Fragmentación del mundo intelectual y ausencia de relato - Brecha digital

Fragmentación del mundo intelectual y ausencia de relato

El mundo intelectual chileno se ha caracterizado por la ausencia de una identidad común, con muy diversas formas de adaptación a los poderes o a su crítica, y por otro, la ausencia de un relato que contribuya a la conformación de un proyecto histórico de la sociedad chilena.

Francis Picabia, “Machine Tournez vite”

Un rasgo clásico de la sociedad chilena, especialmente acentuado desde la instalación de las disciplinas de las ciencias sociales en los sesenta, era la vinculación entre el mundo intelectual y el debate y los proyectos sociopolíticos en los que el sistema de partidos jugaba un papel central. Desde las universidades, el Estado y los partidos se constituía un circuito en el que los medios de comunicación sólo trasladaban los insumos. En general el debate del mundo intelectual giraba en torno a un relato principal sobre el diagnóstico de la sociedad y su proyecto de futuro, con visiones y propuestas antagónicas.

De alguna manera, aunque con enormes dificultades al prácticamente desaparecer los espacios públicos democráticos, como las universidades, fueron generándose lugares alternativos, tanto institucionales (centros académicos independientes) como de medios de comunicación (revistas y radios de oposición) y encuentros en Chile y en el exilio, con lo cual se mantuvo la relación entre los intelectuales y el diagnóstico y proyecto de la sociedad chilena. El relato sobre la naturaleza de la dictadura y el proyecto democrático organizaban el debate intelectual vinculado al proceso político.

Con la llegada de la democracia el panorama institucional volvió a cambiar, debilitándose los centros académicos independientes –algunos desaparecieron y otros se transformaron en think tanks de partidos políticos– y los medios de comunicación de la oposición a la dictadura. El espacio universitario se reabrió, pero la competencia entre sus instituciones sometidas al principio de mercado y marcadas por los sistemas de medición y rankings internacionales tendió, sin duda con excepciones, a unidimensionalizar la producción académica y a sacarla de su preocupación central por el debate en torno a la sociedad. Se fue generando también un espacio mediático altamente concentrado y sesgado en el que la figura del intelectual era, principalmente, la del columnista de opinión. Por otro lado, en torno al Estado, las políticas públicas y los procesos electorales, se fortaleció la figura del intelectual tecnócrata, experto, asesor y consultor.

En otras palabras, se produjo una fragmentación y diversificación del mundo intelectual que fue acompañada también por un cambio en los contenidos del debate, cuyo rasgo más relevante fue el debilitamiento de un relato sobre la sociedad y su proyecto, que estructuraba dicho debate, como lo fue en otro período. En su lugar, la discusión se concentró, por un lado, en la defensa o ataque de las políticas públicas según cuál fuera la posición frente al gobierno, y, por otro, en la interpretación de las encuestas de opinión que se transformaron en la principal fuente de conocimiento.

Hay sin duda excepciones importantes a este panorama a lo largo del cuarto de siglo de democracia. Por un lado, el debate sobre el carácter de la transición o democratización, que surge a inicios de los noventa y que fue acallado por la conducción pragmática y tecnocrática de los gobiernos de la Concertación y su éxito, la reapertura de un debate hacia finales de los noventa sobre el carácter del modelo neoliberal, en el que se destacan los informes del Pnud (en otra época ello habría provenido de las universidades) y de intelectuales dentro y fuera de la Concertación, pero que nuevamente fue acallado esta vez por la caricaturización de las posiciones como “autocomplacientes versus autoflagelantes”. Posteriormente diversas investigaciones, cuyos resultados coincidirán con los resultados del Censo de 2002, harán centrar los debates en torno a los déficits de una sociedad profundamente transformada, lo que tendrá otro hito en los debates del bicentenario. Intelectuales provenientes del mundo indígena replanteaban por su parte las relaciones del Estado con la sociedad chilena, y más adelante un ex presidente y un ex ministro se introducirán en el mundo de la prospectiva mostrando los desafíos de la sociedad chilena en el mundo globalizado. Pero el mundo intelectual de izquierda no lograba conformar un nuevo relato que no fuera la crítica exacerbada a la Concertación y luego a la coalición Nueva Mayoría, o la exaltación de la ciudadanía alejada de la política, o respuestas parciales a los problemas que enfrentaban estos mismos actores.

Con las movilizaciones estudiantiles de 2006, y de los subcontratistas del cobre al año siguiente, se instala el tema de la igualdad y el de la tensión –agravada por la creciente abstención electoral favorecida por el establecimiento del voto voluntario– entre una sociedad que aparece movilizada, y la política encerrada en el sistema heredado de la dictadura. La interpretación predominante en términos de malestar, especialmente de las clases medias emergentes, en realidad inexistentes, no da cuenta del problema de fondo: la ausencia de un relato de la problemática histórica de una sociedad, después de agotado el tema de la transición, que se quedó sin proyecto y en la que los actores clásicos constituidos por la imbricación de partidos y movimientos sociales han perdido la capacidad de acción histórica.

Las movilizaciones estudiantiles, ambientalistas, regionales, de diversidad cultural en distintas expresiones y de pueblos originarios de los años 2011-2012 volvieron a poner en el centro el debate en torno al modelo de sociedad heredado de la dictadura, tanto en sus aspectos socioeconómicos, el predominio del mercado y el dinero por sobre el Estado y lo público en todos los ámbitos de la vida social, como en el del modelo político institucional consagrado por la Constitución impuesta por aquélla. La temática del agotamiento del ciclo iniciado en 1990, la búsqueda de un nuevo modelo de relación entre lo público y lo privado, la necesidad de reconstituir la relación entre política y sociedad, principalmente, encontraron eco en la campaña presidencial de 2013, sobre todo en el programa de Michelle Bachelet. Pero el debate y las posiciones intelectuales se concentraron en la naturaleza específica y técnica de las reformas, principalmente la tributaria y la educacional, más que en el relato central y el proyecto histórico del que ellas formaban parte: la superación de la sociedad pospinochetista y el salto que todas las sociedades latinoamericanas dieron en las relaciones entre Estado y sociedad después de los procesos de democratización política.

En síntesis, la reproducción de la sociedad pospinochetista y la profunda ruptura producida entre política y sociedad –relación esta última de la que se nutrió la producción intelectual en la historia chilena– han significado, por un lado, una configuración del mundo intelectual caracterizado por la ausencia de una identidad común, con muy diversas formas de adaptación a los poderes o a su crítica, y por otro, la ausencia de un relato desde este mundo que contribuya a la conformación de un proyecto histórico de la sociedad chilena.

* Sociólogo, Universidad de Chile.

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