Carnavales eran los de antes

Larga 2016 y con ella nuestra moderada bacanal. En la entrevista que sigue, la historiadora Milita Alfaro, especialista en Carnaval y coordinadora, precisamente, de la Cátedra Unesco de Carnaval y Patrimonio, de la Udelar, reflexiona con Brecha sobre una fiesta que cambia, permanece, crispa y enamora.

Milita Alfaro. Foto: Manuela Aldabe.

—¿Cómo se dispone a vivir el Carnaval de 2016 y qué expectativas tiene?

—Durante el año estudio el Carnaval, y en febrero lo vivo intensamente. Debo decir que me enrosco mucho con el concurso, es inevitable, me fanatizo un poco. Pero esta vez por compromisos de trabajo he resuelto no seguirlo como otros años. De todas maneras me voy a dar una vuelta, llegada la Liguilla no creo que me aguante. Estoy trabajando en un libro sobre Jaime Roos, una “vida y obra” de Jaime, estoy muy metida en eso. En ese sentido, este va a ser un Carnaval especial para mí, porque no le voy a poder dedicar la energía que suelo dedicarle. De todas formas tengo mucha expectativa; a mi entender el Carnaval pasado fue flojo, a mí por lo menos no me enganchó mayormente. Esperemos que este año mejore.

—¿Y qué puede adelantar sobre el plantel de murgas que concursan este año?

—Hay ausencias que se van a sentir, murgas que no salen: La Gran Siete y A Contramano, por ejemplo, y algunas individualidades también importantes que no van a estar. Ha venido pasando este fenómeno, de gente que se ha destacado mucho en Carnaval y a consecuencia de ello le han surgido otras oportunidades en otros ámbitos, como el teatro o el famoso stand up, que está tan en boga. Se ha perdido gente valiosa, caso de Diego Bello, que yo creo ha sido una figura clave de los últimos carnavales. Y está por supuesto el caso de Agarrate Catalina, que el año pasado no pasó la prueba y este año decidió no salir. Para compensar, vuelve gente que ha estado ausente y es muy valiosa, como Queso Magro, y otros. Pero sobre todo con Queso Magro se ha generado mucha expectativa; ya estuvo en el Teatro de Verano y confirmó que los que la extrañábamos teníamos razón.

—Recién hay apenas conatos de polémicas, pero no puedo dejar de preguntarle por el cambio de reglamento en el concurso de reinas y los debates que generó.

—Hubo reacciones muy tremendas. Y es que, claro, son discursos que están muy arraigados en la sociedad y que a veces no aparecen porque se ha tomado más conciencia de lo que se puede y no se puede decir, de lo que es políticamente correcto y demás. A consecuencia de ello hay gente que no dice ciertas cosas aunque las piensa. Y hay gente que las dice, como fue el caso de Enrique Espert, que salió con unos comentarios totalmente fuera de lugar. Más allá de eso, creo que los cambios de criterio para la elección de las reinas, los cambios en los fundamentos, descolocaron un poco. “¿Y qué va a pasar ahora, vamos a tener por reina a una señora gorda y vieja?”, era un poco la pregunta, y finalmente las chicas son más o menos las de siempre. Más allá de que no es estrictamente un concurso de belleza y que se tienen en cuenta otros desempeños, era todo un poco difícil de compatibilizar; uno tiende a pensar que hay similitud en lo que se compara en un concurso, que se trata de cosas comparables efectivamente, y con este nuevo planteo se hacía difícil entender cómo se iban a compatibilizar todos esos criterios para poder evaluar con base en una misma pauta. Pero creo que es una experiencia nueva, que tuvo la virtud por lo menos de colocar este asunto en la sociedad. La gente se enfrentó al hecho de que algunos criterios de belleza que tenemos muy naturalizados de pronto pueden ser vistos de otra manera. Y en ese sentido fue saludable para la sociedad, y democratizador, además. Y es una deuda con gente que durante tanto tiempo se vio postergada y que ahora ve la posibilidad de interactuar en escenarios que antes eran privativos de otros actores. Eso me parece muy positivo. Claro que es la primera vez que se aplica y se va a requerir un tiempo para que decante; es como todo, no alcanza con que una autoridad o institución –en este caso el Departamento de Cultura de la IM– resuelva y adopte una medida de estas características. Tiene que ser la sociedad la que asuma el desafío. También es cierto que el cambio que propone la Intendencia no surgió sólo de ella, sino que parte de una inquietud que nació en los centros comunales y que la Intendencia decidió hacer suya. Y eso significa que el tema ya estaba instalado entre ciertos sectores sociales. Me parece que estos cambios reflejan una mejor sociedad, sin lugar a dudas. ¡Y además logramos que hasta el propio Espert, después de unas declaraciones tan polémicas, lograra reflexionar, pedir disculpas y ver las cosas de otra manera! Todo un avance.

—¿A qué clase de carnavales estamos asistiendo en los últimos años? Me refiero a la vieja tensión entre la idea de espec-
táculo y la de participación. Porque parece que la fiesta reduce cada vez más a la gente al rol de espectadora…

—Eso es indudablemente así, y se profundiza cada vez más. Pero al mismo tiempo es engañoso: uno tiene la sensación de que lo está viviendo especialmente en su tiempo, pero mirás para atrás y te encontrás con que lleva décadas y décadas. Por un lado, tiene que ver con la apuesta de gestionar la fiesta que hace el Estado, pero al mismo tiempo es muy acompañado por la propia gente que también encara así la fiesta. Se trata de una fiesta que se espectaculariza y que se teatraliza cada vez más. Pero ya a principios del siglo XX estaba generada esa fractura entre actores y espectadores. Nuestro Carnaval ya estaba teatralizado y profesionalizado a principios del siglo pasado, aunque claro que no al nivel en que lo está hoy. Todavía cabían algunos espacios para determinadas propuestas más frescas, más espontáneas, de gente que salía a divertirse y nada más. Hoy eso es inimaginable. Hay que tener un manejo de una serie de lenguajes –o tenés que cantar muy bien, o bailar muy bien, etcétera–, y eso se ha ido profundizando. Pensemos que antes el escenario era el tablado del barrio, y la diferencia entre quien estaba arriba y abajo era infinitamente menor a la de ahora, cuando el tablado está a dos cuadras de tu silla reservada por teléfono y toda la historia… Y hoy además tenemos un factor fundamental que es la televisión, no hay que olvidar que hay gente que lo mira directamente por televisión. Son formas totalmente distintas de consumir Carnaval. Uno no quiere caer en la nostalgia, pero irremediablemente sentimos que era lindo aquello de cuando el barrio se reunía y la gente participaba. Y sin embargo creo que esa diferencia que parece tan tajante entre el actor y el espectador en última instancia no lo es tanto, o por lo menos no tan tajante. A quien está arriba del escenario le llega la energía de quienes estamos mirando la cosa desde abajo, es decir que somos de alguna forma partícipes –aunque mucho más pasivamente–, no es que estemos simplemente sentaditos mirando una cosa que nos es ajena. Creo que el Carnaval mueve cosas en un sentido muy simbólico que es difícil poner en palabras: de alguna manera, aunque no la estás protagonizando, vos estás participando de la fiesta. Y lo que se genera en la platea a partir de la actuación pasa en cierta forma a ser parte del espectáculo. Quiero creer en eso, pero además me parece que no me equivoco.

Es muy difícil entender por qué a los uruguayos se nos ocurrió pensar que el Carnaval era eso, la actuación de agrupaciones con ese rol tan central. Es cierto que sucede en otras partes del mundo, pero no en el grado en que pasa entre nosotros. Ensayos de meses para unas pocas horas de actuación, un nivel de teatralización que yo creo que es único en el mundo… Y está tan incorporado que realmente creo que es muy difícil que cambie. Se han generado espacios que escapan un poco a eso –donde la profesionalización no es tan grande, donde la competencia no está tan marcada–, como es el caso de Murga Joven. Pero también uno siente que con el tiempo la gente quiere ir a jugar a la otra cancha. Es difícil imaginar una permanencia del Carnaval que escape a esa lógica.

MITOLOGÍAS

—No hay Carnaval que no venga acompañado por la añoranza de los viejos tiempos. ¿Es condición de nuestro Carnaval el ser detractores de nuestro presente y nostálgicos del pasado? El ine-ludible “carnavales eran los de antes”…

—Si se quiere es la versión carnavalera de “todo tiempo pasado fue mejor”, una cosa que está muy metida en el ser humano, y capaz que entre nosotros todavía más, porque tendemos a ser muy nostálgicos, a idealizar mucho el pasado. Ahora, ¡la cantidad de mitología que está metida ahí adentro! Como historiadora te ponés a ver lo que eran los viejos carnavales y ahí constatás cómo muchos idealizan, y todo lo que ignoran. Idealizaciones totales sobre el pasado. Más que cosas específicas y concretas se añora la imagen que se ha construido sobre esas cosas. Son invenciones. Pero además finalmente llegás a la conclusión de que muchas veces lo que se está añorando es la propia juventud, viejos que lo que añoran es que cuando iban a aquellos gloriosos carnavales tenían 20 años, y eso era divino. El que te dice “carnavales eran los de antes” y hoy ronda los 40 años lo que añora son los carnavales del 80, la Falta y Resto del 80, la de la transición. Y los que tienen un poco más te hablan de los del 50, los de Maracaná, y luego están los que añoran los del 20, y los del 20 añoraban los del 900… Evidentemente hay una nostalgia que se retroalimenta con sucesivas generaciones. Y esa frase, “carnavales eran los de antes”, tiene esa cosa de reproche, de vivir el cambio como una traición. Y pasa efectivamente todo lo contrario, si el Carnaval hoy sigue vivo es porque cambió. Es absurdo que pretendamos vivir en carnavales que reflejaban la vida de gente de hace 50 años. Los tablados vecinales o de barrio se inscribían en sociedades que los justificaban, que los hacían viables. Hoy no tenés dinámica de barrio, ¿cómo vas a pretender tener tablados barriales?

—¿Te preocupan los “derrames” del Carnaval? Es decir las murgas o las agrupaciones que se convierten en compañías estables, o expresiones artísticas que circulan por ahí todo el año.

—La fiesta tiene que ser por definición la de un tiempo excepcional. Uno la identifica como un paréntesis en que las normas y las pautas cotidianas se congelan por equis tiempo para vivir ese tiempo excepcional. Un tiempo que genera mucha expectativa, porque es el momento de la fiesta y las cosas que nunca pasan van a suceder ahora. Si se le quita eso, se lo convierte en una cosa cotidiana. Todas esas murgas que no salen en Carnaval y que actúan todo el año, o que siguen actuando, eso tiende a quitarle el sentido simbólico a la fiesta. El Carnaval es el paréntesis que inaugura el mundo de la locura en el mundo de la cordura; dejamos de ser cuerdos por tres días y nos enloquecemos. Pero el Carnaval uruguayo ya apostó a desestabilizar eso cuando en lugar de una gran bacanal de tres días la llevó a ser una bacanal muy moderada que dura mes y medio, y entonces el concepto de un tiempo tan excepcional, de exceso e inmoderación, tendió a relativizarse. Más todavía cuando ocurre que algunos actores o personajes del Carnaval empiezan a cumplir otros roles, y entonces incluso dejan el Carnaval y se van a la tele o al teatro. Ahí empezás a sentir que todo aquello que llegaba una vez al año, que tiene tanto de ritual y que pone el mundo al revés, pasa a formar parte de una cosa más rutinaria. Se pierde un poco esa condición del retorno, de algo que tiene su impronta ritual, justamente. El carácter del ritual se desvanece en función de esa cosa que se extiende el año entero. No es que me preocupe, pero me genera una cierta decepción que eso sea así.

 MELANCOLÍAS

—¿Le parece que es todavía posible leer la ciudad a través de las murgas? Antes, por las procedencias e improntas de los conjuntos uno se armaba un mapa de identidades. ¿Qué pasa ahora?

—Hay dos planos en la pregunta. Antes era clarísima la identificación de conjuntos –sobre todo murgas, pero no sólo– con determinados barrios, eran referentes y cumplían un papel en la construcción de esas identidades locales, barriales. Funcionaban como el club de fútbol, la camiseta, los colores, etcétera. Es decir, expresaban una determinada pertenencia afectiva a un barrio o a una zona, y eso claramente se perdió con la masificación y la profesionalización del Carnaval. Ahora un año ensayan acá y al otro se van al otro extremo de la ciudad porque les queda más cómodo…

Pero luego está esa suerte de juego de espejos que se da entre Montevideo y la murga, esa suerte de diálogo y de interpelación permanente entre ambas, no ya considerando sus barrios sino “lo montevideano” propiamente dicho. En ese sentido creo que todo sigue estando intacto. Porque además el Carnaval nuestro tiene esa impronta de cosa tristona. Nuestro Carnaval tiene una cosa realmente melancólica, es brutal. Es de verdad muy ambiguo. Es el payaso que ríe y que llora al mismo tiempo, y eso es muy montevideano. Creo que hay una Montevideo que inventa un Carnaval y a su vez hay una Montevideo que es inventada por ese Carnaval. Y yo creo que eso está intacto, y eso también explica y justifica el cambio: la sociedad cambia y el Carnaval cambia con ella. Pero Montevideo habla por el Carnaval, y se deja descubrir por él, sin duda. Ese Carnaval de Brasil, con ese goce, ese desborde, esa presencia del cuerpo, es inimaginable entre nosotros. A veces uno tiende a decir: “Bueno, hay un Estado que regula, que reprime”, etcétera. Y no, no es sólo eso. Es que nosotros somos así, simplemente.

—¿Qué ha significado para la murga el acceso del FA al gobierno, qué ha pasado con su potencial crítico?

—Primero hubo un momento de gran desorientación. Las murgas se habían de alguna manera especializado en la crítica de determinado escenario político, y cuando se pateó el tablero hubo que reacomodar el cuerpo, partiendo además de que en general entre los carnavaleros hay una identificación muy clara con la izquierda. Pero también está el hecho de que la Intendencia es la que gestiona la fiesta, y se generan vínculos en los que muchas veces sos dependiente y demás. El famoso clientelismo, que también es tan uruguayo y nos identifica tanto. El rol que antes había jugado el Partido Colorado, el FA lo empieza a jugar en el 89. Más tarde, cuando ya no se trató de la Intendencia sino del gobierno nacional, estaba esa cosa de decir: “Bueno, nosotros somos frenteamplistas y quienes nos están mirando también son frenteamplistas, no nos vamos a tirar contra el Frente Amplio”. Creo que eso duró dos o tres años, pero rápidamente se pegó la vuelta. Porque en 2005, año en que asumió Tabaré (Vázquez), era todo muy reciente, el tipo recién asumía, ¿qué le iban a decir? Ya después, en 2006 y 2007, vos ves que hubo como unos paños tibios y un poco se planteaba que no, que para qué la crítica política, que había que hablar de temas más universales… Le estabas quitando un ingrediente muy sabroso a la murga; uno va un poco al tablado a ver cómo le hincan el diente a esto o a aquello. Pero ya en 2008 claramente se volvió de eso. Lo tenés en la Gran Siete. El Flaco Lamolle y “En un depósito sucio/ allá por la Ciudad Vieja/ la izquierda sin una queja/ perdió la virginidad”. Era todo el asunto de Bengoa, y era brutal. O lo tenías con la “Murga de la Intendencia”, de Los Curtidores de Hongos, todo un cuplé dedicado al tema.

Ojo, después vino el fenómeno Mujica, que es muy particular, y no estoy hablando mal ni bien de Mujica. Independientemente de que seas partidario o no de su figura como presidente, ¿cómo hacés desde el Carnaval para agarrar a Mujica, cómo lo criticás? ¡Andá a agarrarlo!, si el discurso de Mujica es un discurso carnavalero cien por ciento… Momo es esa cosa que tanto se ha dicho de Mujica, de “como te digo una cosa te digo la otra”. Momo es precisamente eso. Fue un tipo difícil para la murga, que se escapaba, una cosa rara. Durante todo ese período fue complicada la crítica. Pero este año creo que el Carnaval viene muy duro. Lo poco que se ha visto en el Teatro de Verano está bravo. El tema de la ocupación en la educación, el tema de Ancap… Viene duro, sí, como debe ser.

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