividad del escritor Paco Espínola como asesor artístico del canal pasaron a mejor vida, obligado ahora a la pasividad de leer el diario en sus horas de trabajo. Otros, como Júver Salcedo, directamente renunciaron a su cargo.
Mientras unos salían y otros entraban, a mediados de aquel denso enero la prensa anunció la posible intervención de la Comisión Administradora del sodre. La medida, que habría sido solicitada por el ministro de Cultura, Gambardella, se justificaba –según El País– en que la gestión del Canal 5 “concita la atención pública desde hace dos años largos, coincidentemente con la apertura de éste a la publicidad”. Gambardella declaró al medio que “el actual Consejo Directivo intentó, con o sin intención, fundir el canal oficial”.8 Para 1968 había nueva Comisión Directiva, aunque su suerte fue semejante a la de sus antecesoras: hasta la dictadura, prácticamente cada año fueron removidos sus integrantes por el Poder Ejecutivo.
Mientras, la dirección del Canal 5 también pasaba de mano en mano. Su director original seguía reclamando ser restituido en su cargo, sobre todo luego de que el asesor letrado subjefe del mec, José María Labandera, y el fiscal José Pedro Varela Seré, establecieran que Zavala debía ser reintegrado a sus funciones, aun cuando el sumario siguiera su curso, por las irregularidades cometidas en su investigación y porque, tras dos años, Zavala seguía sin respuestas, cobrando la mitad de su sueldo y sin poder trabajar.
Nada de eso ocurrió, y en 1975 el gobierno militar le comunicó que, “dejando de lado las razones que hubieran existido para realizar un sumario y en atención al tiempo transcurrido para no perjudicar la programación del canal oficial, se le deja cesante del cargo”.9 Con esa decisión, marchó para el exilio en el Principado de Andorra y luego en México –donde participó de la creación de la Convergencia Democrática–, pero continuó reclamando hasta el final de sus días ser restituido en su puesto.
En el inicio de la dictadura el canal estaba en una precaria situación económica, con partidas de dinero cada vez más reducidas. Sobrevivir implicó entonces realizar coproducciones con privados como Julio Sánchez Padilla. Manteniéndose a flote, el canal fue dejado a un lado. Como escribió Carlos García Rubio, “ni en los años finales de la década del 70 ni durante los 11 años del gobierno militar, las autoridades pretendieron transformarlo en una herramienta primordial en la difusión de su accionar. Canal 5 nunca fue un canal oficialista en sentido estricto, o de carácter netamente propagandístico (tal vez, entre otras razones, porque los distintos gobiernos tuvieron como aliados a los canales privados, lo que restaba importancia a lo que el 5 hiciese o dejase de hacer)”.10 

1. “Aznavour: una voz desolada que canta entre los dólares”, en El País, Montevideo, 11-V-1966, pág 4.
2. “Víspera del Canal sodre”, en Marcha, Montevideo, 14-VI-1963.
3. Luis Hierro Gambardella: “sodre. Su derecho a publicidad. Su misión educacional. La defensa de la soberanía”. Montevideo, Agrupación Batllista José E Cámera, 1967, pág 15.
4. Citado en Carlos García Rubio (editor), Televisión estatal ¿Qué hacer con ella?. Montevideo, Universidad Católica-Zeitgeist, 1998, pág 25.
5. “La publicidad en el sodre es comentada en sesión del Consejo de Gobierno”, en El País, Montevideo, 12-V-1966, pág 5.
6. “Por una tevé al servicios de la educación”, en Marcha, Montevideo, 17-VII-1967, pág 23.
7. Carlos García Rubio, “Las cuatro décadas de Canal 5”, en Televisión estatal ¿Qué hacer con ella?, pág 26.
8. “Intervendrán el sodre por el canal oficial”, en El País, Montevideo, 13-I-1968, pág 4.
9. Hugo Fontana (coordinador), sodre 80 años. Montevideo, mec, sodre y Presidencia de la República, 2009, pág 84.
10. Carlos García Rubio, op cit, pág 26.

Comentarios   

 
+1 #1 Juan Soriano 28-06-2013 19:09
Muy buena reseña. Muestra varias cosas: la ineficiencia estatal para ponerlo en marcha, las buenas intenciones y el sacrificio de los pioneros, la continua lucha de los canales privados por mantener sus privilegios y eliminar toda posible competencia. Esta actitud se mantiene hasta ahora con la televisión por abonados, la televisión digital, etc. Hoy tenemos un canal con buena pantalla, programación aceptable aunque algo alejada de la "cultura" lo que de alguna manera es una discriminación para las personas mayores o con dificultades de acceder a conciertos, óperas, etc. También el gremio por justas reivindicacione s abusa de los cortes de programación que perjudican a los pocos televidentes del canal y benefician a los canales privados
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