Nada que agregar – Semanario Brecha
El interrogatorio a una nurse de Paysandú en 1971

Nada que agregar

Fue un duelo de tozudez e ingenio. Las respuestas de la detenida empardaban las preguntas del policía. Se hubiera declarado empate si no fuera porque el resultado estaba dictado de antemano.

otrapaola

Si realmente existió, Ramón Carbajal, cualquiera sea su nombre verdadero, era un tipo suertudo. El jueves 7 de octubre de 1971, él y su «novia», a quien llamaremos Ana María, se trasladaron hasta una chacra de la periferia de Paysandú. Permanecieron allí hasta el amanecer del viernes y regresaron a la ciudad a las 6.30. Dos días después, el sábado 9, Ana María, una nurse de 28 años que trabajaba en el Hospital Escuela del Litoral, fue detenida por personal del Departamento de Información e Inteligencia de la Jefatura de Policía sanducera e interrogada por un comisario encargado, cuyo nombre no se consigna en el documento incorporado en el rollo 464 del Archivo Berrutti.

Quizás porque en los seis años de servicio en el hospital departamental la nurse haya tenido habitualmente relación profesional con la Policía, el comisario encargado revela una buena cuota de paciencia durante el interrogatorio. «¿Puede explicar qué actividades tuvo en la tarde y la noche del jueves?» Ana María es extremadamente parca.

—De tarde salí a comprar revistas en el salón Renacimiento. De noche salí con mi novio Ramón Carbajal.

—¿A dónde fueron?

—A una chacra.

—¿En qué dirección está?

—Sur.

El comisario ensaya una jugada de detective: «Hacia el sur, por lógica, tanto a la ida como a la vuelta el paso de las personas se registra en el control policial La Lata, pero ustedes no fueron registrados. ¿Cómo lo explica?». «Probablemente la chacra queda antes del control», responde Ana María. El comisario explora otra línea:

—¿Su novio le dijo a quién pertenecía la chacra?

—No.

—¿Hasta qué hora estuvieron en la chacra?

—Hasta las seis y treinta.

El comisario hace, entonces, inferencias obvias: «¿Cuánto hace que mantiene relaciones amorosas con Ramón Carbajal?». Ana María responde «desde hace más o menos un mes», y Carbajal pasa a ser el centro del interés del interrogador:

—¿Cuándo y en qué circunstancias lo conoció?

—Lo conocí en el hospital. Fue a vacunarse contra el tétanos y yo le inyecté la vacuna.

—¿Dónde se hospeda cuando viene a Paysandú?, ¿qué actividades tiene?

Ana María extrema la parquedad: «No sé dónde vive. Es corredor de artículos de plástico». El comisario sigue aferrado a la lógica:

—Si se vacunó, tienen que estar registrados los datos en el hospital.

—Sí. Los datos se registran en el Servicio de Vacunaciones. Pero yo le hice la vacuna en forma informal.

La paciencia policial está llegando al límite: «En un mes de relaciones, ¿lo único que sabe de este hombre es el nombre y el apellido?». «Nunca le pregunté porque no me interesaba. Y él tampoco se manifestó.» El comisario abandona el tema y lanza una pregunta banal: «¿Dónde la dejó cuando regresaron de la chacra?». Ahora Ana María es específica: «Descendí del vehículo en el cruce de las calles Cerrito y Artigas». El comisario retoma el hilo:

—Si usted fuera nuevamente en un vehículo, ¿reconocería el camino y la chacra?

—No, no los reconocería, ni el camino ni la chacra.

Más como afirmación personal que como una pregunta, el comisario dice: «Si el regreso fue después de las seis, con luz solar, por lógica observó la vivienda, el camino, las adyacencias, las rutas, las calles». La respuesta cubre todos los detalles: «No observé el camino, ni la vivienda, ni las adyacencias. Tampoco observé rutas ni calles».

El comisario tiene un par de ases en la manga:

—¿Cómo explica que su documentación fuera hallada en el asiento delantero de un automóvil que no es el de su novio?

—Perdí mis documentos, pero no puedo explicar cómo aparecieron en ese vehículo.

—Ya que usted no puede justificar, ni esta policía averiguar con persona alguna sus declaraciones, ¿cómo explica usted que varias personas la reconocen como participante, en la madrugada del viernes 8, en un hecho de una organización delictiva?

—Supongo que me habrán confundido con otra parecida a mí.

—El pañuelo celeste que usted porta en el cuello y que tenía cuando fue detenida es reconocido por varias personas como el que cubría su rostro durante la acción delictiva. ¿Cómo lo explica?

—Ni yo ni el pañuelo estábamos en el hecho delictivo.

El comisario agota un último recurso: «¿Dónde se reunía con su novio?». «Viajábamos en auto y nos encontrábamos en las inmediaciones del hospital», contestó entonces Ana María.

—¿Cómo explica que al ser detenida y conducida a la Seccional 1 sus zapatos estaban sucios en el tacón y en la suela con material arenoso, dado que siempre viajó en automóvil?

—En esos días podría haber caminado por algunos sitios entoscados o arenosos.

Preguntada, Ana María no tiene más nada que agregar, y firma su declaración.

Pese a su «cerrada negativa», según consignó una crónica periodística del 16 de octubre de 1971, Ana María fue procesada por la justicia letrada departamental por los delitos de «asociación para delinquir», «rapiña» y «privación de libertad». En la madrugada del 8 de octubre, tres militantes del
MLN-Tupamaros abordaron un taxi en la zona céntrica de la ciudad. Al llegar a la radial del hipódromo redujeron al conductor, lo dejaron atado a un árbol en el parque municipal y condujeron hasta el camino Casablanca, donde interceptaron un ómnibus que conducía a obreros del frigorífico Casablanca hacia la planta. Leyeron una proclama y repartieron volantes. Ana María extravió su cédula de identidad en el taxi, lo que habilitó su procesamiento. Estuvo presa nueve años.

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