El frente ciudadano, o los extraños de la polis

La convivencia como un conglomerado anónimo habilitado por un espacio discursivo (la polis) para librar las grandes luchas y también las batallas cotidianas implicadas en armar, mantener, y renovar el lugar donde se vive apuntando a la forja de un mundo plural-igualitario.

Al cierre de 2015 la alteridad pasa a primer plano. Año pródigo en exhibiciones de la lógica amigo-enemigo que abonaron con brío la alteridad perversa, poblando la arena mundial de nuevos repertorios de extraños. América Latina contribuyó con las suyas, entre ellas el ruido electoral y el déjà vu de la búsqueda de salidas coyunturales a “crisis políticas” que plagaban una región donde la política continuaba narrándose en ciclos, narraciones que por cíclicas ellas mismas poco se prestan para desmontar los puntos-ciegos que dejan el campo de la contestación huérfano de horizontes que el “más de lo mismo” impide divisar. Además bastaba el mundo que caminarlo simule entero (con millas de viajero frecuente, con cartones al hombro de una vereda a otra, o cargando los pequeños entre el barro de fronteras europeas) para aleccionarnos: sin tarjeta no habrá cómo acreditar pertenencia a las categorías que dan el pase. Desde luego. En código de very important person de sala de aeropuerto (entre otros Vip pregonados sin pudor); de hospedaje de horas para despojar el cuerpo de las agujas de dolor de frío; o de refugio buscado cuando los siniestros juegos del orden mundial extirpan de humanidad la vida cotidiana, habrá que continuar manufacturando ajenidad para que “la compresión” materialice la oferta. Para eso está la globalización. Mas la maniobra será improbable sin innovar el repertorio de alteridades en que la materialización de la oferta (“un mundo global”) asienta sus réditos de capital. Por capital quiero decir discursivo, ya que si no por cohabitar el mundo tenemos lugar en él, ninguna de las situaciones del presente inmediato que refuerzan el dato elemental reinventando sus representaciones es accidental o inconexa. El instrumental de la destrucción-creadora fragua el repertorio; y el individualismo posesivo lo pone a disposición a través de la lógica neoliberal que, crisis periódicas a un lado, lleva décadas probando la colosal capacidad de la americanización (la globalización no es otra cosa) para surtir efectos donde realmente importa: en el terreno que codifica el poder para habilitar sus juegos: el terreno cultural, que “para eso” no hay otro.1 Pero si a estas alturas la alteridad reclama que se hable de ella no es para seguir mostrándose ad infinitum como tecnología de diferenciación perversa, sino para liberar al “extraño” del ropaje que desde Simmel en adelante se le ha asignado. Sólo entonces podrá aparecer la promesa obturada que dejar al descubierto el lugar de los extraños en la polis revela.2

Si bien tentadora, la invitación a trascender “el lugar donde se vive” como plataforma desde la cual contemplar el horizonte de la acción contestataria prefiero declinarla. Entiéndase la opción en dos sentidos. Primero, como invitación a no desviar la atención de que –en una condición presente de alto rendimiento (velocidad y diversidad) en la producción de alteridad perversa a escala planetaria– las pérdidas remiten en última instancia a los modos de relacionamiento y convivencia constitutivos de lo público, es decir, a espacios relacionales que –por premonitorias que nuestras expectativas poswestfalianas eventualmente fueren– continuarán afincados en territorios concretos (estados-nación), por algún tiempo más. Y segundo, a no sustraer la mirada de las condiciones (siempre) contexto-específicas que atrapan lo público en las operaciones de la destrucción-creadora –que en Uruguay las secuelas del interregno autoritario en conjunción con la lógica neoliberal han tenido tres décadas para asentar.

Convivencia constitutiva de lo público: ¿querrá decir sacar la sociabilidad a la calle para pasearla juntos? Para muchos sí. Pero lo que menos me propongo es reducir la politicidad inmanente a cualquier entorno complejo ocupando la noción con esa liviandad. Rescato la convivencia para adjuntarla a la forma-ciudadano y significar un conglomerado anónimo habilitado por un tipo específico de espacio discursivo (la polis) para librar las grandes luchas y también las batallas cotidianas implicadas en armar, mantener, y renovar el lugar donde se vive apuntando a la forja de un mundo plural-igualitario a través de modos de “ser” y “estar” constitutivos de su hechura, renovación y custodia. “Conglomerado anónimo” remite aquí al lugar de los extraños, constitutivo de lo público. Apelar a los extraños y al anonimato como compañero de fórmula dejará de resultar una rareza incomprensible (espero) al apartarse de supuestos de amplia aceptación (me refiero a “los sentidos de pertenencia” reiterados hasta la saciedad por los evangelizadores de “la cultura cívica” y las “cercanías” dadas por sentado en narraciones ampliamente difundidas sobre “formas virtuosas” de convivencia en Uruguay porque “somos un país chico donde todos se conocen”) que, una vez interrogados, no resisten demasiado.

Es en tanto extraños que aparecemos en entornos complejos (no hay otro modo). El rango (primordial) de la premisa sitúa la pluralidad como propiedad inmanente a nuestra condición de extraños; devela la forma-extraño como condición per quam de lo público; y emplaza al igualitarismo como principio regulador (de lo público), de lo contrario no habrá cómo acatar la propiedad inmanente. Se entenderá entonces que en la polis, la ciudadanía y los extraños son lo mismo porque no hay otros con quienes constituirla. La polis trae consigo el antagonismo, ya que el disenso (propiedad de la pluralidad, que trasciende de largo el “pluralismo partidista”, desde luego) figura como moneda corriente de su capital discursivo, dejando la dialéctica amigo-enemigo (famosamente propuesta por Carl Schmitt en tanto “fuerza motriz” de “la política”) fuera de lugar. Esto significa que el mundo en común de la polis no presupone ni involucra “amistad” –recurso de capital (individual/grupal) que es fácil anteponer a la pluralidad por prestarse bien a ofuscar la relación entre lo público y lo privado, con consecuencias devastadoras (inmiscuida en lo público “la amistad” se desliza fácilmente en la naturalización de cualquier forma de exclusión)–. Por todo lo anterior, “ser” y “estar” a salvo entre extraños marca el horizonte –y fija la tarea– de lo público de la polis. Asido por el eje plural-igualitario, el anonimato estará en condiciones de fluir, y podré “ser” y “estar” entre, en tanto, y junto a extraños sin tener que pronunciar mi nombre o andar defendiendo “mi parcela” (de lo público). El repertorio de bienes colectivos incluirá un denso entramado de modos cooperativos y no mercantilizados de hacer las cosas y un Estado capaz de operar como brazo instrumental facilitando la materialización de su hechura con la alta calidad y texturas convocantes como sello de marca. Es por demás elemental que en ese espacio, la(s) ideología(s) política(s) comparecen –todas– como bien público. Y nadie las andará ocultando so pena de ser tachado de “ideológico”, ya que la práctica del antagonismo exige pronunciarse y eventualmente optar –en un terreno habilitado, en todo caso, para no dejar pasar a traspié inadvertido la compresión del mundo propia del laissez faire capaz de dejar la pluralidad y el igualitarismo fraudulentamente fuera–. Claro que el lugar de los extraños se desplaza en función del cambio de domicilio de la polis en el piso discursivo en que cualquier terreno de poder se asienta. De cifrarse el cambio en condición pos-hegemónica la alteridad perversa zafa del margen porque la polis deja de asir el terreno. La destrucción-creadora podrá entonces ir ampliando su radio de acción hasta dar de baja el rango primordial de los extraños. ¿Abstracciones febriles? Difícilmente. Momentos de la experiencia en sociedades concretas.

La polis hizo suyo a Uruguay hasta mediados del siglo pasado. Seis décadas después, movilizar “resistencia” para contener el avance de la lógica neoliberal ya no bastaba para alterar un balance donde al totalizar los puntos el “a favor” remitía al extrañamiento y sus ganancias. ¿Señales decidoras? Que la impermeabilidad a aquello que no se ciñese estrictamente a un libreto oficialista, o la penalización del desacuerdo sobre asuntos clave de gestión (entre las propias filas) mediante la personalización de la descalificación ante “todos”, o el va y viene del reproche inter-gestión jugando a las cartas que hacen noticia por el tipo de nudismo involucrado, se atrevieran a andar de la mano de un gobierno que mediante esas gesticulaciones faltaba a la memoria de la polis, incrustada en las bases constitutivas de un notable exponente de la forma-partido llamado Frente Amplio. En contraste: militantes de izquierda dispuestos a hacer cosas que la polis estima.

El momento-frontera compele a desvelar el punto-ciego: la polis (sencilla, de alta calidad y texturas convocantes) como horizonte de la acción contestataria. ¿Partir de cero? No en Uruguay. Allí, restituir a su lugar lo que ya fue: la condición hegemónica de un doble-eje que, por estar inmanentemente orientado al futuro, de viejo no tiene nada. Tarea improbable sin que múltiples frentes de forja y custodia de lo público que hoy marchan por su cuenta (aunque de vez en cuando se sientan bien mientras caminan cuerpo a cuerpo en alguna marcha que por instantes congrega sus causas), asuman la acción convergente. Me refiero a la izquierda de la polis (hay otras). Pero no porque devolver el eje al epicentro del terreno remita a la convivencia entre extraños cifrada en carné de militancia de izquierda, o de la polis (su doble-eje desautoriza eso). Sino porque es apelando a los trabajos que desde la izquierda de la polis se entrega a la sociedad sin pedir nada a cambio que habrá cómo gatillar un contra-ataque inteligente, capaz de ir expandiendo su radio de acción. Los obreros de la polis son portadores de recursos más que suficientes para asumir tareas que los gobiernos que votaron no asumieron o abandonaron en el camino por ubicarse en la tierra de nadie del campo de batalla, lo que terminó arrimándoles al flanco derecho del terreno (a traspié “progresista” inadvertido o no, para el efecto poco importa). Obreros que cuentan en su haber con un amplio repertorio de hacedores y custodios de lo público y saberes (quehaceres profesionales, educadores, estudiantes, sindicalistas, cooperativistas, hacedores culturales, organizaciones y movimientos), en condiciones de armar un contra-ataque (proyecto) integral. La ofensiva neoliberal porta un diagnóstico seductor consigo. Y proyectos de Estado no necesita (el recetario viene de fuera). Que desde la izquierda oficial no haya asomado un proyecto de Estado marca el sendero: la izquierda de la polis tendrá que armarlo. Para que pueda salir a pasearse en público y quedar bien parado. Arma rendidora. Para cambiar las actuales coordenadas del juego. Activando una memoria que los extraños de la polis portan consigo (y juntos), sin haberse dado cuenta.

1. Sitúo la cultura como terreno en que las lógicas de poder se despliegan y confrontan entre sí por ser éste el espacio en que se juega la hegemonía en sentido gramsciano (hay otros). En apego a la formulación posestructuralista del discurso (hay otras), cuando me refiero al “piso discursivo” de Uruguay aludo al efecto resultante del peso relativo de distintas lógicas discursivas en el terreno –lógicas cuyo posicionamiento relativo me interesa por entender que el piso resultante define el lugar de lo público en cualquier momento dado.

2. Encuentro el recurso expositivo a aseveraciones categóricas como las de esta columna cuasi inexcusable. Admítase el recurso en este caso por apoyarse en una base argumental previamente formulada y ya expuesta con detenimiento. Véase Memorias de ciudadanía, los avatares de una polis golpeada. La experiencia uruguaya. Amparo Menéndez-Carrión, Montevideo. Editorial Fin de Siglo, tres tomos, 2015.

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