Escenas de la revuelta colombiana

El ogro que quiso ser pirata

A punto de cumplirse un mes del paro nacional en Colombia, van 58 muertos, 129 desaparecidos, más de 1.000 heridos, una reforma tributaria y otra a la salud suspendidas, una Copa América cancelada, un ministro destituido y un narco-Estado que tiembla tras los muros de sus propios eufemismos. Colombia estalla. Ni la violencia policial cesa ni las protestas aflojan. En Medellín, la segunda ciudad del país, los enfrentamientos se suceden como eslabones de una cadena infinita.

Enfrentamientos entre manifestantes y la Policía antidisturbios, en Medellín, durante las protestas contra el gobierno de Iván Duque, en Colombia Afp, JoaquÍn Sarmiento

El vendedor de dulces y cigarrillos ve cómo un joven motorizado se fuma los dedos. Se le acerca y le dice: «Venga, se la mato». El joven no entiende. «Venga, le mato esa pata», aclara, mientras se cambia de sitio para dar paso a un par de presurosas ambulancias. El joven ríe y le rota la última pitada del porro. El vendedor ambulante se lleva a los labios lo que está a punto de convertirse en ceniza. Fuma hasta el fondo. La humareda que sale de su boca se confunde con la del fuego de las barricadas, la de los gases lacrimógenos y la de las bombas molotov.

El aguante también es observar, así sea de lejos, el enfrentamiento entre encapuchados y policías. Cientos de personas se mueven como hormigas entre el caos. Frente a la Universidad de Antioquia hay nueve hogueras y siete barricadas del lado manifestante. Del lado policial, cuatro tanquetas, decenas de motos, escudos impenetrables y armas de guerra. Hay una coreografía: los manifestantes arrojan sueños en forma de piedras o botellas incendiarias, los policías aturden las ilusiones con estallidos de odio. Los primeros danzan, los segundos son estatuas. El ardiente movimiento se para contra la inercia vigilante.

Un guerrero cae y de la nada cinco espectros se posicionan enfrente con latas protectoras. Alguien llamado el Ogro pide a gritos el intercambio de posiciones. Los primeros retroceden pidiendo leche o vinagre para contener la desaforada intoxicación. Los del relevo se ubican como fanales que alumbran la obstinación. Un potente chorro de agua podrida les da la bienvenida. El Ogro prepara algunos cócteles que solo saben reventar cuando colisionan con la coraza de las tanquetas. Un policía apunta el láser en su casco. Otro dispara. El Ogro esquiva. Humo. Humo. Humo. Largas cortinas de penumbra.

«La respiración es un privilegio de clase, compañero», vocifera una voz femenina. El Ogro lanza el primer cóctel. El artefacto surca la deslucida atmósfera como si se tratara de una fantasía sideral. Impacta en el ceño fruncido de la tanqueta. El fuego se escurre como un lamento. La Policía arremete y detona una decena de granadas fumígenas y bolsas de perdigones. El Ogro brama: «¡Intifada!». El pavimento palpita. Una treintena de encapuchados arroja sincrónicamente piedras extraídas de los adoquines circundantes. La tanqueta retrocede varios metros. El Ogro lanza el segundo cóctel hacia ninguna parte, pero siempre hacia el frente. Un escudo policial lo ataja y lo deja chamuscarse al lado de un árbol. La primera línea avanza esos metros. Los manifestantes celebran la incipiente victoria y, quizás, la única posible en medio del tropel.

«Los gases joden la mirada, pero no callan la voz», dice el Ogro apoyado detrás de la barricada más alta hecha con señales de tránsito.

—¿Por qué te dicen el Ogro?

Rápidamente se quita las gafas protectoras y puntea: «Me hubiera gustado que me dijeran Pirata, pero estos manes son muy groseros». Su rostro tiene un parche negro que cubre el que fue su ojo izquierdo. «Lo perdí en noviembre de 2019, aquí mismo, el día que cumplía 17 años», dice. En la comisura de su ojo derecho relumbra una lágrima. O una estrella, mejor.

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