La sociedad civil puede

“Ese símbolo de reconciliación -levantar un monumento entre militares y tupamaros- no parece poder aplicarse a ninguna nación moderna en la cual haya habido una usurpación del poder por parte de su brazo armado para transformarlo en una maquinaria de terror sistemática dirigida contra sus ciudadanos.”

Escribo este artículo asom­brada por el proyecto de levantar un monumento a la reconciliación entre militares y tupamaros, impulsado por Pepe Mujica poco antes de dejar su presidencia, cuyo material serían las armas de ambos bandos, fundidas. Eso de fundir las armas fue una práctica habitual en el siglo XIX, cuando las guerras fratricidas y facciosas representaban un escollo para la formación de naciones modernas y pacificadas. Fue el caso, sin ir más lejos, de la Columna de la Paz en la plaza Cagancha de Montevideo, cuya estructura está hecha, precisamente, de armas de blancos y colorados, fundidas.

Sin embargo, ese poderoso símbolo de reconciliación no parece poder aplicarse a la historia reciente de Uruguay ni a la de ninguna nación moderna en la cual haya habido una usurpación del poder por parte de su brazo armado para transformarlo en una maquinaria de terror sistemática, planificada y eficiente dirigida contra sus ciudadanos.

Como decenas y cientos de miles de compatriotas, me tuve que ir –hace ya mucho tiempo– de un Uruguay devastado por una política represiva ilegal que llevaron adelante sus Fuerzas Armadas con un nivel de violencia que hoy resulta difícilmente evocable. En 1973 hacía ya varios años que el avance de las luchas obreras, estudiantiles, políticas y gremiales, eran reprimidas con creciente dureza y ferocidad. No sólo la guerrilla urbana del Mln soñaba con una revolución socialista que reparara las injusticias e instaurara una sociedad nueva, de hombres y mujeres con iguales oportunidades y derechos, libres y soberanos. Fue un sueño que compartimos muchos miles de uruguayos aunque hubiera disenso en los métodos para llegar a ese objetivo final: ¿foco o partido? Al final, sí, era en el fondo un falso dilema.

El golpe de junio del 73 llegó cuando la guerrilla urbana estaba prácticamente destrozada. Hubo durante algunos días una huelga general con ocupación de fábricas y establecimientos educativos, que fue salvajemente reprimida.

Comenzó entonces un largo y oscuro período de suspensión total de los derechos constitucionales de los ciudadanos: operativos sangrientos, cárceles clandestinas, torturas inimaginables, acuerdos secretos con la Cia (hoy desclasificados) y con las otras dictaduras del Cono Sur, en el llamado Plan Cóndor.

Quienes usurparon el poder y las vidas de muchos ciudadanos durante la larga dictadura uruguaya siguen sin revelar cómo funcionaron los mecanismos de esa maquinaria represiva, ni el paradero de los desaparecidos, ni el destino de los niños usurpados. No puede haber reconciliación con ellos, no hubo dos bandos en guerra, eso es una falacia surgida de la imaginación de los militares en el poder.

La sociedad civil puede, con la fuerza de las ideas, con su palabra y su presencia en las calles, torcer el rumbo de algunas propuestas simbólicas equivocadas de sus gobernantes.

Ése fue el caso en la ciudad de Kassel, cuando el artista Horst Hoheisel protestó por la premiación de un monumento a la reconciliación de nazis y judíos. El gobierno de la ciudad lo escuchó. Él propuso entonces un “antimonumento”, un símbolo de que la ciudad jamás podría reconciliarse con los perpetradores de aquellos crímenes atroces. La bella fuente neogótica que Aschrott, un empresario judío, había donado a la ciudad y había sido emblema y orgullo de la plaza central de Kassel, había sido destruida por los nazis acompañando simbólicamente la deportación y asesinato en los campos de todos los ciudadanos de origen judío de la ciudad. Hoheisel propuso reconstruirla, blanca, como un fantasma. Y luego de ser vista nuevamente en su sitio durante un breve tiempo, enterrarla. Y que el agua en vez de surgir se escurriera, como llorando eternamente el dolor de tantas ausencias, la suya misma. Hoy se puede ver su silueta en el suelo, y a través de un vidrio su presencia invertida, enterrada, como un símbolo de la imposibilidad de reconciliación alguna entre perpetradores y víctimas.

También en Buenos Aires el entonces presidente Carlos Menem propuso en 1998 un monumento a la reconciliación demoliendo el emblemático edificio de la Esma y ubicando allí una inmensa bandera que simbolizara la unión de todos los argentinos. Se desató entonces una ola de protestas y debates en el marco de los cuales el edificio de la Esma fue preservado como lugar de memoria a la vez que crecía aun más su dimensión simbólica. Fue creado por entonces el Parque de la Memoria, en la Costanera Norte, un espacio que ha crecido y sigue creciendo gracias al intenso y sostenido impulso de los organismos de la sociedad civil que luchan por los derechos humanos en Argentina, cuyas opiniones y debates mantienen a raya cualquier tipo de restricción o posibles iniciativas reconciliadoras de los gobiernos de turno.

Ojalá así ocurra en Montevideo. Los símbolos son instrumentos poderosos de persuasión, pero sobre todo en el momento de su instalación, de intenso debate de ideas. La multitudinaria marcha del 20 de mayo pidiendo verdad y justicia parece estar reclamando ese debate en mi ciudad natal.

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