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“Cazadores de mitos”, “Proyecto G”, “Dr House”, “Breaking Bad”: las series de ficción también han servido para enseñar, aunque más como un efecto secundario que como un fin primordial.

Breaking Bad

La televisión, además de entretener, puede cumplir un rol pedagógico positivo. Algunos programas educativos se ganaron un lugar privilegiado en el corazón de la teleaudiencia, como El mundo de Beakman o los dibujos animados franceses de Érase una vez… Ejemplos más recientes son Cazadores de mitos y Proyecto G, un magnífico producto de la tevé pública argentina. Estos programas han demostrado que es posible vehiculizar contenidos de manera amigable, creativa y atractiva. Sin embargo, el monopolio de trasmisión de conocimiento no lo tiene este tipo de programas, que son la minoría. Las series de ficción también han servido para enseñar, aunque más como un efecto secundario que como un fin primordial.
En momentos en que para los jóvenes encontrar una motivación para el estudio es un objetivo cada vez más difícil, David Smith, un profesor de química de la Universidad de York, tuvo una idea interesante cuando aplicó un examen con un correlato en una serie televisiva. El mismo Smith subió una foto a Twitter del cuestionario basado en la serie Breaking Bad: “Estoy particularmente orgulloso de este examen que les puse a nuestros alumnos de primer año”. El texto de la prueba presentaba la síntesis de la metanfetamina 3 tal como la realiza en la serie Walter White, seguida de seis preguntas sobre dicha reacción que evaluaban conocimientos de química orgánica. White, el personaje principal, es un profesor de química que entra en el negocio de la metanfetamina para asegurarle el porvenir a su familia cuando se entera de que es un enfermo terminal de cáncer.

El doctor House, médico malhumorado que da su nombre a la serie, resuelve en cada episodio casos clínicos insólitos. Uno de ellos fue la fuente de inspiración para un médico alemán al que se le presentó un paciente de emergencia con fiebre alta, pérdida de vista y oído y una capacidad cardíaca muy disminuida, todos síntomas inexplicables. Lo único que constaba en la historia clínica del enfermo era una operación de prótesis de cadera. El médico ató cabos cuando recordó que en uno de los episodios de Dr House un paciente presentaba los mismos síntomas a raíz de una intoxicación por cobalto. En el caso real, el cobalto podía venir de la prótesis, que fue cambiada por una de cerámica. Luego del cambio los síntomas remitieron. El caso, con el “eureka” televisivo y todo, fue publicado en la revista médica británica The Lancet, sometida a revisión por pares.

Para premiar tramas que resultan incidentalmente educativas, existen galardones como los Sentinel Awards, que reconocen guiones televisivos que “informan, educan y motivan a la audiencia a tomar mejores decisiones para una vida más sana y segura”. En el jurado hay representantes de autoridades sanitarias de Estados Unidos. La última entrega premió, entre otros, a la serie Parent­hood, por atraer la atención sobre el síndrome de Asperger en una de sus subtramas, y a la película para televisión The Normal Heart, protagonizada por Julia Roberts, por tratar la crisis del Vih en los años ochenta.

Estudiantes, médicos, pacientes, todos pueden encontrar en la pantalla chica un vínculo con la realidad. O mejor dicho, con la ficción, que a su vez tiene un correlato con la realidad. En todo caso, la próxima vez que vaya a la urgencia de la mutualista esté atento, y si le diagnostican lupus, acuérdese del doctor House y desconfíe. Si el médico le dice algo, responda con seguridad: “Lo vi en la tele”

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