Fantasma de hospital

Todos conocen a Marcel. Es que hace siete meses que vive en el Hospital Español. Llegó acompañado por la Policía, con un cuadro coronario agudo. Lo habían encontrado tirado en la calle, por ahí cerca, en el barrio. Como un sello, el estigma en su ficha: “Situación de calle”.

“Viejo desnudo al sol”, Mariano Fortuny, 1871

Cecilia es licenciada en enfermería y supervisora general en el Hospital Español. Hoy llega, como siempre, a las 12 del mediodía con un Yoprole en el bolsillo, de frutilla, que sabe será bienvenido.

Pasa frente a la habitación de Marcel y lo busca dentro, con curiosidad. Él está sentado sobre la cama, la ve y sonríe, como siempre. Alguna enfermera lo afeitó ayer, se nota en el brillo aterciopelado de su piel entre los pliegues surgidos de sus gestos, los mismos que durante años y años de vida fueron dejando su surco. Él la ve pasar y sale a su encuentro al pasillo, con los ojos luminosos como un niño. Hasta ayer le caía un mechón de canas sobre la frente, pero también se lo recortaron. Parece un trabajador, vestido de pobre y de limpio, pronto para salir a tomar el ómnibus. Sólo que él no va a ningún sitio, ni hoy ni en los días siguientes, al menos según el pronóstico de Soledad, la asistente social que tiene asignada.

—Buen día, Marcel –dice Cecilia, con voz juguetona–. ¿Qué me mirás tanto? ¿Estás esperando algo de mí?

Él se sonroja, descubierto, y mira hacia el suelo como un botija vergonzoso. Entonces ella saca el Yoprole.

—¡De frutilla! ¡Gracias! –se lo quita de las manos y se va rápido con el tesoro a su habitación. Se oye el alboroto de las enfermeras que lo cruzan por el pasillo:

—¡Cómo te miman, Marcel!

Todos lo conocen. Es que hace siete meses que vive en el hospital. Llegó acompañado por la Policía, con un cuadro coronario agudo. Lo habían encontrado tirado en la calle, por ahí cerca, en el barrio. ¿Dónde vivía?, le preguntaron, como a todos al ingresar, y casi enseguida, como un sello, el estigma en su ficha: “Situación de calle”. Marcel salió pronto de su aprieto: cateterismo, medicación y listo. Pero para darle de alta está la exigencia de un domicilio donde volver. Marcel vuelve a la calle; no tiene otro sitio.

Así han pasado siete meses. Soledad le tramita un lugar en un refugio del Mides, pero los cupos están llenos. Hay que esperar. El Piñeyro del Campo también está lleno. Hay que esperar. Puede conseguir que le salga una pensión a la vejez con la que podría pagar un hogar de ancianos, uno precario, pero un techo al fin, pero hay que esperar. Todo lleva tiempo.

Mientras tanto Marcel vive en el Español. Un habitante extraño, atípico; una forma inusitada de ser indigente; el fantasma de un viejo hospital, como dice la canción. Va limpio, porque las enfermeras le llevan jabón en polvo con el que lava su ropa en la pileta del baño y seca sobre el radiador. Va prolijo, porque se baña y las enfermeras lo rasuran cada tanto, como nietas amorosas.

La hora más feliz del día es cuando llegan las bandejas de la comida, o cuando a primera hora de la tarde surge una golosina de la cartera de Cecilia.

A veces lo cambian de habitación porque llega un enfermo grave. Es que el Hospital Español es para patologías agudas. Hay muchas emergencias, y él sabe que ocupa una cama que no le corresponde. ¿O sí? No hay lugar para él en el mundo pero el mismo sistema dice que no puede irse sin un domicilio, por lo que el destino lo ha anclado en el hospital.

Cecilia termina su trabajo a las 19 horas. Saluda a Marcel, que ahí se queda. Mañana estará allí para recibirla con sus ojos ilusionados. Sentimientos encontrados. No está triste de que se quede, no, porque sabe que está en el mejor lugar donde puede estar. Pero él sabe que estorba.

Nunca contó nada de su vida, aunque le han preguntado. ¿Algún familiar donde mudarse provisoriamente? No. ¿Qué recovecos de la mente de una persona la hacen quedar en la calle? No dice; de eso no habla.

Un par de meses después Marcel es finalmente ubicado en un centro transitorio dependiente de Asse y el Mides “para personas autoválidas en situación de vulnerabilidad, derivadas de centros hospitalarios”. Exactamente la descripción de Marcel. Soledad le contó a Cecilia que en ese lugar los internos pueden participar de talleres ocupacionales con propuestas bastante interesantes. Dicen que se fue sonriendo como siempre, y se perdió de vista; no han sabido más de él. Pero el sello de “Situación de calle” se sigue estampando sobre las fichas de los ingresos. El hospital nunca se queda sin fantasmas.

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