Palabras, palabras, palabras

Con la publicación en 2014 de la edición 23 del Diccionario de la Real Academia Española, 5 mil palabras fueron agregadas, incluyendo varios americanismos: “amigovio”, “papichulo”, “selfi”.

La amistad entre España y sus ex dependencias ha logrado sanar algunas de las heridas que dejó el dominio colonial sobre este continente. Los movimientos migratorios en ambas direcciones tendieron puentes que estrechan el ancho océano. Mientras Jorge Drexler españoliza más sus letras, Joaquín Sabina intenta usar (mal, pero se valora el intento) palabras del lunfardo rioplatense en sus canciones. En suma: los lazos culturales son fuertes e innumerables. Y la lengua española, esa valiosa institución que nos legó la colonia y de la cual nos apropiamos con tanto afecto, también es uno de ellos, aunque las diferencias en su uso generen rispideces entre españoles y americanos. La academia recién reconoció el uso del voseo como parte de la norma culta ya entrado el siglo XX, y los americanismos tuvieron que esperar siglos para entrar en el léxico oficial de la lengua española, aunque en todo el continente americano la cantidad de hispanohablantes superara ampliamente a los de las variantes peninsulares.

Con la publicación en 2014 de la edición 23 del Diccionario de la Real Academia Española, 5 mil palabras fueron agregadas, incluyendo varios americanismos. Uno de ellos fue “amigovio”, término que describe una amistad con algún que otro roce. Esta palabra, que aunque a un rioplatense le resulte normal (tal vez algo noventosa y demodé) causó horror en las redes sociales. Los usuarios españoles reclamaban con indignación el inmediato reconocimiento de “follamigo”, palabra que vendría a significar lo mismo. Algunos tuits expresaban su desconcierto: “Que alguien me explique por qué la Rae incluye amigovio en vez de follamigo. ¿En qué mundo viven estos señores?”. Probablemente el lector le haría la misma pregunta a esta persona. Otros iban un poco más allá: “Follamigo o muerte. ¡Venceremos!”.

Una resistencia similar suscitó el ingreso de la palabra “papichulo”, aunque seguramente nuestros compañeros europeos de la esfera hispana “perreen” intensamente al ritmo de reggaetón sin quejarse, moviéndose más que si se tratara de un castizo pasodoble. Con reacciones así, uno llega a entender por qué los españoles toman el 12 de octubre como fiesta nacional, añorando la grandeza de un imperio que ya no existe.

Mientras el diccionario Oxford nombraba selfie como la palabra inglesa del año 2013, la Fundación del Español Urgente (Fundéu, una organización de lingüistas apoyada por el Bbva y la Agencia Efe) la designó palabra del año 2014 con la grafía adaptada “selfi”. Un año antes, ante el veredicto de Oxford, la misma Fundéu recomendaba el uso de una palabra española como “autofoto”. Si el usuario no resistía la tentación del anglicismo, podía refugiarse en la grafía españolizada que se ensalza este año: millones de brazos extendidos con sus celulares pudieron vencer la resistencia. El año anterior, la palabra que eligió la Fundéu fue “escrache”, un americanismo que les vino como anillo al dedo entre escándalos de corrupción, desahucios y hordas de desempleados. Esa misma palabra –de origen rioplatense– no gozaba de tanto prestigio cuando los grupos de defensa de los derechos humanos se apostaban frente a la casa de los cómplices de la dictadura o de los responsables de las mil y una crisis atravesadas por estas latitudes
En definitiva, los intentos de gobernar la lengua, ese enorme sistema viviente y cambiante que usan a diario millones de personas, no pueden reflejar con precisión los usos de todos sus hablantes. Es preciso tener la apertura mental necesaria para saber que hay quienes no hablan como nosotros. Y que sus variedades de la lengua no son mejores ni peores: son diferentes.

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