Por un cambio civilizatorio

“La gran pregunta es: ¿el hombre tendrá capacidad de reaccionar o va hacia un abismo? ¿En qué termina este modelo de civilización que lo depreda todo, contamina el agua, la tierra, el aire, genera desperdicios explosivamente?”

—Hay un triunfo casi planetario de la cultura industrialista destapada en Occidente, una cultura tremendamente agresora, que fagocita todo y está llevando al mundo a patrones comunes nocivos. Hay problemas de base que son dramáticos. Por ejemplo, la capa freática de China viene bajando más de un metro por año. Entre India y China tienen un déficit anual de agua dulce semejante a todo el caudal del Nilo, y esto tiende a crecer. Me dirán que la tecnología puede dar respuesta a este problema. Sí, es posible que aparezcan en el futuro cultivos con propiedades adaptadas a la vida de los desiertos. Todo es posible. Pero el problema está ahí. La gran pregunta es: ¿el hombre tendrá capacidad de reaccionar ante todo esto o va hacia un abismo? ¿En qué termina este modelo de civilización que lo depreda todo, contamina el agua, la tierra, el aire, genera desperdicios explosivamente? En menos de una década la producción anual de basura de la población de Montevideo aumentó más de 60 quilos por persona. No debemos ofender al chancho, que al lado del hombre es un animal espléndido, un verdadero digestor. El hombre está tapando todo con nailon, botellas, maquinitas de afeitar y la mar en coche.

—¿Pero eso divide a la izquierda y a la derecha?

Por decir fútbol

—Las ideas de izquierda están en el medio de un atajo, porque naturalmente los fracasos de los ensayos de carácter planetario parecerían confirmar lo que dijo aquel sueco: “Se diría que el comunismo es el camino más largo hacia el capitalismo”. Esa idea profunda de izquierda tiene que ver con el modelo de civilización, porque en todo esto no sólo se trata de cuidar el ambiente o lo que le vamos a dejar a los que vienen, sino que además hay un problema que está mucho antes que eso: el desperdicio de gran parte de nuestra propia vida. El Homo sapiens no es tan sapiens, en cuanto gasta una parte enorme de su tiempo en generar desperdicios; tiene que trabajar, violentar el ambiente, para despilfarrar cada vez más. Pero en el fondo lo que despilfarra es tiempo de su propia vida. No pagamos con dinero la supuesta festichola, sino con el tiempo de vida que gastamos para obtener ese dinero. Más valdría ser más parcos y metódicos en el consumo, despilfarrar menos, y trabajar menos para tener más tiempo para vivir. Esa es para mí la expresión concreta de la libertad. La libertad es cuando uno hace lo que se le canta con su propio tiempo, cuando se tiene tiempo en la vida para hacer lo que te motiva, que puede ser dormir abajo de un árbol o pescar. Pero esta civilización transforma al hombre contemporáneo en un cliente, le roba su tiempo a futuro, porque hay que endeudarse para seguir el tren, pero sobre todo hay que trabajar para pagar esas deudas, y así crónicamente hasta que te entierran. ¿Qué racionalidad tiene este formato vida? Lo más increíble es que a este despilfarro se le llama “calidad de vida”, quieren meter ese concepto a troche y moche. Y yo sostengo que no tiene un carajo de calidad de vida. Calidad de vida es tener tiempo para las relaciones humanas, para el amor, para los hijos, para el puñado de amigos… No estoy haciendo una apología del tiempo de las cavernas, ni planteando regresar al pasado. Estoy haciendo la apología de los límites, que se vinculan con una nueva agricultura, pero también con la visión de un mundo distinto.

Nosotros, como izquierda, por lo menos en la actualidad, estamos empeñados en navegar en el mismo barco de ahora, tal vez queriendo manejar un poco mejor la vela, pero lo que yo siento profundamente cuestionado es el tipo de civilización occidental, cristiana e industrialista en la que nos metimos. Así nomás. Esto suena espantoso. Es horroroso. Lo que pasa es que estas cosas me surgen porque me eduqué en una escuela a la que llamaban “socialismo científico”, y un día me pregunté qué tan científico es el socialismo y qué cuernos es el hombre. Creo que hay que hacerse esta pregunta elemental: ¿qué es lo natural en el ser humano, y qué es lo adquirido?, ¿qué es lo primigenio como animal y qué le aporta el ambiente? Me respondí esa pregunta, y estoy espantado. No sé cuánto tiempo más voy a estar en el planeta, pero por lo menos siento que tengo libertad para patear contra muchos clavos, algunos de los cuales clavé yo mismo. Por mencionar sólo a uno de los toboganes que nos llevan al cadalso señalo a este modelo de agricultura industrialista que quiere transformar la producción mundial de alimentos en una tolva de una multinacional de la cual salgan las empanadas en serie. Pero creo que antropológicamente el hombre necesita el fuego, que la supuesta esclavitud de la cocina no es tan esclavitud, que hacer una buena comida con las propias manos no es una carga, sino una especie de necesario rito ancestral.

—Usted dice que sería necesario un cambio civilizatorio. En su opinión, ¿hay alguien que lo esté anticipando?

—Veo movimientos por todos lados. Los hay en Asia, en Europa. No están completamente identificados, no poseen una teoría que los ilumine.

—¿Son partidos políticos?

—No, son movimientos sociales. Las vanguardias están en los movimientos sociales. Los partidos políticos vienen de atrás y deberían observar y aprender, y tendrán que sintetizar mucho todo eso que aprendan, o dejarán de ser… o dejarán de ser. Veo que hay un movimiento crítico a todo esto. Hay mucha soledad, mucha insatisfacción. No es posible que camines por la calle de una gran urbe reluciente del mundo industrial junto a millones de personas y si te da un ataque te pasen por el costado, porque nadie tiene tiempo. ¡Por favor! ¡Pero así es!

—Después de la dictadura el movimiento social uruguayo, con algunas excepciones, no ha resurgido con fuerza propia, lo que afecta mucho el desarrollo teórico y práctico de estas ideas profundas que usted menciona. Comparado con otros muy cercanos, como el de Río Grande, en Brasil, u otros más lejanos, como en algunos países asiáticos o en Europa, el tejido social uruguayo parece muy débil. ¿Por qué los uruguayos, por ejemplo, no nos preocupamos por lo que pasa en el campo, ni siquiera como consumidores?

—Uruguay tiene una vieja cultura urbanizada, y su situación es peculiar. Es un país históricamente hijo de la pecuaria, de una ganadería insertada en el mercado mundial antes de que Uruguay fuese un país. Ese proceso productivo nos formó como nación. Muy tempranamente Uruguay expulsó gente de la tierra. Pero era una ganadería que generaba un plus muy importante, en las décadas del 20 y del 30 la tasa de retorno de la ganadería era del 20 y el 30 por ciento, en moneda dura. Era algo formidable. Entre otras cosas financió al batllismo y la urbanización. La pecuaria tenía una característica muy peculiar: la que trabajaba era la pampa, el trabajo del hombre era absolutamente secundario. Muy tempranamente nosotros tuvimos proporciones de país industrializado, pero como pueblo, como sociedad, dependiendo del fenómeno agropecuario, perdimos conciencia. Este no era como los países azucareros, cafeteros, algodoneros, que necesitan miles de brazos a la hora de la cosecha, lo que implica una sociedad rural que será la que exigirá tierra. Uruguay tiró todo eso para la ciudad hace muchísimos años. Habría que estudiar la conducta de clase de la sociedad, a la luz de lo que ha significado la ganadería en este país. No le voy a pedir a nadie que esté de acuerdo con esta hipótesis, pero me he preguntado por qué Uruguay tiene determinadas características. Movimientos como el de los Sin Tierra aquí son impensables porque no hay campesinos. Lo que nos dio fuerza para determinadas cosas nos la quitó para otras. Uruguay tuvo una intelectualidad y un peso universitario un poco desproporcionados con respecto al resto de América Latina, teniendo en cuenta nuestro tamaño. Pero, sin embargo, desde el punto de vista de los movimientos sociales estamos más embromados. Hoy creo que hay otro fenómeno coyuntural que está operando en ese sentido, y es la existencia del Frente Amplio, que actúa políticamente como un elemento encauzador, amansador, creando una especie de utopía sine die que en alguna medida actúa con un efecto amortiguador en lo social, no porque se lo proponga, sino por su propia estatura. Es paradójico que allí donde no existe un futuro político avizorable haya un mayor florecimiento de movimientos sociales. A veces se cumplen papeles que nadie pensaba cumplir.

—Entonces, ¿cuál es la alternativa?

—No se puede lograr lo que no se piensa. En estos países a estas cosas la gente que decide no le da pelota. Ya vio lo que salió a decir el presidente, que los transgénicos van a resolver el hambre del mundo. Pero, ¿quién te dijo? ¿De dónde sacaste ese pelotazo? Ahora mismo hay un lío bárbaro en Estados Unidos por un maíz transgénico que acaban de retirar del mercado. Entonces, ¿cómo va a salir así, tan suelto de cuerpo, a violar el principio de precaución, de la prudencia? Se le da poca importancia a estos temas. Son muy pocas las páginas, las discusiones a este respecto. Acá importa el PBI, lo que exportamos, pero no nos fijamos a costa de qué. Pero se ven síntomas de algo nuevo por muchos lados. Es una larga batalla, se necesita una enseñanza distinta. Hay que educar a las nuevas generaciones en algo que nosotros no tenemos: el amor y el respeto a la naturaleza. Hay que enseñarles la complejidad de estos fenómenos. El hombre antiguo recurría a actitudes religiosas, pero el hombre moderno, a mi juicio, debe hacer de la naturaleza una nueva religión.

—Antes se respetaba lo que no se entendía, pero ahora se respeta sólo lo que se entiende. Quizás porque existe esa fe en la ciencia occidental, en su método de conocimiento, que indica que si se conoce la estructura física, química, el peso específico de algo, se conoce ese algo.

—Estamos dominados por la cultura de los bachilleres, que porque saben algo creen que lo saben todo, entonces hablan con desparpajo. Alguien por ahí decía que no le temía a la ignorancia de los humildes, porque éstos son prudentes, tienen conciencia de su propia ignorancia; ni a la actitud de los pocos sabios que hay, porque por ser sabios tienen humildad y prudencia. El problema está en el medio, en la cultura media, el haber leído cuatro libritos y creerse que ya está.

 

Por decir fútbol

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