—¿Qué objetivos se plantea Carpe Diem?1
Lizet de León —Queremos transitar la vejez de una manera novedosa o, al menos, evitando complicarles la vida a nuestros hijos o parientes; decidiendo cómo encarar y permanecer nuestros próximos años en compañía, con una vida buena, saludable y divertida.
Luis Sancho —La modalidad cohousing senior o vivienda colaborativa va bastante más allá del concepto de cooperativa de vivienda: es cohabitar, es hacer cosas que uno quiere con gente que uno elige para esta etapa, que en general es una etapa en la que no tomás grandes decisiones, sino que dejás que las cosas vengan solas.
—¿Por qué creen que existe esa dificultad para planificar la vejez, que limita la toma de decisiones?
L. D. L. —Tradicionalmente, los padres deciden por los hijos y, en determinado momento, los hijos deciden por los padres. La nuestra es una generación bisagra y algunos estamos intentando cambiar un poco eso. A muchos les parece que el momento en que ya no hay capacidad de decidir está muy lejos o que nunca va a llegar, pero cuando queremos acordar llegó el momento y resulta que ya no funcionamos bien, o pensamos lento, y alguien toma las decisiones por nosotros.
L. S. —Históricamente el núcleo familiar se ha hecho cargo de las personas mayores, en especial las mujeres de la familia. Pero eso cada vez es más lejano; las condiciones de vida han cambiado, la gente tiene otras actividades, a veces no hay tiempo ni espacio para eso. Queremos que este y otros grupos –que estamos pensando en el tema– ayuden a cambiar ese paradigma del cuidado de la vejez. Porque si no, después, la alternativa a la falta de capacidad del cuidado familiar es la comercial o la institucionalización, que se ha desarrollado muchísimo y sabemos que tiene muchas contras.
—Algunos de ustedes empezaron a pensar este proyecto hace casi una década, sin estar transitando la tercera edad. ¿Cómo comenzó y cómo ha sido este proceso?
L. D. L. —La idea de vivir o envejecer con amigos la teníamos todos. Seguramente personas de otras generaciones también la tengan. Algunos de nosotros, por ejemplo, compartimos una casa en la playa y habíamos pensado transformarla algún día en nuestra residencia de veteranos, pero queda lejos de los centros de salud, no es tan cómoda para vivir permanentemente. Por su lado, otros grupos de personas también lo estaban pensando. Conjugamos por alguna casualidad, nos juntamos y así empezamos.
También estudiamos otras experiencias en el mundo y nos enteramos de los cohousing senior. El arquitecto estadounidense Charles Durrett ha sistematizado esas experiencias: son procesos que llevan diez años aproximadamente. Cuando empezamos, en 2016, proyectamos que este año podríamos instalarnos, ahora creemos que va a ser en 2027, pero venimos avanzando.
L. S. —Estamos intentando conseguir más compañeros y compañeras de ruta. Por estudios que hemos hecho con especialistas y en el marco de la incubadora de emprendimientos cooperativos en sectores innovadores [Incubacoop], el grupo requiere cierto número de personas para funcionar óptimamente desde el punto de vista de la inversión.
—¿Cuántos son actualmente?
L. S. —Somos 18 socios y tenemos que llegar a 46.
Las personas a las que el proyecto les parece maravilloso son cientos y en las redes sociales tenemos miles de seguidores a los que les parece fantástico también. Pero el ingreso tiene que ver con involucrarse en el proceso, que es totalmente autogestionado. Hay que poner mucho hombro y espalda, porque Uruguay es un país lento y ante cosas novedosas es aún más lento. En una sociedad envejecida como la nuestra no hay mecanismos o soluciones viables para transitar esta etapa de la vida de forma saludable, activa y digna. Eso implica que este tipo de proyectos que promueven cosas diferentes se tropiecen con muchas dificultades; por desconocimiento, por inseguridad, por temor al riesgo y, a veces, por la falta de medios para llevarlos adelante.
—Independientemente de Incubacoop, ¿han tenido apoyo institucional o del Estado?
L. D. L. —No todavía. Lo que nosotros buscamos es que haya un apoyo general a este tipo de emprendimientos, que no sea puntual, sino que pueda elaborarse un programa o una política.
Este es un proyecto que se sostiene económicamente, pero requiere un préstamo. Casi todas las personas ya tenemos una vivienda, que necesitamos vender para poder comprar nuestra parte en la cooperativa. Estamos reuniendo información más concreta del plan de negocios para volver a golpear puertas a nivel financiero.
L. S. —El sistema cooperativo nos ha arropado permanentemente. La Intendencia de Montevideo es la institución con la que hemos tenido más contacto, y algún debate también. Estuvimos buscando mucho para comprar, como no somos cooperativa de vivienda no entramos en la cartera de tierras; queríamos un lugar cercano a los servicios, pero también con un vínculo con la naturaleza y por un precio razonable. Finalmente, nos decantamos por la zona rural de Montevideo, en un predio ubicado en Luis Batlle Berres y avenida al parque Lecocq.
—El predio es de ustedes y tienen la propuesta arquitectónica, ¿cómo va a ser?
L. D. L. —La idea es que construyamos 30 alojamientos para personas solas y ocho alojamientos para duplas. La construcción más importante es la casa común, el espacio que nos reunirá para comer, hacer actividades, conversar o jugar. El parrillero estará al lado, también el deck para tomar solcito y el gimnasio o espacio para hacer actividad física. Una piscina y un lavadero también conformarían el espacio común. Tal vez algunas de esas estructuras no las construyamos en la primera etapa.
Será una construcción en madera, un material que es acogedor y, además, tiene propiedades de eficiencia térmica. Está el mito de que requiere mucho mantenimiento y, en realidad, no da tanto más trabajo que una construcción tradicional.
Elegimos vivir en un entorno natural, rodeados de árboles. No es una cooperativa de instalación urbana, pero sí muy próxima a la ciudad. Está al lado del parque Lecocq y del pueblo de Santiago Vázquez.
L. S. —El predio tiene una historia importante que tiene que ver con este semanario, porque era de la familia de Carlos Quijano, el fundador de Marcha. Hay un aljibe de esa época, una casona de ladrillo que originalmente era un depósito, y están los postes de telégrafo del antiguo «Tranvía a la Barra» [Línea E, que unía Montevideo con Santiago Vázquez].
—Respecto a los alojamientos individuales que comentaban, ¿cómo serán?
L. S. —El cohousing tiene como base un área privada, pero con la posibilidad de maximizar lo colectivo. Por lo tanto, el alojamiento contiene todo lo necesario para que cada compañero tenga esa privacidad: dormitorio, baño y sala con kitchenette.
Las calles internas van a permitir el intercambio, más allá de las actividades que hagamos. Es decir, si habitualmente alguien se sienta en su porchecito a tomar mate y un día no lo veo, golpeo, pregunto por él. Durrett habla del concepto de «buen vecindario»: se trata de que todos estemos relativamente cerca para que, aun estando en nuestro espacio privado, tengamos ese contacto que puede ser un saludo, una charlita o un «vamos hasta el comedor y hacemos una pizza». Además, el lugar tiene muchas otras cosas que se pueden hacer individualmente o en colectivo, como circular por los senderos del bosque o ir hasta la casona, que planeamos que será el centro cultural.
L. D. L. —El espacio es grande, tenemos 7 hectáreas, pero vamos a ocupar menos de una. La distribución será en barrios en torno a la casa común, conectados por pasillos techados y amplios, para que sea fácil transitar caminando, en silla de ruedas o en camilla, como te toque.
—¿Contrataron un estudio de arquitectura para que lo diseñara?
L. S. —Sí. Fue una duda que nos surgió: si podíamos ser interesantes para el mercado arquitectónico. Hicimos un llamado, invitamos a 18 estudios de arquitectos, algunos de ellos muy conocidos. Y para sorpresa nuestra, 12 presentaron propuestas.
—¿Cuál es la idea con relación a los cuidados, que son otra parte importante del proyecto?
L. D. L. —En principio, para ingresar a la cooperativa tenemos que ser autoválidos, pero durante el trabajo con Incubacoop hicimos una proyección de la probabilidad de caer en dependencia, de acuerdo al número de personas que somos y nuestras condiciones fisiológicas o sanitarias. Posiblemente en diez años tengamos una población que requiera atención. Mientras tanto, nos vamos a cuidar entre nosotros y con los servicios médicos tradicionales, pero vamos a ir hacia un sistema propio de cuidados adicional, con un médico familiar que nos va a conocer y a hacer el seguimiento. También pensamos en acuerdos con cooperativas de cuidados para tener la seguridad de que siempre va a haber personal capacitado que pueda venir o permanecer con nosotros.
L. S. —El grupo va a estar atento a las necesidades que aparezcan, algunas las podrá resolver, otras requerirán atención puntual y otras, atención total. Hoy, en el mundo, se habla mucho de la atención integral centrada en la persona. En casos de institucionalización, normalmente es la persona quien debe adaptarse a la institución. Nosotros pretendemos que sean el grupo y los servicios profesionales los que se adapten al problema de la persona. Es decir, no tiene sentido tener a alguien prácticamente sin hacer nada cuando, en realidad, son dos o tres cosas las que no puede hacer: la persona se vuelve dependiente en un cien por ciento.
L. D. L. —Está estudiado, además, que las personas entran en dependencia cuando dejan de estar activas. Por eso propiciamos no quedarnos quietos, no dejar de decidir ni de realizar las actividades que nos hacen sentir vivos. Y, además, estar acompañados. La soledad es otra de las razones que enferman a las personas mayores, porque la soledad trae tristeza y angustia.
—¿Qué actividades tienen previstas cuando se instalen?
L. S. —La idea es tener actividades en las áreas que son riqueza del grupo. Hay profesoras de yoga, de taichí, artistas, docentes de idiomas y de baile, la huerta orgánica… No te olvides de que la gente por los 50 y más años ya hizo casi una vida y tiene una cantidad de habilidades.
Y otra cosa importante: este no es un grupo cerrado. Nuestro interés es estar relacionados con la comunidad que nos rodea y nos recibe. La zona tiene una parte social muy rica: calle por medio está Aldeas Infantiles, y está toda la historia y la naturaleza que tiene Santiago Vázquez. Temas y posibilidades no nos faltan.
—¿Cómo ven el proyecto sus familiares y allegados?
L. D. L. —Nuestros hijos siempre han escuchado que querríamos vivir de esta manera. Nos acompañan en varias tareas. Algunos de los posibles nuevos socios que participan en las reuniones que hacemos mensualmente con hijos o nietos. Y para los familiares de los que estamos es una solución y un alivio que sus mayores estén en un lugar que quieren, con gente buena onda. También hay un grupo de amigos de Carpe Diem que, sin ser socios, nos dan ideas y siempre están.
L. S. —En nuestros casos, los hijos son aliados absolutos. Pero no siempre es así. Algunos aspirantes decidieron no ingresar porque sus familiares les plantearon que era riesgoso, «para qué te vas a complicar» o «sos muy joven para ir a vivir a un residencial». También hay gente que ha tenido que vencer esas resistencias o inseguridades por parte de su familia. Y una vez que ingresaron, cuando sus hijos y nietos conocieron [el proyecto], apoyaron.
—Una de las acepciones más comunes de la expresión carpe diem tiene que ver con «vivir el momento». Y ustedes lo están planificando desde hace casi diez años…
L. S. —Se ha discutido qué quiere decir exactamente el concepto, que es muy antiguo. Nosotros creemos que es «vivir el día a día», y es lo que estamos haciendo. Estamos viviendo el día a día, pero con la idea de seguir viviéndolo de la mejor manera posible. Tal vez ahí puede estar una de las explicaciones.
L. D. L. —Además, es eso de aprovechar: de que el día valga la pena y que la vida valga la pena. Nosotros nos proyectamos porque queremos aprovechar el día y la vida. Y que, después de que nosotros rememos en todo este barro que estamos remando, ojalá a otros el camino les sea más fácil.
- Vías de contacto con la cooperativa Carpe Diem: 091 948 940; info@cohabitarcarpediem.uy; sitio web: www.cohabitarcarpediem.uy. ↩︎
Lento se va lejos
Hace un año, Carpe Diem y los colectivos Coviviendo AEM 78, Angairú y Mujeres con Historias formaron la Coordinadora de Viviendas Colaborativas. La red surgió como forma de aunar esfuerzos luego de que el actual gobierno anunciara, desde la campaña electoral, que apoyaría las iniciativas de viviendas colaborativas para mayores. Luis Sancho y Lizet de León señalan que la idea suscita expectativas, pero aún es incipiente en nuestro país.
«Creo que se va a ir ampliando en la medida en que se concreten los proyectos y la gente pueda visitarlos», dice Sancho. Y agrega: «Mucha gente empieza a pensar la idea, pero esto no es comprarse un apartamento en una inmobiliaria». «Hoy en Uruguay el cooperativismo de vivienda no genera dudas y permite a miles de personas obtener una vivienda que de otra forma no podrían tener jamás, pero fue un proceso largo y complicado», ejemplifica.
De León suma: «Además, creemos que el camino se abrirá cuando se empiece a valorar el cambio que esta manera de vivir significa para las personas mayores. Por supuesto que van a seguir existiendo las instituciones, porque hay gente que nos ha dicho “esto es mucho trabajo” o “no es para mí, veré cuando llegue el momento”, pero quien quiera tomar el toro por los cuernos va a encarar».
En busca de compañeros de ruta
El ingreso de nuevos integrantes debe ser aprobado por el resto de los socios de la cooperativa después de un proceso que dura al menos tres meses y comprende varios encuentros. Quienes se incorporan deben cumplir algunas condiciones: tener más de 50 años, ser autoválidos y realizar los aportes económicos correspondientes al desarrollo de la infraestructura y el mantenimiento de los servicios.
El pago inicial es de 5.500 unidades indexadas (UI), sumado a una anualidad de 4.200 UI, correspondiente a gastos de funcionamiento. Además, en los primeros 180 días se debe abonar 107 mil UI, equivalentes a lo aportado por los otros socios en la compra del terreno.
La inversión total estimada por cooperativista se acerca a los 90 mil dólares para quienes ocupen alojamientos individuales y a 75 mil dólares para los socios que convivan en dupla (montos recuperables en caso de retiro o heredables en caso de fallecimiento).
El costo mensual de los servicios, cuando el complejo se encuentre en funcionamiento, se calcula entre 25 mil a 42 mil pesos por persona, en función de la atención a la dependencia que vaya requiriendo el colectivo. El monto incluye limpieza y gastos de las instalaciones, una comida diaria, educación física y cuidados, entre otros.