Que callen las armas

Por Navidad y fin de año, y por primera vez en medio siglo, hay tregua en Colombia. La periodista Katalina Vásquez Guzmán viajó a La Habana, donde se llevan a cabo las negociaciones entre gobierno y guerrilla. Aquí la crónica sobre un proceso de paz cuyo final se espera con ansiedad.

Foto: AFP, Martin Bernetti

“Les voy a decir a los negociadores que no viajen y que esto se suspende”, dijo hace un mes el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, a dos años del comienzo de la negociación de paz entre el gobierno y las Farc. Ya habían pasado reuniones en Oslo, Noruega y La Habana para terminar con 50 años de conflicto armado. Habían pasado miles de bombardeos y enfrentamientos, secuestros, bombas, treguas fracasadas, liberación de rehenes, tomas armadas de pueblos enteros, desplazamiento, muerte y destrucción. Había habido decenas de miles de colombianos marchando por la paz en distintos puntos del país. Había habido un principio de arreglo y hubo el secuestro del militar estadounidense Kevin Scott Sutay, que estaba de turismo en Colombia, y luego la liberación del hombre. Hubo idas y venidas y, finalmente, el secuestro del brigadier general Rubén Darío Alzate, comandante de la fuerza de tarea Titán, y una abogada y un cabo, y las palabras de Santos y que todo, quizás, había sido en vano, y la suspensión de las negociaciones. Pero 16 días después liberaron a los rehenes, “en perfectas condiciones de salud”. Hubo idas y venidas, y la semana pasada continuaron los diálogos: gobierno y guerrilla de nuevo en la mesa recibiendo la última de cinco visitas de víctimas de la larga guerra colombiana. Y hay, ahora, expectativa por lo que decidan en la próxima ronda de negociaciones sobre el cese al fuego que piden las Farc y un sector del país y Santos se niega a dar. Que se callen las armas, es el pedido de buena parte de Colombia, para continuar la negociación.

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Iván Márquez, el número dos de las Farc, camina lentamente. Avanza con sus zapatos impecables color café. Hace dos años que no usa botas. Es agosto de 2014 y está en La Habana, durante el verano más ardiente de las últimas décadas, al término del ciclo 27 de negociaciones de paz entre el gobierno de Colombia y la guerrilla: las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo.

Márquez es alto, moreno y grueso; calculador, militar duro, instructor también político, estratega internacional, y hoy es el jefe de la delegación de la guerrilla en Cuba. Ha sido responsable de los bloques Sur, Caribe y Norte. Este último asesinó a veintipico de personas en La Chinita, Urabá; y fue el que tiró el cilindro bomba que acabó con más de cien inocentes en Bojayá, Chocó, en 2002.

Antes de dar inicio a todo esto en Oslo, el hombre, barbado como siempre, explicaba que la insurgencia no es la causa del conflicto, “sino la respuesta a la violencia del Estado”. Es inteligente, intenso. Algunos dirán dogmático, exigente: tiene el respeto de toda su delegación. Cuando lee comunicados frente a la prensa no se equivoca. Deja sentir un extraño acento que mezcla su original caqueteño con un tono neutro que ha ido adquiriendo en tantísimas correrías. Se lo ve tranquilo, pensando y humeando.

Del otro lado, el ex vicepresidente Humberto de la Calle se ocupa de declarar por el gobierno. Es un abogado de origen paisa que ya había intentado un acuerdo de paz con los rebeldes en Venezuela y México. Habla despacio, con firmeza, usando sus manos para enfatizar las ideas. Va llegando a los 70 años pero luce fresco, entero y claro, con la experiencia de haber protagonizado los momentos más cruciales de la política colombiana, como la creación de la Constitución que rige actualmente, y la conformación de la Corte Suprema de Justicia en los años ochenta, cuando otros rebeldes, el M-19, tomaron el Palacio de Justicia en Bogotá; el Ejército ingresó a sangre y fuego, y en un día y medio de horror resultaron muertos los magistrados de la Corte y otros empleados que sumaron 98 víctimas fatales, y diez desaparecidos.

Durante los diálogos filmamos a los jefes negociadores y sus acompañantes bajando de la camioneta, subiendo unas pequeñas escaleras y saludando a su paso con la mano antes de ingresar al salón donde sólo llegan las cámaras de las Farc y de los gobiernos de Cuba y Colombia. ¿Qué se discute allí dentro? Son seis puntos, de los cuales ya se han redactado y firmado tres: tierras, drogas ilícitas y participación política.

Simplificando páginas y páginas de argumentación de un lado y del otro se podría decir: el gobierno insiste en que el modelo económico no se toca. La guerrilla insiste en que para poner fin al conflicto con justicia social es indispensable eliminar las causas, que se relacionan de forma intensa con el modelo económico, el neoliberalismo y el intervencionismo. El gobierno siempre enfatiza: los puntos de negociación son seis. De allí no nos moveremos.

Si le tuviéramos que explicar el conflicto a un chico le podríamos decir que hay un gobierno que aspira a acabar con la guerrilla más vieja del continente como grupo alzado en armas y darle la opción de hacer política. Que por otro lado hay una guerrilla que aspira a tomar el poder político ya que después de cincuenta años descubrió que por las armas no es posible y que el costo que está pagando el país por ello es enorme, en especial la gente inocente.

Ya se han logrado acuerdos para dar acceso a la tierra a los campesinos pobres, facilitar la conversión de la guerrilla en un partido político y combatir el narcotráfico.

Dicho así suena simple. Pero hay argumentos, refutaciones y más argumentos.

Y quedan pendientes temas complejos, como la compensación de las víctimas, el fin del conflicto y la aprobación de los acuerdos por parte de los ciudadanos mediante un referéndum. Y el lunes, además de todo esto, el bombardeo.

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El día del primer encuentro con víctimas el almuerzo comenzó a las tres.
Hubo familiares que no pudieron enfrentar a los victimarios de sus parientes. Ángela Giraldo se acercó a los funcionarios gubernamentales porque no quería cruzarse con los asesinos de su hermano, diputado del Valle del Cauca a quien fusilaron junto a otros nueve civiles en medio de un intento de rescate tras un secuestro de cinco años. Ese mismo día en la mañana, durante el receso, se metió en el baño: tenía miedo de lo que podría hacer si alguno de esos hombres quería darle la mano.

En el receso, Márquez le pidió perdón a Constanza Turbay, la única sobreviviente de una familia de influyentes políticos de Caquetá muertos a balazos por las Farc. Le dijo que eso nunca debió haber pasado.
Janeth Bautista, en cambio, se quedó esperando la voz de su victimario. A su hermana Nidya Erika la desapareció el Ejército. Vestida de blanco, de cabello castaño, labios oscuros y mirada honda, Janeth esperaba al menos un “no sabemos qué pasó” o “vamos a hacer lo posible por averiguar la verdad” de parte del general Mora, el único militar de la delegación oficial.

—Ni me miró; nos tocó a uno al lado del otro en el buffet del almuerzo y ni me miró –contó Janeth a su regreso a Bogotá, cuando en vez de una solicitud de perdón se encontró con amenazas de muerte vía email y el señalamiento del senador Álvaro Uribe de ser guerrillera sin desmovilizarse.
Ya en Bogotá, con el tesón de una mujer que defiende los derechos humanos desde hace veinte años, y un guardaespaldas que la espera en la sala, Janeth repite lo que dijo en La Habana:
—Las víctimas somos la reserva ética de la sociedad.

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Durante el ciclo de las víctimas, cada mañana, en esta especie de túnel que es la entrada del Palacio de Convenciones de La Habana, nos vemos unos 50 reporteros, incluyendo a los rebeldes (gorra y chaleco con las insignias de las Farc) y a las comunicadoras del gobierno de Colombia (bogotanas, blusas que brillan, taconcitos y cabellos cepillados), junto a las morochas cubanas, los larguiruchos de España y Chile, los ojiverdes argentinos, las rubias de la radio y televisión de Rusia, y los enviados especiales colombianos que discuten y comentan, en cada saludo, qué está pasando en Colombia. Que volaron un oleoducto, mataron un periodista, sigue prendido Tumaco…
Ahora Iván Márquez carbura y carbura sin que nadie lo moleste. Ya no hay cámaras ni reporteros. No le meten el micrófono ni lo corretean por sus casi cien órdenes de captura. Acá él es el jefe de la delegación que está hablando de paz. “Venimos desde el Macondo de la injusticia con un sueño colectivo de paz, con un ramo de olivo en nuestras manos”, dijo dos años atrás en Noruega durante su discurso de instalación de la mesa de negociaciones.
“No dialogamos porque estemos derrotados militarmente”, me había aclarado Andrés París, el jefe de prensa de la insurgencia, la primera vez que conversamos en un café de La Habana.

Márquez (de unos 60 años) encabeza la delegación de treinta y tantos rebeldes reunidos en la isla. Aquí andan Granda, Catatumbo, Tanja, Camila Cienfuegos, el viejo Pascuas; recién llegó Alape, y otros varios “duros” militares y políticos que empuñan el ramo de olivo hastiados de la guerra. Diez de ellos son los que conversan cara a cara con la delegación del gobierno. Cinco son plenipotenciarios, es decir, todos discuten, y si hay un punto duro, votan cinco y cinco. En total, pues, en cada diálogo hay 20 delegados y un par de acompañantes de los países amigos. Son dos mesas alargadas, frente a frente; y en cada una los “enemigos” de medio siglo sin mezclarse entre las sillas, sólo en las palabras, debatiendo ideas. En las esquinas, Cuba y Noruega, que no dicen nada, son escuchas silenciosos en la discusión, pero tienen un rol activo en las crisis. En la reciente suspensión del diálogo fueron ellos los intermediarios para evitar un fin definitivo del proceso, y apoyaron la liberación del general Alzate y sus acompañantes en Chocó, así como de dos soldados en la ardiente Arauca. Hasta allí fueron también dos comandantes farianos y unos rebeldes rasos que grabaron y tomaron fotos del operativo humanitario.

Los otros “guerrillos” de la delegación son asesores, algunos mandos medios, otros comandantes y sus combatientes, que van regresando a la selva a medida que llega un integrante nuevo. Hacen videos, postean en Facebook o redactan los acuerdos de la mesa junto a la delegación oficial. Esto ocurre cuando hay acuerdos parciales.

Para acordar lo que ya está pactado –aunque en principio nada está acordado hasta que todo esté acordado– es que gobierno y guerrilla se tomaron 26 ciclos; cada uno dura 11 días, o sea, fueron más de 290 días de conversación, más las pausas de una semana en las que el gobierno regresa a Bogotá y la guerrilla no se mueve de La Habana. Ahí se fueron los dos años que, según la opinión internacional y en comparación con otros procesos de paz del mundo, son un lapso breve y bastante efectivo. Al decir de analistas locales, como Max Yuri Gil, de la Universidad de Antioquia, nunca antes se había visto que un diálogo con las Farc tuviese avances tan significativos y acuerdos en temas tan controvertidos en tan poco tiempo.

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De cada delegación se designan unos pocos a la hora de escribir. Del gobierno, casi siempre, el alto comisionado está al frente de los textos. Sergio Jaramillo, filósofo y filólogo, doctor en griego, fue quién ideó la mecánica del proceso de paz, en la etapa de acercamiento. Cuando el presidente Santos se decidió por la paz y comenzó a enviar mensajes a los rebeldes, en setiembre de 2010, todo era confidencial y actuaban con intermediarios. Luego, discutir los puntos que negociarían para llegar al Acuerdo General para la Terminación del Conflicto y Construcción de una Paz Estable y Duradera –que ambas partes coinciden en señalar como la etapa más difícil– se logró en diálogo directo. Manos a la obra en tableros blancos de marcador borrable en las casas de protocolo de Cuba donde vive ahora la “guerrillerada”. Después, a Oslo; se instaló la mesa, y a negociar –con acceso de prensa cada mañana durante los ciclos– de nuevo a La Habana. Hoy por hoy el diálogo es directo. No hay moderador. Se tratan de tú a tú, y aunque muchos tal vez duden, en ambiente de armonía y con la altura del caso. De la Calle, a quien algunos guerrilleros me dijeron que respetan, es el rey de la paciencia; y Márquez, el otro jefe de delegación, el que enseña diplomacia.

Para cada punto guerrilla y gobierno llevaron varios invitados, a eso lo llaman el 2 x 2. Dos del gobierno, dos de la guerrilla: por lo general expertos, profesores universitarios y a veces hasta campesinos. La estrategia pensada por Jaramillo incluye la discreción, que impide al gobierno dar declaraciones diarias como lo hace la guerrilla. Tampoco hay entrevistas. En inglés, porque es para Al Jazeera English, Jaramillo nos contó la mecánica y los retos del proceso en un hotel de Bogotá, con el compromiso de publicarlos a finales de este año o principios del siguiente. Con el presidente Santos sí que fue imposible para el canal de Qatar. El primer mandatario no acude a las negociaciones, pero cada tanto está siendo informado de todo lo que ocurre. Puede que se le vea, aún no se sabe, alguna vez por La Habana. Entre tanto en Colombia no tuvo agenda para declarar.

La guerrilla, que sí habla mucho, nos dio un par de entrevistas además de las declaraciones de las mañanas. Andrés París fue nuestro intermediario. “Pelo corto, blue jean, camisa azul clara, maletín negro y zapatos carmelitas”, eran las señales para reconocer a los otros guerrilleros que nos llevaron a él. Después vimos a Andrés, quien, además de jefe de prensa, era negociador, revisaba los acuerdos, escribía comunicados y asesoraba al secretariado. Para llegar a La Habana y regresar a Colombia, como a Alape, a Lozada y todos los insurgentes que han salido del país, les fueron levantadas las órdenes de captura, incluidas las circulares rojas de Interpol. “Extraídos” es como les llaman ahora a los guerrilleros que de la selva saltan a La Habana en vuelos charter que se detienen en San Andrés para abastecerse de combustible. Ni pensar en ponerlos en vuelos comerciales, como lo hicieron a su regreso las primeras víctimas que participaron en el proceso. Para volver, entonces, pidieron volar como cualquier ciudadano. Las Naciones Unidas, que los seleccionaron y manejaban la logística junto a la Universidad Nacional y la Iglesia Católica, los organizaron en dos grupos. La mitad en una aerolínea colombiana, y los demás en la panameña. En el José Martí, una aeromoza confundida y desesperada buscaba a seis colombianos “ultra recomendados” por el gobierno de Cuba que no aparecían en sus sillas. Iban por Avianca. Imagínense las aventuras de la guerrilleada viajando con empresas.

Con los buenos oficios de la Cruz Roja Internacional y el cese de actividades militares en las zonas de trinchera, los “guerrillos” salen pues a salvo sin Rockets que los alcancen ni policías al acecho. Algunos, como Fabián Ramírez, están acusados de masacres, narcotráfico y terrorismo, y son buscados hasta por Interpol. El comandante del Bloque Sur tiene 42 órdenes de captura encima, aunque no parece tener culpa. Es afable. Mira fijamente con unos ojos verdes abiertos y atentos.

Y, como todos los hombres de la delegación de las Farc, parece un señor cualquiera de camisa planchada y zapatico lustrado que trabaja el día a día, común como cualquier profesor, ingeniero, dueño de un café con Internet o de un cultivo de flores; o aprendiz de abogado, como me parece a mí que lucen todos esos días en que llevan maletines encuerados al Palacio de Convenciones.

En un restaurante habanero, Ramírez –con un reloj deslumbrante– me contó cómo se incorporó a las filas de las Farc; me habló de la espectacular salida en el helicóptero que lo “extrajo” pasando sobre bases del Ejército; y sonrió al relatar la ocasión en que más cerca estuvo de la muerte: cuando una camarada le disparó de frente. Las historias de pasiones y amor en la guerrilla no son pocas, explicó Rubén Zamora. Cuando Rubén se volvió clandestino su novia lo siguió, pidió permiso para enfilarse y recibió entrenamiento. Dos años después ella murió en combate.

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Hasta principios de noviembre las reglas del juego eran siempre las mismas. Diálogo a puertas cerradas. Declaraciones de las Farc cada mañana de ciclo, alternando los voceros; declaración de Humberto de la Calle casi siempre el último día, y receso de ocho días. El secuestro de Alzate, la reacción de Santos y la sensibilidad de las Farc en este fin de año revolcaron la rutina. Según se pactó en la instalación de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, correrían tres meses de investigación y escritura de un informe final por parte de 12 integrantes, elegidos mitad por la insurgencia y mitad por el gobierno. La prensa pudo entrevistarlos entonces y tomar fotos, por cinco minutos, mientras se sonreían cara a cara guerrilleros y sociólogos, funcionarios del gobierno con antropólogos e historiadores entre los que, sorprendentemente, sólo hay una mujer. Márquez y Daniel Pecault, bastante criticado por las Farc en los días del ciclo 27, se mostraban las sonrisas. Después, en un pasillo, estaban intelectuales y rebeldes comiendo galletitas con café. Alfredo Molano conversaba con Calarcá y Zamora; Jorge Giraldo de pie junto a Granda; y los rubios de Noruega y las Naciones Unidas apretaban las manos de ambos bandos, despidiendo a los del gobierno, últimos en llegar y primeros en marcharse.

* Periodista de la revista digital argentina Anfibia (donde se publicó este reportaje del que Brecha recoge fragmentos) y corresponsal del diario Página 12 en Bogotá.

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