“En el país del churrasco comemos carne descongelada”

Recientemente el legislador encuentrista estuvo en Francia. Allí se interiorizó de la situación de la agricultura en Europa. En su diálogo con Brecha, Mujica se explayó sobre los subsidios a la producción agrícola practicados en ese continente, en cómo los alimentos transgénicos van a parar a las trasnacionales, y apuntó contra el modelo de desarrollo actual.

Mujica. Foto: O. Bonilla

—¿A qué se debió su viaje a Europa?

—Fui a Francia por invitación de la gente que manejaba el stand de Francia en la Bienal de Venecia. Es un grupo que está trabajando en todo el mundo en proyectos arquitectónicos, y que tiene una visión concreta de lo que pasa en Nueva Delhi, en Tokio, en Seúl o en Dakar. Realmente es una intelectualidad inquieta que, por los lugares en los que trabaja, tiene una visión más planetaria que europea. Lógicamente, nuestra participación en ese programa no tenía nada que ver con la arquitectura, sino con el hombre, con el ser humano. Quería aprovechar el viaje para hablar y conocer la situación de la agricultura europea. Hace un par de años estuve en Alemania, en varios establecimientos agrícolas, y me quedó grabado lo que nos dijeron unos tamberos alemanes: “Nosotros estamos vivos por el poder que tiene el lobby de los campesinos franceses”.

La Europa agrícola protegida, esa niña mimada, lo está sólo aparentemente, porque en los últimos diez años desapareció un millón de campesinos, y sólo en Francia 300 mil agricultores abandonaron el campo. Lo quiero decir con énfasis: gran parte de los subsidios agrícolas europeos termina en el haber de las trasnacionales de la alimentación. La parte del león de los beneficios de ese proteccionismo agrícola que existe, que nos cierra mercados, que nos hace la guerra, que nos tira abajo los precios internacionales con sus políticas de subsidios, en gran medida la absorben las empresas multinacionales y las cadenas de distribución. Durante los días que estuve en Marsella estalló nuevamente el escándalo de la “vaca loca”, la cadena Carrefour había vendido varios animales contaminados aunque por supuesto se defendió como gato entre la leña. Allá quedaron sancionados algunos campesinos, pero uno sabe que detrás de eso hay todo un proceso de alimentación de los animales con raciones fabricadas a escala industrial para las cuales se utilizan los residuos de los frigoríficos, residuos de carne, violando una ley sagrada de la biología, porque transforman en carnívoro a un ser vegetariano, como es la vaca.

Ese fue el elemento contaminante que aún está latente y que no se sabe en qué va a terminar.

—¿Estuvo con José Bové?*

—Sí, y lo voy a ver de nuevo en enero en Porto Alegre, cuando se reúna el Foro Social Mundial. No viajo nunca, pero a algunas cosas les doy importancia. Fue un encuentro muy cálido. Él es un luchador de hace muchos años, desde el viejo mayo francés de 1968. A veces se minimiza la figura de Bové, se lo quiere presentar como un paisano loco, pero tiene un pensamiento muy afinado y está en un combate muy interesante contra las trasnacionales. Por supuesto se consiguió unos enemigos formidables. Hay gente que dedica mucha plata a denigrarlo. Quise observar en ese viaje al movimiento campesino europeo, porque tengo una coincidencia parcial con el presidente Jorge Batlle, aunque lo que él dice no es ninguna novedad, porque que los países europeos son proteccionistas es más viejo que el agujero del mate. Podremos ir a decenas de conferencias, pero ellos nos mienten descaradamente. Uno de los planteos de los campesinos europeos es que la comida tiene que ser regional, que la despensa tiene que estar en casa. Quizás esa puede que sea la parte que nos molesta corno país agroexportador, pero la idea es muy interesante, y es que no se debe agredir al mercado mundial, que Europa no tiene que ser exportadora de alimentos. Esa es la parte positiva. Potencialmente, y en ese aspecto, la Europa campesina que piensa es un aliado, ya que es la que pone una barrera a la agricultura “insumista”. Para exportar, Europa tiene que violar la naturaleza como hasta ahora y seguir en esta tómbola, pero si sólo produce la comida que necesita para alimentarse la cosa cambia, aunque esos alimentos sean más caros. A nosotros nos conviene, porque esa concepción no arremete en el mercado mundial. Los países industriales van a seguir protegiendo su agricultura a cualquier precio; primero porque está en manos de las multinacionales, y segundo porque una cosa es la agricultura que se ha transformado en un elemento secundario del PBI y otra los agronegocios, o sea la agricultura más su poder de arrastre de las industrias que la proveen –insumos químicos, máquinas de todo tipo– y las que procesan los productos, las materias primas. En Estados Unidos, por ejemplo, la economía más grande del planeta, todo ese conjunto representa el 24 por ciento del PBI. Es el negocio más grande del mundo. Para que la gente lo entienda más fácil: la agricultura es más multiplicadora que la industria de la construcción, que ya tiene un enorme impacto en el mercado de trabajo. Ningún país industrializado va a renunciar a proteger eso. ¡Tontos de nosotros si lo creemos!

—¿Eso no está pasando ya en Uruguay?

—Pero a ellos ya les pasó a escala continental. ¡Han contaminado los ríos! Entonces, tontos de nosotros si no aprendemos de su experiencia, porque si nos cuidamos todavía tenemos muchas cosas que salvar.

—Los escándalos vinculados a la producción industrial de alimentos son cada vez más graves. ¿Cómo reaccionan los europeos ante esta situación?

—Lo que se llama la agricultura industrial es también una brutal agresión, en primer término al ambiente. Porque la tierra tiene límites, y la naturaleza también. Cuando se violan esos límites mediante la aplicación temeraria de alguna tecnología, frecuentemente el hombre actúa como un aprendiz de brujo. La resistencia a esta industria es muy grande en Europa, porque hay una vieja cultura que empieza en la cocina y en la mujer. La comida no es cualquier cosa, es casi la parte más esencial. Entonces, esta cuestión de la comida chatarra y de los procesos agroindustriales en serie, que reducen costos y masifican la producción, es una agresión permanente a esos pueblos que tienen una cultura culinaria importante.

Al francés le gusta tener su bistrot, su boliche, los quesitos de marca, algunos de los cuales son artesanales, y los vinitos. Ese terreno está en disputa. Existe en el público una cierta capacidad de resistencia. Creo que en Europa los pobres van a comer comida chatarra, pero los sectores de altos ingresos se reservan una agricultura campesina que, paradójicamente, es para ellos porque es más cara.

A nosotros nos pasa al revés. Vi-ne Mc Donald’s y nos coloniza, logra que hagamos cola para comer una porquería, una comida que en cualquier país central es de cuarta. Aquí parece una comida fina. Y caemos en este disparate: en el país del medio tanque con un churrasquito en cada esquina, terminamos comiendo carne picada descongelada. Es de locos.

Esta situación ha generado el surgimiento de movimientos campesinos muy importantes, que no hacen una oposición cerril a la tecnología, sino que dicen que algunas cosas sí, pero otras no. Porque además basta comprobar lo que ocurre en el terreno, la saturación de nitratos de las tierras por la utilización masiva de fertilizantes, los residuos que van apareciendo en el agua, los fenómenos de contaminación en serie, el exceso de residuos fosforados en las aguas estancadas, una cantidad de cosas que llevan a la gente a una actitud de prudencia y desconfianza.

Atrás de la lucha contra los transgénicos, en el fondo está el respeto a los viejos principios de prudencia. El hombre no puede ni debe actuar como aprendiz de brujo. No se puede inventar una nueva línea de productos agrícolas y ya lanzarla al comercio porque la inventó una multinacional, sin antes pasar por un riguroso banco de pruebas.

—Sin embargo desde el gobierno uruguayo se afirma que la resistencia europea a los transgénicos tiene origen en el supuesto atraso de la biotecnología europea con respecto a la estadounidense. Sería una actitud cínica para ganar tiempo y nada más.

—No descarto que eso exista, pero el quid de la cuestión es que cuando se manipulan las cadenas de la vida nos adentramos en un terreno en el cual pareciera que manejamos el dedo de Dios.

El hombre necesita ser muy prudente, porque además lisa y llanamente se dice cualquier disparate. He escuchado que los transgénicos van a resolver el hambre en el mundo. Recuerdo que la Revolución Verde también iba a hacer lo mismo. Pero el hambre en el mundo no depende de la potencialidad de la agricultura, sino de un sistema global de distribución, de acceso a los alimentos. Si uno lee los informes de la FAO de los cincuenta, en ese momento ni se sospechaba que pudiese haber hambre en África, porque las reservas de ese continente, las antiguas culturas agrícolas de la región y la baja densidad de población hacían impensable que llegase a existir hambre. ¿Y qué pasó? Pasó que se empezó a producir en masa para la exportación, se abandonaron las culturas campesinas, el hombre africano se vio obligado a violar leyes ancestrales trabajando una y otra vez la misma tierra, y las tierras se degradaron. Se hicieron barbaridades, como meter el arado de vertedera en climas subtropicales, se despreció el viejo arado de cuña de los africanos, y ahora se tuvieron que inventar los cinceles y la labranza vertical, porque resulta que descubrieron que la vieja forma de arar era menos erosiva en esos climas. Quiere decir que en agricultura, lo que sirve en un lado es un disparate en otro, lo que requiere prudencia y andar despacio por las piedras.

—¿Qué opina de la biotecnología aplicada en la producción de vegetales transgénicos para su cultivo industrial?

—Lograr seres vegetales o animales que han sido mutados con una puntería productivista casi seguro tiene una primera contrapartida: esos inventos van a ser más extractores de recursos que los actuales, porque ni los animales ni las plantas inventan, sino que extraen. El progreso no puede darse en una sola rama, sino que debe ser integrado y global. Dentro de poco vamos a empezar a sentir la falta de microelementos, porque hemos introducido vegetales que son más convertidores y nos van a faltar cobalto, magnesio, entre otras cosas, y nos van a decir que tenemos que recurrir a soluciones artificiales.

—Parecería que el modelo actual, que se extiende cada vez más a todos los aspectos de la vida humana, consiste en que la aplicación de una nueva tecnología resuelve ciertos problemas pero crea otros, a menudo más graves que aquellos que vino a resolver. ¿No es eso visible en la producción agrícola?

—Se nos introduce en una agricultura consumidora de insumos, una agricultura que siempre necesita importar y endeudarse, sin jamás pensar en resolver los problemas con lo que tiene a mano. La tendencia es a un aumento brutal de la producción, pero también a un paulatino deterioro del ambiente, y desde el punto de vista económico a una caída de la tasa de ganancia, porque en definitiva ese incremento de la producción genera un aumento de la ganancia bruta, pero la ganancia neta se evapora.

Este modelo, además, elude otra frontera de la tecnología, que es la integración de la agricultura que necesita más conocimiento, para lo que hay que invertir mucho más en el hombre y tal vez menos en las cosas, para que el hombre aprenda a manejar las propias leyes de la naturaleza en su provecho. Muchas cosas pueden convivir porque son complementarias. Nadie verá que la naturaleza haya hecho un bosque de una especie sola, eso es un disparate. Un bosque natural es una integración de biodiversidad muy rica. ¿Quién dijo que el hombre no debe trabajar para mantener con su esfuerzo la biodiversidad? ¡Claro que es más difícil! Pero tenemos una responsabilidad con los que vienen detrás de nosotros. ¿Qué va a quedar de nuestro planeta si seguimos así?

* Líder campesino francés.

 

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