En busca de la propia palabra – Brecha digital

En busca de la propia palabra

Un día Tati escuchó en una entrevista a una actriz trans que ella no se consideraba homosexual, sino hetero. Tati era aún una niña que miraba la tele cepillando el pelo de una muñeca de su hermana, pero la escuchó y no la olvidó, porque esa frase le salvó la vida.

No hablamos de suicidio, ni de una conversión religiosa, esas cosas que la gente imagina cuando oye hablar de salvación; hablamos del valor que se da a sí misma. Debe de sonar raro que una aclaración de palabras, “homo” y “hetero”, pueda salvar la vida de alguien. De hecho, cuando Tati estudiaba inglés le enseñaron una rima que decía “Sticks and stones may break my bones but words will never hurt me” (“Palos y piedras pueden romperme los huesos, pero las palabras nunca me lastimarán”). El mensaje era que las palabras no tienen verdadera trascendencia porque lo único que tiene consecuencias son los actos físicos. Pero la sabiduría popular esta vez no parece estar en lo cierto. Desde el momento en que somos humanos, las palabras nos acompañan hasta en los sueños, nos definen, nos matan o nos salvan.

La hermana de Tati, sin ir más lejos, un día entró en su cuarto, se sentó en el suelo a su lado, le tomó las manos mirándola a los ojos con la mayor seriedad y le dijo: “Prometeme que nunca vas a ser homosexual”. Tati no tenía idea de lo que significaba. Nuevamente, una palabra que le era impuesta, como un bozal, como una cadena, y Tati sin saber qué responder. Lo único que sentía era la imperiosa necesidad de hacer lo que la hermana le pedía, porque sus ojos le hablaban de un asunto de vida o muerte. “¡Claro!”, le dijo, por las dudas.

Con el tiempo comprendió, entre el bombardeo de la tele y las burlas que paulatinamente iban creciendo junto con ella en el liceo, lo que significaba la palabra. No se identificó. No entendió por qué la hermana podría haberle hecho prometer eso.

Homosexual significaba masculino atraído por lo masculino, femenino atraído por lo femenino. Tati había hecho buenas migas con una vecinita, y jugaban a las señoras que tomaban el té. La nena le contaba en secreto que Fabián, el nene de la otra cuadra a veces jugaba con ella a los esposos y le daba besos en la boca. A Tati nunca se le habría ocurrido jugar con ella a los esposos, porque ninguna de las dos habría querido ser el marido. Su único mundo sexual (si es que “homosexual”, como termina en “sexual”, tenía que ver con eso) era el de los juegos. Y en los juegos Tati jamás se habría besado con la vecinita.

Homosexual significaba que a alguien le gusta alguien de su mismo sexo, pero que se identifica con su órgano sexual. A Tati nunca le ocurrió así. Se dio cuenta de eso en un intercambio con su hermano, con el que siempre habían sido íntimos. Él le lleva diez años, y la cuidaba de bebé cuando los padres salían. Le cambiaba los pañales, y cuando Tati fue creciendo le decía cosas que le daban risa cuando la acompañaba al baño, como “¡qué olor a culo!”. Muchos años después, cuando Tati le confesó su atracción por los hombres, el hermano, con la confianza de siempre, la tocó en el pene; fue sólo un roce, una caricia inocente, y al hacerlo rió “¿y ya te han tocado ahí?”. Tati entendió la intención. Era el hermano, el mismo que la corría amenazándola con una alpargata por toda la casa, el que la hacía reír. Él la amaba, y lo que atinó para suavizar la tensión fue a tratarla como había hecho siempre. A Tati no le gustó. Si no la hubiera visto como “homosexual”, sino como a una chica, nunca se habría atrevido a tocarla en su intimidad, como jamás habría hecho con la hermana. ¿Algún día dejaría de verla como hermano varón?

Un día en Facebook un amigo colgó un video de Youtube. Era un fragmento de una película vieja donde trabajaba una actriz cuya cara le sonaba conocida. “Un clásico”, ponía el amigo como comentario. Lo miró varias veces intentando ubicar el rostro. Hasta que se dio cuenta. Era aquella actriz trans que en su niñez le había escuchado decir que no se consideraba homosexual, sino hetero. Entendió, o recordó, entonces que era libre de definir quién era. Tati es una chica nacida en un cuerpo que marcó su destino. Una mujer trans, en busca de su más fiel expresión. Tampoco diría que es “hetero”; eso sería embanderarse. Aún no encuentra la palabra que logrará definirla, pero no permitirá que nadie más lo haga por ella.

Artículos relacionados