Esa tortuosa libertad

Después de acampar casi un mes frente a la embajada estadounidense, cuatro de los seis ex reclusos de Guantánamo llegaron esta semana a un acuerdo con el gobierno uruguayo sobre las condiciones de su estadía en el país. Brecha conversó con ellos sobre sus desencantos y también de sus esperanzas en la etapa que se inicia.

Abdel Ouerghi en la casa que alquiló el Pit-Cnt para los seis ex presos / Foto: Oscar Bonilla

Cuando el lunes 18 por la noche, horas antes de firmar un documento del que todavía no se conocen todos sus términos, Abdel Bin Muhammed Ouerghi, Alí Shabaan, Omar Abdelhadi Faraj y Ahmed Adnan Ahjam decidieron levantar el campamento que habían montado el 24 de abril frente a la embajada de Estados Unidos pensaron que tal vez estaban comenzando a dar vuelta la página de una historia que empezó brumosa una mañana de verano, y en esa condición se mantuvo a lo largo de casi medio año. Habían tenido razón en protestar, reclamar explicaciones, exigir que se cumpliera con lo prometido (“corriendo incluso el riesgo de pasar por desagradecidos, que es lo que más nos dolería”), porque de haberse quedado quietos la bruma se hubiera espesado aun más, se dijeron, y se marcharon con sus pocos petates creyendo que tal vez ahora, por fin, aquel desaguisado inicial, aquel cortocircuito de los orígenes que luego no fue reparado, pudiera estar quedando atrás.

La esperanza había sido mucha. Había nacido el temprano día de 2014 que se reunieron, allá en Guantánamo, con un señor llegado de la lejanía más lejana que entró en confianza con ellos, les habló de ex preso a preso y les dijo que su pequeño país –del que ellos sólo sabían que tenía héroes de pantalón corto y camiseta celeste– estaba dispuesto a arrancarlos de sus mazmorras y a recibirlos. Desde entonces, desde esa entrevista con José “Chacha” González, enviado especial y colaborador estrecho y de larga data del presidente José Mujica, los cuatro –y Jihad Dhiab, que el martes 19 no firmó el acuerdo, y Mohammed Tahamatan, que firmó un texto similar un mes antes– comenzaron a soñar con la perspectiva de volver a ser libres. González les prometió que en Montevideo se les daría el estatuto de refugiados, un lugar y medios para vivir, no se les restringirían los movimientos y sus familias los estarían esperando. Que serían, en fin, tras 11 o 12  años de encierro sin juicio ni proceso y de torturas cotidianas, hombres libres y lo más plenos posible. En agosto de 2014, Omar y Mohammed, Jihad y Abdel, Alí y Ahmed recibieron la autorización de sus carceleros para ser trasladados hacia Uruguay.

Debieron esperar hasta diciembre. En Montevideo, apenas trascendió la noticia de la inminencia de la llegada de liberados de Guantánamo, un tema que estaba en la agenda desde meses atrás, se dispararon las especulaciones: más allá de las obvias, provenientes de la derecha política –y no sólo– sobre el grado de “peligrosidad” de los presuntos “terroristas” a partir del lugar común del “algo habrán hecho para ir a parar adonde fueron a parar”, y las alertas amarillas y rojas sobre si Uruguay no se estaría metiendo en un berenjenal, se plantearon otras, más atendibles: fundamentalmente sobre las condiciones de la llegada. Se deslizó entonces que, para liberarlos, Estados Unidos había exigido que no se les permitiera salir del país durante un mínimo de dos años. El gobierno uruguayo lo negó (“no lo aceptamos, podrán circular todo lo que quieran”, se afirmó desde el Ejecutivo oriental), pero las dudas persistieron (irían creciendo una vez que los seis se instalaron en Montevideo). Se especuló también con las verdaderas razones del desembarco. Se habló de que Mujica le daba una mano a Barack Obama para ir vaciando Guantánamo y así sacaba de las cavernas del terrorismo de Estado por lo menos a un grupo de detenidos. El propio presidente uruguayo se encargó, sin embargo, de complicar un poquitín las cosas cuando, ante las críticas opositoras, en vez de defender su gesto echando mano a alguno de los miles de argumentos “humanitarios” que lo justificarían sin problemas, retrucó que sus acusadores estaban poniendo en riesgo “cientos de puestos de trabajo de compatriotas” porque en el trueque estaban involucradas también algunas toneladas de naranjas y mandarinas. Se aludió igualmente a jugadas diplomáticas a varias bandas, algunas de ellas de alta política (ayudar a descongelar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos) y algunas de otra clase. Muchos de los que consideraron que lo esencial de esta historia era arrancar del chupadero estadounidense aunque fuera a media docena de presos estuvieron dispuestos a tragarse lo de las naranjas y a comprender lo de las jugadas. Siempre y cuando las condiciones de vida en Montevideo de los ex de Guantánamo se parecieran, al menos se parecieran, a las que los miles de exiliados uruguayos encontraron grosso modo en los países que les dieron refugio. Que si de eso se trataba, que eso fuera.

Desde que en la madrugada del 6 de diciembre de 2014, pasadas las elecciones que al parecer todo lo habían contaminado, el C 14 de la US Air Force se posó en la base aérea del aeropuerto de Carrasco con su carga humana, nada fue claro.
Lo que más les dolió a los refugiados, recuerda a Brecha el tunecino Abdel Ouergui en el italiano que aprendió durante sus seis años de vida en la península poco antes de que lo embarcaran manu militari en Pakistán, no fue tanto que no tuvieran la casa prometida (al fin de cuentas, el Pit-Cnt, sin comerla ni beberla, les ofreció una vivienda), o que la plata que se les dieran al comienzo (5 mil pesos un mes, 3 mil el otro, después se hablaría de 15 mil mensuales) les alcanzara para poco y nada. “Lo que más nos dolió fue que nuestras familias no nos estuvieran esperando”, precisa Abdel. También que quienes tantas cosas les habían prometido después no dieran la cara, que en su lugar aparecieran otros que visiblemente improvisaban (la mayoría con muy buena intención, algunos con un evidente malhumor burocrático). Y en particular enterarse, con el paso de los días, de que corrían rumores de que ellos no querían trabajar, de que se resistían a insertarse, de que se extralimitaban en las exigencias, y de que al fin de cuentas eran unos desagradecidos que no sabían valorar lo que se les había ofrecido. Les molestó igualmente –por supuesto les molestó– no saber hasta dónde llegaba la prometida libertad de movimiento y los papeles con que podrían contar, una vaguedad que hasta hoy persiste. “Se les dice que son refugiados, y para Uruguay lo son en función de la ley 18.076 de 2006, pero no lo son para Acnur, el Alto Comisionado para los Refugiados de las Naciones Unidas, que sólo reconoce como refugiados a quienes calzan en un protocolo que en este caso no se cumple, para empezar porque Acnur considera que aquí se trató de un convenio privado bilateral entre Uruguay y Estados Unidos cuyas condiciones no coinciden con su propio marco”, comentó a Brecha una fuente cercana al caso. Tienen, en teoría, derecho a viajar adonde quieran –así lo afirman las autoridades uruguayas, así se lo confirmó a Brecha Christian Mirza, el “mediador” honorario al que el gobierno encargó tratar con ellos unos días después de la acampada en la embajada–, pero queda la duda de si los papeles que se les darán lo permiten. (Jihad Dhiab, el único que ya tiene un documento de ese tipo, pudo apreciar en carne propia el alcance de su “título de viaje” cuando unas semanas después de llegar a Montevideo cruzó el charco hacia Buenos Aires y a las pocas horas las autoridades argentinas exigieron a sus pares uruguayas que lo repatriaran de inmediato.)
“La estructura no estaba aceitada, eso es obvio, porque la improvisación fue la norma desde que llegaron”, dice otra fuente de Brecha. “Nadie se hizo realmente cargo de montar una estructura centralizada que los contuviera, siendo en realidad tan pocos, y quedó todo librado a lo que pudieran hacer los voluntarios que aparecieron por la vuelta, asistentes sociales, médicos, sindicalistas , ex presos, gente en general de buena voluntad. Entre que desde el Sedhu, la Ong que trabaja habitualmente con Acnur en Uruguay, se los trató como si fueran casos homologables a refugiados ‘normales’ de zonas cercanas, que por lo menos dominan la lengua y manejan códigos culturales similares, no se les trajo a las familias y se los introdujo de cabeza en un universo burocrático kafkiano que les exigía una adaptación imposible al llegar e imposible aún hoy y que se les decían cosas contradictorias constantemente, fueron llevados al límite de la desesperación.”
Fue esa desesperación, la voluntad de “llamar la atención” para que “la gente uruguaya” entendiera su situación, la que una tarde de abril condujo a Abdel, Omar, Ahmed y Alí hasta los jardines que rodean el búnker estadounidense de la rambla montevideana. Mohammed había tomado otro rumbo (conoció una uruguaya de origen musulmán con la que piensa casarse y decidió firmar el convenio con el Sedhu sin pensarlo demasiado) y Jihad, el que en peores condiciones llegó desde Guantánamo (véase entrevista), no se convence todavía de que no tendrá más remedio que aceptar un futuro uruguayo de mediano plazo.

“No nos confundimos, son estos de acá, los de esa banderita con tantas estrellas, esos que nos metieron en esa cárcel de mierda –dice Abdel, extendiendo el brazo hacia los guardias apostados a unos metros de sus carpas–, los responsables verdaderos de lo que nos pasa hoy. Son ellos los que deberían hacerse cargo de compensarnos por habernos hecho lo que nos hicieron durante tanto tiempo, pero las cosas son como son. No tenemos problemas con Uruguay, y menos que menos con la gente común, que nos ha dado unas muestras de solidaridad increíbles, pero queremos que en el gobierno se den cuenta de que así no se puede. Que si se acepta traer refugiados, después hay que asumirlos.”

La gente común: se acercaron por decenas los uruguayos de a pie a los seis tan particulares refugiados. Se hizo relativamente habitual que algún vecino, algún militante, algún solidario del montón, algún filántropo, varios comerciantes, hasta algún curioso, cayera por la casa que la central sindical puso a su disposición, incluso por la pensión a la que se fueron a vivir pasado un tiempo un par de ellos por problemas de convivencia (“estuvimos 12 años aislados, de repente nos encontramos de a seis para compartir un espacio chico con un baño común, y se dio lo natural”), e incluso por el campamento de la embajada. Sobre todo en el campamento les llovieron las donaciones (desde las propias carpas en las que durmieron hasta ropa y comida a saciedad) y las visitas. “Desde el primer día estuvimos con ellos. Cuando llegaron mi esposa cruzó con mi nena de 8 años para regalarles una flor. Les queríamos dar algo que tuviera vida. Y luego les dimos una planta de menta, para que pudieran hacerse un té”, dice un hombre cuarentón que pide anonimato. “Pegaron mucha onda con la nena. Estuvieron en casa y los invitamos varias veces a comer. Son sumamente afectuosos, muy respetuosos. Con pequeños detalles, sin tener nada, nos fueron comprando”, cuenta su mujer. Otra vecina dice que antes de ir a verlos, cosa que ya había decidido, se interesó en saber “algo más sobre Guantánamo” para “ubicarse”. Se dio cuenta, leyendo sobre el horror, de que el límite deberían ponerlo ellos. “Nunca les pregunté nada, sólo les abrí la puerta.” Edgardo Rubianes, ex presidente de la Anii que vive en la zona del Parque Rodó, los visitó también desde el primer día. “Con un amigo periodista nos dijimos que debíamos tener con ellos una actitud de respeto mutuo, y que ese respeto pasaba también por no ser condescendientes. Fuimos con varios de ellos a boliches, ellos no tomaron alcohol, nosotros sí; los invitamos con fainá, cuando se dieron cuenta de que nada animal tenía la probaron, y pienso que les gustó. Les conté que yo no estaba casado pero tenía un hijo. Hablamos de mujeres. Mi mujer los besó, se sonrojaron pero bancaron. Cortaron una charla para el rezo y lo bancamos nosotros. Creo que ellos están buscando esa normalidad, que se les haga las cosas fáciles. Es probable que con el tiempo la encuentren.” Abdel confirma: “Queremos vivir normalmente, ser como un uruguayo más aunque no seamos por mucho tiempo un uruguayo más”.

“La verdad es que al principio estuvimos descolocados, perdidos. El presidente Mujica nos pidió que diéramos una mano durante los primeros tres meses de su estadía, que era el tiempo que iba a insumir montar una estructura, ver quién se iba a hacer cargo del proyecto. Nos pidieron también que les diéramos cobertura social, un acompañamiento, y después de discutirlo mucho y de consultar a nuestros referentes internos, aceptamos el desafío”, dice a Brecha Fernando Gambera, secretario de Relaciones Internacionales del Pit-Cnt y coordinador de hecho de la asistencia cotidiana (monetaria incluso) a los seis refugiados desde su llegada en diciembre hasta comienzos de marzo, fecha en que el Sedhu tomó la posta. “Ellos, los guantanameros, facilitaron las cosas, porque son muy afectuosos, buena onda, y se entabló un buen relacionamiento, a pesar de las barreras idiomáticas, culturales y de costumbres.”
Gambera reconoce de todas maneras que hubo errores en el “enfoque” del relacionamiento, cierta falta de empatía, un no ponerse en el lugar del otro por parte de los sindicalistas. “Capaz que pecamos en apresurarnos para que aceptaran un trabajo. Les ofrecimos varios, en la construcción, en una carnicería, en una obra. Nosotros somos del mundo del trabajo, y pensábamos que el tener un laburo fijo los ayudaría a sacar la cabeza de todo lo que venían y a obligarlos a interrelacionarse más.” El propio Mujica insistió en la misma dirección. No una, sino varias veces, y en “la opinión” quedó la imagen, vehiculizada también por algunos medios, de que además “de todo” los refugiados eran “vagos”, reconoce Gambera. “Fueron a ver varios trabajos, dudaban, pero después decían que no podían, que no estaban en condiciones. Lo repetían. Algunos compañeros nos hablaron entonces del trastorno por estrés postraumático y ahí empezamos a entender…”
—¿Quién les habló?
— Por un lado, unos médicos, y por otro, compañeros que pasaron por las cárceles o por el exilio, o por las dos cosas. Los llamamos “los viejos”, varios tienen alrededor de 80 años y se reúnen los viernes aquí en la central. Ellos te dicen que la ventaja suya fue que salieron de la cana a su barrio, a su casa, su familia. Te dicen que no es el caso de esta gente.

Es sorprendente –dice por ejemplo Rubianes, dice también Mirza, dicen muchos– que haya que recurrir a “la memoria de los viejos” para captar algo que debiera ser una obviedad. Es sorprendente, dicen bastantes más, que incluso muchos ex presos, que incluso muchos antiguos exiliados que en su tiempo contaron con la asistencia de redes –de amigos, de pares, de una estructura estatal aceitada– que les bancó el cuerpo, la subsistencia y la cabeza, no hubieran pensado un poquito antes de hablar.

Y ni tanto. Abdel –que como los otros refugiados reconoce al Pit “lo muchísimo que hicieron” por ellos sin que tuvieran en principio por qué asumirlo– cuenta que algunos trabajos estuvieron dispuestos a tomar. Él mismo tuvo una oferta para armar un puesto de venta de sándwiches “estilo árabe” en un garaje contiguo al Centro Islámico de la calle San José. Pero del Sedhu le dijeron que no, que hay un protocolo a seguir que pasa primero por contar con una casa, después traer a las familias, luego conocer la lengua y finalmente el trabajo. “Es curioso ese apego al protocolo en una situación tan irregular como esta, pautada también por una asistencia médica errática que hasta hace poco pasó por la buena voluntad de un conjunto de médicos honorarios que hacían lo que podían ante la ausencia de un traductor en muchas de las citas que coordinaban. Un tratamiento psicológico, que no han tenido, y un abordaje desde la cercanía hubiera permitido, por ejemplo, que a uno de ellos se le pudiera hacer una operación que necesitaba de una manipulación en el ano. El muchacho se negó porque le recordaba a Guantánamo. También se negaron a firmar infinidad de papeles sin sentido que les presentaban burócratas porque no los entendían y porque esa era también una práctica habitual en la cárcel: el constante papeleo”, dice la fuente de Brecha cercana al caso.

Hoy las cosas están algo más encaminadas. El acuerdo que firmaron el martes, por dos años y prolongable por otro “en ciertas condiciones especiales”, les asegura al menos un ingreso mínimo de 15 mil pesos mensuales, aumentable cuando lleguen sus familiares –cuyo traslado asumirá la Cruz Roja– y el alquiler de una vivienda individual a cargo del Estado. “Falta identificar en algunos casos (no en todos) a los familiares que vendrían, aceitar la asistencia médica en el sistema público, un terreno en el que se ha avanzado, y encontrar un tratamiento psicológico para varios de ellos, que sin duda lo necesitan y no lo tienen”, apunta la fuente. Ellos, por su lado, al menos los cinco que firmaron, estarían dispuestos a hacer la vista gorda sobre una cláusula del acuerdo que hasta ahora rechazaban. El tiempo pasa rápido, se dicen. Y quién sabe si no terminan quedándose por aquí. El miércoles por la noche varios de ellos fueron a la Marcha del Silencio. Jihad con sus muletas, los otros al lado, caminando junto a algunos amigos que se han hecho en Montevideo.

Cinco mil dólares por preso

La enorme mayoría de los presos de Guantánamo no fueron detenidos por Estados Unidos mientras cometían algún crimen o acto bélico. Cuando empezó el ataque militar a Kabul la gente inició la huida de la capital afgana en procura de cruzar la frontera con Pakistán.
Estados Unidos ofreció grandes recompensas económicas por cada detenido que se le entregara. Ser inmigrante árabe en Afganistán o en Pakistán, como lo eran los seis ex presos de Guantánamo que se encuentran en Uruguay, se volvió muy peligroso; el mero hecho de ser árabe despertaba sospechas. Varios inmigrantes fueron secuestrados por aldeanos cerca de la frontera con Pakistán y vendidos a las autoridades paquistaníes, que a su vez recibían dinero de Estados Unidos por cada prisionero que les era entregado. En varios casos los estadounidenses pagaron 5 mil dólares por preso.
Según un informe de la Universidad de Seton Hall, basado exclusivamente en documentos del propio gobierno estadounidense, sólo el 5 por ciento de los presos de Guantánamo fueron detenidos por ese país. El 86 por ciento fueron detenidos por Pakistán o por las fuerzas de la Alianza del Norte.1 Luego de capturados eran llevados a los campos de detención estadounidenses en Kandahar o en Bagram (Afganistán) antes de terminar en Guantánamo.
Según documentos del Departamento de Defensa, filtrados por Wikileaks en 2011, cinco de los seis ex presos de Guantánamo que Uruguay recibió fueron detenidos por autoridades pakistaníes y no por Estados Unidos. En el caso del sexto, el Departamento de Defensa admite que “no se conocen las circunstancias exactas de la captura del detenido”. n

1.     Report on Guantanamo Detainees. A Profile of 517 Detainees through Analysis of Department of Defense Data, de M Denbeaux et al, 2006.

Los horrores de Guantánamo

Gracias a los testimonios de presos y ex presos de Guantánamo y a declaraciones de ex guardias se conocen varias prácticas estándar de abuso en la cárcel.

Perros y humillaciones. Una manera de intentar quebrar a los presos era largarle perros encima, a veces mientras estaban encapuchados. Así lo admitió el teniente general Randall Schmidt de la Fuerza Aérea estadounidense, en un informe en 2005. Declaró además que era un método estándar, aprobado por el Fbi, vestir a los presos con ropa interior femenina o ensuciar a los presos con tinta roja y decirles a los detenidos que se trataba de sangre menstrual.
Desnudos. Otro método aprobado por el Fbi, particularmente sensible para hombres musulmanes, era desnudarlos. En los últimos años, a los hombres que participaban en las huelgas de hambre se los sometía a diversas humillaciones, entre ellas el manoseo de sus genitales previo a cada encuentro con sus abogados.
Maullidos. Se obligaba a los presos a escuchar música y ruidos a volumen muy alto para desestabilizarlos. Militares que trabajaron en Guantánamo revelaron en 2004 que se trataba de una mezcla de maullidos de gatos con gritos de bebé.
Médicos sin escrúpulos. Un equipo médico participaba en las sesiones de tortura. Según un informe del Center for Constitutional Rights, los presos eran examinados previo a los interrogatorios, para determinar cuales eran sus debilidades. Según otro informe (de la Universidad de Seton Hill) se administraban altas dosis de mefloquina, un remedio contra la malaria que puede ocasionar efectos secundarios muy graves como paranoia, depresión y comportamientos psicóticos. Los autores del informe no encontraron pruebas verosímiles que indicaran que se utilizaba para tratar la enfermedad.

Testimonio

Estar a la altura

12 - Ali - Omar - Adel - Foto OSCAR BONILLA

Por Silvia da Rin Pagnetto*

Me acerqué a las carpas ubicadas en la vereda de la embajada de Estados Unidos, donde acampaban cuatro de los refugiados liberados de Guantánamo, motivada por mis antecedentes profesionales, tanto en la inspección de prisiones en el marco de las Naciones Unidas como en el tema de los refugiados políticos. Mi sorpresa fue encontrarme con jóvenes que no corresponden a la imagen “Bin Laden” que nos hacemos a través de los grandes medios de prensa. No parecen fanáticos, son cordiales, abiertos y de fácil contacto. Hablé mucho con Abdel, el tunecino, que vivió varios años en Italia, cuyo deseo es poder traer a su madre, casarse con una uruguaya y abrir un restaurante de comida oriental.
En la conversación mencionan que, como parte de las torturas en Guantánamo, los obligaban a estar en short, sin ningún tipo de abrigo, en el frío nocturno. Se ven serenos, sin amargura, a pesar de sus 12 años de cárcel. Salvo uno de ellos, invalidado seriamente por la tortura y la huelga de hambre, los otros parecen chicos de barrio. Tienen educación, dos cursaron estudios universitarios, uno es hijo de un periodista, dicen que su mayor aspiración hoy es encontrar el amor, ver a sus familias y rehacer sus vidas.
Agradecen a Uruguay y a su pueblo haberlos recibido, pero lamentan su difícil inserción. Uruguay es un país que tiene dos velocidades, “despacio y muy despacio”, y al estar en contacto vía las redes sociales con ex compañeros de cautiverio ahora reinstalados en Albania, Cabo Verde, Kazakstán y otros lugares, no entienden por qué instalarse aquí les lleva más tiempo, aunque aprecian los actos de solidaridad que reciben cotidianamente.
Sintieron mucha presión para conseguir trabajo ya al día siguiente de su llegada. “No se larga a la jungla ni siquiera a un león enjaulado sin darle un tiempo suficiente de adaptación”, reflexiona Alí. Piden seguridad, piden paciencia y se sienten dependientes del apoyo prometido. Quieren aprender español. Intentaron hacerlo en Guantánamo, antes de su venida, con escasos resultados porque no les permitían tomar notas. El Mides les lleva comida. Desde diversos lugares del Estado, de la sociedad civil y buenas voluntades individuales, se va organizando con dificultad una institucionalidad adecuada, como corresponde a la recepción de refugiados a los que Uruguay les abrió sus puertas por razones humanitarias y sobre todo en un gesto de amistad hacia el gobierno de Barack Obama.
Conceder refugio político es un acto de solidaridad y de ejemplo del que Uruguay no se puede privar, ya que durante la dictadura muchos de sus ciudadanos fueron recibidos en excelentes condiciones por varios países, incluso bajo gobiernos muy conservadores, permitiéndoles rehacer sus vidas, a pesar de que parte de su opinión pública los consideraba terroristas.
Las camionetas de seguridad y varios servicios de inteligencia desfilan frente a la embajada. Ellos tienen paciencia de presos. Clifford M Sloane, enviado especial del Departamento de Estado estadounidense para el cierre de Guantánamo, escribió al ex presidente José Mujica un documento que dice textualmente (la traducción es mía): “No existe información de que estos individuos hayan estado involucrados (realizando o facilitando) actividades terroristas contra Estados Unidos o sus socios o aliados”. Tuvieron 12 años para averiguarlo. Algunos telegramas filtrados por Wikileaks demuestran que otros piensan lo contrario, como el congresista republicano Ed Royce, según cita El País: “Espero que el gobierno uruguayo trate a estos hombres como la amenaza que creo que son…”. Donde sea que esté la verdad, la sociedad y el gobierno uruguayo deben estar a la altura de lo que significa dar refugio político, única opción de libertad, a personas encarceladas por 12 años sin juicio y crearles verdaderas oportunidades de inserción y comienzo de una nueva vida. n

*    Politóloga del Instituto de Estudios Políticos (Sciences Po) de París, Francia, donde fue profesora y directora de la Cátedra sobre Oriente Medio. Italiana y uruguaya, trabajó como profesional en las Naciones Unidas y en la Presidencia de la República bajo el gobierno de José Mujica.

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