Pragmatismo político y rigidez en principios personales

Marcelo Isarrualde

Analizar el impacto del pasaje de Tabaré Vázquez en la vida política del país exige, necesariamente, elegir algunos pocos ángulos de enfoque y partir de algunas conceptualizaciones previas. La primera de ellas es que no fue un hombre de ideología precisa, articulada, sino más bien una personalidad con prevalencia de claros sentimientos, sensibilidades y sueños. Tampoco la elaboración política ni el modelo de país fueron el centro de su pensamiento en casi la primera mitad de su vida adulta.

Ingresó al centro de la política muy cerca de la cincuentena, tras una vida dedicada a la actividad científica y profesional, en la que la medicina, en general, y la oncología, en particular, fueron –y siguieron siendo– el eje central de su elaboración intelectual. La consecuencia de ello fue su pragmatismo a la hora de tomar decisiones políticas y hacer definiciones de gobierno, unido a un estilo claro en materia de conducción. Cabe recordar que toda su actividad política se desempeñó en los planos más altos; registró una escasa y breve actividad en los planos medios y bajos. Un elemento relevante, de mucha utilidad para sí y para el Frente Amplio (FA), fue la captación instintiva de los sentimientos populares y, en sentido inverso, la capacidad para lograr una fuerte confianza en los sectores más populares.

El pragmatismo encontró su límite en dos campos, en los que las definiciones de Vázquez fueron rígidas y cabe calificarlas de prepolíticas, en los que su decisión fue intransigente, sin concesiones. Son los campos en los que formó sus convicciones antes de cualquier ensoñación de actividad política y que corresponden a definiciones de vida, relacionadas con la suya propia o su entorno familiar. Uno es el antitabaquismo, la política pública de mayor impacto colectivo en el abordaje global de la lucha contra el cáncer, que él aportó a la discusión nacional y que logró finalmente una gran aceptación social y un nítido éxito en cuanto a resultados.

El otro es su oposición al aborto legal, un tema en que no midió consecuencias y se jugó en contra de la casi totalidad del FA: vetó la ley impulsada por su fuerza política, se apoyó en los blancos y casi todos los colorados para impedir el levantamiento de las observaciones y más tarde, cuando se aprobó la despenalización en un formato algo más leve, impulsó con blancos, muchos colorados y sectores religiosos un referéndum para derogar la norma. Lo significativo es que, si bien perdió la batalla conceptual (la convocatoria a un referéndum fracasó en forma rotunda), triunfó desde el punto de vista político, porque ese FA al que enfrentó con el veto y el referéndum lo promovió más tarde para un segundo período presidencial. Tanto en el veto como en el referéndum tuvo enfrente a Julio María Sanguinetti.

Un tercer elemento ideológico –también prepolítico– aparece en el sustrato de su acción política y gubernativa: su formación religiosa, destacada en sus abundantes referencias a la Biblia. Fue un hombre que, si bien algunas veces se definió como agnóstico, expresaba más bien descreer de un dios que consideraba que (le) había sido injusto. El descreimiento implica un enojo con Dios, y el enojo es una forma muy fuerte de creencia.

En materia de gobierno, cabe resaltar como la decisión personal de mayor impacto –que no se originó ni en el FA, ni en la izquierda social, ni en los otros partidos– la creación del Plan Ceibal, por el que Uruguay fue el primer país del mundo en asegurar una computadora por niño, para evitar que la digitalización operara como una segmentación social insuperable y se generalizara y se cristalizara un nuevo tipo de analfabetismo.

Su conducción tanto política como gubernativa se destaca por la prevalencia de lo táctico sobre lo estratégico. Un elemento básico de ello fue su también instintiva claridad para percibir las cualidades de cada quien a la hora de formar los elencos y, a partir de allí, delegar ampliamente la toma de decisiones a sus colaboradores, respaldar con fuerza su accionar y sustituirlos con rapidez y sin consideraciones cuando estimó que habían fracasado. En general, prefirió no inmiscuirse en los temas de ejecución y reservarse el papel del conductor que marca el camino y arbitra las disidencias. Otro elemento relevante es que, en general, no aplicó la teoría de la conducción mediante síntesis (el hombre en el cual todos pueden encontrar una parte de su pensamiento), sino la teoría del péndulo: el oscilar lentamente de una punta a la otra, cosa de que en cada momento cada segmento se reflejase plenamente en él.

Es muy difícil determinar su aporte electoral al FA, como lo es siempre en partidos de larga construcción y fuerte pertenencia. Pero hay momentos en que puede detectarse que aportó el plus necesario para impactar en el resultado.

Artículos relacionados

Tabaré Vázquez en la historia de la izquierda uruguaya

Cayó la flor al río

Política Suscriptores
En la despedida de Tabaré Vázquez

Hasta siempre

Política Suscriptores
Tabaré Vázquez y La Teja

La querencia

Política Suscriptores
La construcción del liderazgo

De outsider a estadista