No suele aparecer al lado de las decenas de libros generadas por la tragedia de los Andes, ni junto a los títulos de esa factoría escritural llamada Diego Fischer, ni alrededor de todos los volúmenes ditirámbicos sobre José Mujica que pueblan góndolas y anaqueles ni pegado a alguna de las tantas ediciones de Las venas abiertas de América Latina, pero constituye uno de los grandes best seller de la literatura uruguaya, una obra que se cansó de vender ejemplares en sucesivas reediciones y que, por arte de una pequeña editorial independiente, ha regresado a las librerías. Se trata de Tacuruses, el primer libro publicado por Serafín J. García (1905-1985) en el ya lejano año de 1935, un volumen de poesía que, al igual que Paja brava (1915), de José Alonso y Trelles, circuló por el Uruguay profundo a través de canales de difusión alternos al tradicional ensamble editorial-distribuidora-librería: almacenes de ramos generales, fiestas criollas, raíds hípicos, etcétera.
La flamante edición de Ocho Ojos Editorial incorpora, además del actualizado vocabulario al que remite el corpus (donde es posible hallar el significado de expresiones como güeva, machorra, envira, ramaliao, tabardillo y cuicaje, entre otros), un completísimo y esclarecedor epílogo firmado por la investigadora Martina Bertone Castro. Bajo el título «Vino a quedarse, y para siempre, créame» –expresión tomada de una carta que en 1936 el poeta Yamandú Rodríguez le remitiera a Serafín J. García elogiándole la obra–, analiza la historia editorial de Tacuruses (partiendo de un dato de color: el primer tiraje de 500 ejemplares que publicó la Impresora Uruguaya fue comprado en su totalidad, antes de que saliera al mercado, por el entonces ministro del Interior de Gabriel Terra, Augusto César Bado, que en los hechos era el máximo superior de García, que por aquel tiempo servía como policía en Treinta y Tres), las repercusiones críticas inmediatas, su condición de best seller en expansión (en una entrevista con César di Candia, en 1981, el propio García hablaba, modestamente, de entre 30 mil y 40 mil ejemplares vendidos) y las particularidades literarias de la obra, esa suma de poemas que transcurren en un escenario rural ilimitado (no hay nombres propios de pueblos o parajes) e históricamente aislado (solo en los poemas «Ardiles» y «Chiripá» hay menciones al pasar a las divisas colorada y celeste).
Dividido en tres secciones, a la que se le agrega una cuarta de «Nuevos poemas», añadidos a la quinta edición, Tacuruses se sustenta en el impresionante tono enunciativo del habla rural, muy lejos de las construcciones del nativismo, atado a una línea que sigue la estela del ya mencionado Paja brava y que tendría una importante continuación en la obra del maragato Wenceslao Varela. No solo se trata del apego a la terminología del hombre de campo (que nunca cae en el reduccionismo o en la mera exageración), sino en el carácter con el que esa voz irrumpe para decir sus verdades: desde el iracundo «Mándesén mudar tuitos a la puta!/ ¡No quiero sabandijas en mi rancho!» que abre «Hombrada» hasta la declaración de principios del célebre «Orejano»: «Porque no me han visto lamber la coyunda/ ni andar hocicando p’hacerme de un peso». En otros textos, esa voz se pone al servicio de cantarle a un objeto o a un personaje y adopta un lírico tono descriptivo, como sucede en «Pulpería», en «Matrero» o en la colosal «Cachimba», cuya primera estrofa cito completa para solaz de los lectores de estas líneas: «Sos lo mesmo que yo. Vivís p’adentro/ ajena a tuito lo que te rodea./ Como nada tenés, ni esperás nada,/ gastás el tiempo en rejuntar peresa».
Esta bienvenida reedición de Tacuruses (hay que destacar el formato de la edición, una cuidada miniatura que hace de estos libros criaturas coleccionables), más de 90 años después de su aparición original, constituye un doble triunfo de la literatura y de la circulación librera, porque siempre es bueno, cuando no ya indispensable, que entre los ceibos estorbe un quebracho.







