“Estoy harto de que se hable sólo de lo financiero”

Dada la dependencia existente con el FMI y la envergadura de los compromisos, dice el dirigente del MPP, se deberá reprogramar la deuda de alguna manera. Sin embargo, Mujica enfatiza en la necesidad de mover la economía real y afirma que la verdadera independencia pasa por fortalecer el ahorro nacional.

Mujica. Foto: O. Bonilla

—¿Cómo se sale del atolladero al que nos ha conducido el problema de la deuda?

—Me tiene harto que se hable puramente de lo financiero y no de economía. Así vamos a la ruina total, porque se negociará o no, se reprogramará en parte voluntariamente o no, se tirará algún anzuelo para posponer los pagos de los bonos y no subir mucho los intereses o no, pero si no lograrnos trabajar… Hemos descubierto el agujero del mate: que para trabajar se necesita crédito. Y entonces, como no hay crédito… Uruguay necesita medidas de emergencia en el medio de la crisis, y de emergencia sin plata; crédito no hay ni va a haber.

El crédito internacional que nos pueden dar serán chirolas para tapar algún agujero. Si viene, mejor, pero tenemos que pensar que lo agotamos. Este gobierno tuvo la capacidad de agotarlo todo. Entonces el problema es si es posible, aunque sea en parte, empezar a reactivar la economía del país sin plata, sin crédito.

—Se plantea que para que haya crédito tiene que haber confianza, y para que haya confianza hay que cumplir con los pagos de la deuda.

—Es una posición que se alimenta a sí misma, porque si tengo dificultades para pagar no voy a generar confianza, por lo tanto no voy a tener crédito, por lo tanto no puedo trabajar y por lo tanto me muero o me voy del país. Hay que ubicarse y mirar la realidad desde otro lado. Esto se va a negociar, no somos tan importantes, el mundo nos va a esperar o no, pero no nos va a invadir. El problema es que tenemos que laburar. El país tiene que acudir a movilizar la capacidad ociosa, pero con criterio de emergencia. No quiero discutir si proteccionismo sí o no, estamos muertos de hambre y tenemos que plantearnos que tiene que haber un trabajo para cada uno. La peor productividad es tener tanta gente al pedo. Tenemos que plantearnos como si estuviéramos en una guerra, con esa mentalidad.

La utilización de la capacidad ociosa del país –porque no tenemos plata– discurre por un montón de aspectos. Hay que sustituir todo lo que se pueda de importaciones, pero no como modelo económico –no estoy planteando volver a 1950– sino como un problema de emergencia. De otro modo no estamos haciendo otra cosa que decir lugares comunes entre economistas. Hay que importar lo menos posible, buscando generar trabajo. ¿Trabajo en qué? Queda una única fábrica de caramelos, pero Uruguay importa caramelos; nos quedan dos fábricas de galletitas… El sábado estuve en una empresa hecha con fierros viejos que está funcionando en la Bão y está haciendo miles de litros de biodiesel por día. Eso no soluciona el problema de los combustibles, pero… No sé cuántos zapateros hay que nos puedan hacer los zapatos. Si las camisas nos cuestan el doble va a haber doñas que las hagan. No sé por qué tenemos que traer conserva de tomate y perejil. Hay que darnos trabajo con nuestro propio mercado interno, pero no para plantearnos una luz de inversiones a futuro para cerrar nuestra economía sino como una cuestión de coyuntura, porque de lo contrario nos vamos a morir o se va a ir la mitad del país. No podemos esperar que esa parte de la economía que tiene competitividad se recauchute un poco y eche a andar. Lo otro me parece fantasía, le vamos a pedir plata a una gente que nos va a prestar para pagar, pero no para trabajar.

—¿Qué posición se debería sostener ante esta larga negociación con el FMI, donde el gobierno habla de cumplir y el Fondo de reprogramar parte de la deuda?

—Inevitablemente vamos a seguir la línea del FMI, no porque sea buena sino porque no tenemos otra posibilidad. Estamos discutiendo como si fuéramos independientes, en lugar de tener la honradez de decir “nos tienen agarrados del gañote”. Podemos tironear algo y no mucho más, porque dependemos del crédito internacional para tapar esos agujeros, porque acá no van a existir otras condiciones que tratar de aminorar el costo interno en lo que podamos, pero estoy convencido de que vamos a ir a una reprogramación parcial. Les vamos a tirar algunos pesos para que los agarren y nos cambien la fecha del vencimiento. Y los organismos internacionales no nos van a prestar plata para pagar los bonos, sería una manera de transferirles la deuda. Yo no soy economista, pero uso el sentido común, y si Enrique Iglesias dice que no quiere hablar de reprogramación, de renegociación, pero que la deuda externa es muy pesada y hay que buscar la forma de administrarla… No sé cuál será la forma práctica que adoptará, pero me figuro que va a haber algo de eso, va a ser inevitable si miramos las cifras de nuestras exportaciones, de nuestros compromisos y la montaña de pagos en hilera que hay hacia adelante. Después le ponemos el nombre que quieran: reprogramación, renegociación, reestructuración. Es una discusión semántica a esta altura.

En definitiva, si no logramos hacer funcionar en parte la economía no sé adónde vamos, porque esto no deja de ser seguir jugando al achique. Antes hubiera sido más fácil, pero no lo hicimos, perdimos mucho tiempo, ahora no tenemos ni reservas, ni capacidad de crédito, ni capacidad de negociación, pero me parece que lo peor es no intentar algo.

—¿El default es una alternativa?

—Para nosotros las opciones de default significan multiplicarnos los problemas. Vamos a entendernos: cualquier intento de renegociación tiene efecto de default. Una cosa es si el default es tan explícito como lo fue en Argentina, otra cosa es si entro a renegociar y a los tipos que les tengo que pagar el mes que viene les digo: “Bueno, mire, voy a darle el 5 por ciento, pero me cambia la fecha”. Yo qué sé si eso es default o no, pero Uruguay está en eso. Mientras podamos negociarlo y manejarlo, creo que tenemos que tratar de agotar eso. Pero toda negociación tiene un límite y el límite es valor real, nosotros no generamos valor real. Tarde o temprano, si seguimos así, se nos va a imponer la bancarrota, aunque tengamos el mejor oficio negociador y aunque acudamos a la mayor bonhomía y al mayor artilugio, no deja de ser una solución virtual. La solución de fondo es que tenemos que mover la economía, si no marchamos.

Pero no le pasa nada al mundo con el default de Uruguay. Que no me vengan a hacer esos análisis apocalípticos de que poco menos nos vamos a la edad del cuero, a la Edad Media, que no podemos vender nada… No me jodan con eso, con una frontera como la brasileña, que no me jodan. Uruguay ha tenido históricamente economías informales mucho más importantes que las formales; uno no tiene que ser temerario y salir a provocarlo, pero no creo que vayamos a estar mucho peor de lo que estamos hoy. Así que a mí con el cuco del default no me asustan, más bien el problema es de ellos.

—¿Cómo ve una situación regional en la que Argentina logra un acuerdo con el FMI después de que hace un año declaró el default, y Brasil –con su alianza izquierda-empresariado– parece contar con el beneplácito del FMI, mientras que Uruguay, con un gobierno próximo a las políticas promovidas por el Fondo, no logra su apoyo?

—Cada escenario es un poco hijo de su historia. Nosotros estamos como estamos no sólo por el hoy sino fundamentalmente por el ayer y el anteayer. Cometimos errores garrafales en la conducción económica a lo largo de la década del 90, por no ir más atrás.

Brasil ha tenido muchísimos problemas, pero tuvo también gestos de sabiduría cuando cedió ante la realidad y reorganizó la sociedad y su propio modelo. No cometió la tontería de ir a un endeudamiento interno en dólares que le hiciera imposible la maniobra de la devaluación, y con ello se colocó en situación competitiva.

Argentina hizo todo lo contrario y pagó el precio que pagó, que es enorme y ha supuesto una destrucción de capital y social que tal vez todavía no podamos medir. Dentro de la debacle tenía un punto a favor: había solucionado el problema del endeudamiento interno agropecuario, y a la hora de la verdad tuvo un sector agropecuario que ha respondido como factor para traer dinero fresco de afuera.

Nosotros estamos en la peor situación, no hicimos lo que tendríamos que haber hecho cuando Brasil devaluó, nos quedamos empecinados con un modelo. Tenemos que jugar la carta regional y somos unos estúpidos si no pensamos en Brasil. Es más: creo que Uruguay se hace inviable si no acompasa sus definiciones internas, por ejemplo si no tiene una política monetaria que empalme con la política monetaria de Brasil, si no tiene un cambio más o menos potable con Brasil. El problema del contrabando no se arregla con milicos sino con precios relativos más o menos parecidos. Uruguay no va a poder ignorar ese fenómeno, y ya que no podemos ignorarlo, organicémoslo; somos un barrio de San Pablo. Allí hay 30 millones de ricos con un alto poder adquisitivo donde poder medrar y vender algo.

Uruguay tiene que jugar esa carta, con o sin Mercosur. También es cierto que tiene que aprender la lección, tiene que buscar, en lo posible, venderles un poquito a muchos y no demasiado o todo a uno. Así como digo que hay que tener política comercial, también hay que cuidarse del abrazo del oso. Nos va la vida en eso, pero somos poco pragmáticos, demasiado ideologizados. Ahora este gobierno está dragoneando a Estados Unidos; nosotros no tenemos que hacer declaraciones de nada, ni pelearnos con nadie. Te defino: los sábados de noche tenemos que salir a bailar con el que sea, pero casarnos no.

—¿Qué línea debería seguir el enorme esfuerzo fiscal que se está haciendo?

—El país tiene una filosofía tributaria totalmente injusta. Desde luego, la cuestión impositiva es una de las que define cualquier modelo. Prácticamente, tenemos dos tributos que caen sobre los trabajadores y los asalariados, y debilidad tributaria en otros sectores. Cuando hablo de buscar formas de movilizar la economía interna también digo que tenemos que agrandar la capacidad tributaria. Si la economía no camina nos vamos a morir, a los pocos que paguen impuestos los van a matar cada vez más. Pero me parece que hay sectores que se la llevan muy bien en este país; a un gerente de banca privada le pagan 10 mil dólares por un lado y deben pagarle 10 o 20 mil más por el otro para eludir la Caja Bancaria. Este país es todo un fraude con patas, toda una hipocresía, y en esa hipocresía los más fuertes son los que más se escapan. Pero temo mucho que con esta gente, con la filosofía impositiva que tienen, nos vamos a quedar discutiendo.

—Finalmente, ¿qué cambió en su posición respecto del FMI?

—Sigo pensando lo mismo que hace 50 años del FMI. Es una institución que responde automáticamente a los intereses del mundo más desarrollado, pero pertenezco a un pequeño país y no puedo pincharle un ojo. Ahora, también –esto no lo sabía hace 50 años– hay una responsabilidad nuestra, no se puede crear una sociedad sobre la base de deber y deber. La verdadera independencia del FMI no es tanto gritar contra él –chocolate por la noticia–, es generar una banca propia de ahorro nacional y vivir de lo nuestro. El que va a pedir prestado perdió independencia. La independencia no es cuestión de fusiles, es cuestión de tener una banca nuestra. ¡Pero cuánto cuesta, eh! Los gobiernos son de corto plazo y todos quieren hacer obra; terminan vendiéndole el alma al diablo porque en lugar de enfrentar la dura es mejor pedir prestado.

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