Cuando el 9 de noviembre de 1953 el escritor galés Dylan Thomas murió en Nueva York a los 39 años de una aparente neumonía y luego de la ingesta de 18 whiskies, tal como sostiene la leyenda, dejó tras de sí una obra intensa y ecléctica, un corpus integrado por poesía, relatos cortos y guiones de radioteatro y de cine, además del registro sonoro de muchos (y multitudinarios) recitales poéticos que lo habían convertido en una auténtica celebridad mediática, con lo que iluminó ese culto en vida que fue coronado por una muerte temprana. Espigar de entre toda su obra una breve antología no se presenta como una tarea sencilla, aunque, justo es decirlo, lo mismo aplica para cualquier autor: el resultado de la selección evidencia siempre lo que quedó afuera, las decisiones del antologista parecen requerir una justificación y un pero o varios acechan a la vuelta de todo índice. Lo mejor es dejar de lado tales circunstancias al momento de abordar estos Cuentos y poemas selectos de Dylan Thomas, seleccionados, prologados y traducidos por el ensayista y traductor argentino Pablo Gianera, quien ha vertido a nuestro idioma obras de autores tan diversos como Hugo von Hofmannsthal, Novalis, Jack Kerouac y John Banville.
Ocho poemas (que se presentan de forma bilingüe) y siete cuentos conforman esta selección que, ordenada de forma cronológica, se abre con el breve relato «Brember», aparecido en 1931 en las páginas del Swansea Grammar School Magazine, cuando el autor tenía 17 años, para cerrarse con la magistral pieza «Navidad de un chico en Gales», ese cuento que condensa en diez páginas todo el encanto de la infancia, en el que aparece «la nieve interminable manchada de humo» y donde «el viento en los árboles hacía un ruido como de hombres viejos, repugnantes, y tal vez palmípedos que bufaban en cavernas».
En cuanto a los poemas seleccionados, Gianera parece haber ido a lo seguro e incluyó en su corte algunas de las piezas más conocidas del autor, tales como «Fern Hill», «And Death Shall Have No Dominion» y «O Make Me A Mask». Entre los cuentos, además del rescate del temprano relato «Brember» (un prodigio de condensación descriptiva), se destacan «El árbol», «La vieja Garbo» y en especial «Los duraznos», el texto más extenso del volumen, originalmente publicado en Life and Letters Today, en 1938. Quiero detenerme en este cuento para subrayar algo que Gianera destaca en la breve introducción del libro, cuando apunta que los relatos y los poemas de Dylan Thomas procedían del mismo lugar, y ese lugar no era lo vivido. En una poesía y una cuentística tan autobiográfica y autorreferencial como la de Dylan Thomas cuesta, en principio, comprender lo anterior, pero es el propio autor el que lo decodificó cuando para una encuesta publicada por la revista Sur en1951, bajo el título «Manifiesto poético», expresó: «Quise escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles, y antes de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, solo de sus palabras. Lo que las palabras representaban, significaban o querían decir tenía una importancia muy secundaria; lo que importaba era su sonido […]. Y todavía estoy a merced de las palabras, aunque creo que ahora puedo influir levemente en ellas, y hasta he aprendido a dominarlas de vez en cuando, lo que parece gustarles». El cuento «Los duraznos», ubicado en el centro mismo del libro que acá se comenta, grafica de forma cabal lo anterior.
La aparición de estos Cuentos y poemas selectos forma parte de un revival editorial de Dylan Thomas, propiciado por el hecho de que su obra entró al dominio público el 1 de enero de 2024. Sin ir más lejos, el año pasado la editorial argentina El Cuenco de Plata publicó su Poesía completa 1934-1952, con prólogo, traducción y notas de Patricia Ogan Rivadavia y Esteban Moore. Varias décadas después de muerto, el inquieto galés sigue en procura de dominar las palabras.


