El mayor Héctor Somma se dispone a cenar. Acaba de regresar a su domicilio después de visitar a su esposa en el sanatorio en el que está internada. Suena el teléfono. Es Irides, la madre de Julia. Irides está preocupada por su hija. Julia está detenida en la casa de Nelson, el otro hijo de Irides. ¿Podrá el mayor ayudar a Julia? El mayor, que había conocido a Irides cuando concurrió a su domicilio para auxiliar a Julia por un «incidente», descarta la cena. Los recuerdos se disparan.
Durante ocho años Julia D. trabajó en el Ministerio de Defensa Nacional. Allí conoció al mayor Somma, oficial del Servicio de Intendencia del Ejército, destinado en el ministerio en funciones de «habilitado». Entre la funcionaria y el habilitado hubo un romance grado cinco que amainó a subtropical cuando ella pasó a trabajar en la caja de pensiones militares. La relación quedó en modo rescoldo un año y medio atrás. Su nombre resucitó automáticamente cuando Julia golpeó a la puerta de la casa de su hermano Nelson, en la calle Santana, en Malvín Nuevo, y dos marineros la tomaron del brazo sin miramientos. Julia había caído en clave 66, una «ratonera».
En su domicilio de la calle 2 de Mayo, un apartamento que comparte con su hija Julia, Irides recibe una llamada telefónica de alguien que no se identifica. La voz le explica que su nuera, la esposa de su hijo Nelson, necesita urgentemente hablar con Julia. Hace tiempo que madre e hijo no se ven. ¿Está enfermo Nelson? Del otro lado de la línea le dicen que no, pero ella queda preocupada. Llama a Julia a la caja de pensiones militares. Julia trata de tranquilizarla. Irá a la casa de su hermano, le va a pedir a Monad que la lleve. Pero, por las dudas, Julia le sugiere que llame al mayor Somma. Después, el interrogador de Fusileros Navales le preguntará a Irides si conoce al mayor Somma y ella dirá: «Sí, pobre, en qué lío lo metí. Lo llamé para que hiciera algo por mi hija y lo detuvieron».
El único dato concreto del señor Monad –que podría llamarse Alfredo o Juan– es que invariablemente se lo podía ubicar en La Catedral de los Sándwiches, un bar de Sarandí e Ituzaingó. Allí lo encontró Julia cuando lo llamó en la tarde de aquel día 5 de un incierto mes de un año que podría ser 1974.1 Monad recogió a Julia en la caja de pensiones militares y la trasladó hasta la calle Santana. Permaneció en su auto mientras Julia desaparecía tras la puerta principal de la casa. Pasó un buen rato antes de que Julia reapareciera por un corredor lateral, escoltada por un marinero. Le dijo que ella estaba detenida y que su hermano Nelson estaba preso en la Armada, en el puerto; que le avisara a su madre, que debía estar desesperada porque adoraba a su hijo ingrato.
Son las diez y media de la noche. El mayor Somma llega al apartamento de Villa Dolores. Irides le explica que seguramente Julia está detenida en la casa de Nelson. Como no recuerda la dirección del domicilio de su hijo, llama a un cuñado (o algo así), quien tampoco recuerda el número de la calle Santana, pero sabe cómo ubicarla porque hace un rato llevó allí a Julia. Somma habla con un señor Monad, que se ofrece para ir junto con él hasta la casa de Nelson, donde está detenida Julia.
Ni bien cruzó la puerta de la casa de su hermano, Julia comprendió de una manera extremadamente brusca la realidad de una ratonera. Todo estaba revuelto, patas para arriba, muchas cosas rotas. En el dormitorio su cuñada temblaba, no entendía nada. Un oficial ametralló a Julia con preguntas: dónde está Sixto García, con quién funcionaba su hermano Nelson, dónde trabaja, quién le avisó a su madre, quiénes son sus amigas, quiénes son sus amigos, quién es el hombre que está esperando en el auto. No, no conoce a Sixto García; no, no sabe qué significa funcionar; sí, trabaja en la caja de pensiones militares; sí, antes trabajó en el Ministerio de Defensa; sí, sus jefes fueron los coroneles Mirale, Ney Ortiz, Loureiro, Callorda; sí, sus amigas son Anabela, Irma, Aída, las nueras del general Herrera; sí, mis amigos son los esposos de mis amigas; sí, el señor que espera afuera es un amigo, Monad; sí, lo llamé porque tenía que venir hasta aquí, en Malvín, y no quería perderme Rolando Rivas, taxista. Cuando el oficial se retiró Julia respiró, pudo hablar con su cuñada y reconoció, entre los subalternos que la custodiaban, a dos marineros que solían hacer guardia en la caja de pensiones militares. Por la ventana, pudo ver que Monad permanecía en su auto, aguardando. Les pidió a los marineros que le permitieran hablar con el hombre del auto, para que avisara a su madre. Los marineros aceptaron.
Son las once de la noche. El señor Monad ha conducido al mayor Somma hasta la casa de Nelson. El mayor le sugiere a Monad que permanezca en el vehículo mientras él hace averiguaciones. Golpea en la puerta principal de la casa y le responden desde el corredor lateral. El mayor confirma su sospecha de que se trata de una ratonera. Un suboficial de la Armada, presumiblemente un cabo, refrena sus impulsos cuando confirma que el desconocido es un oficial del Ejército, porque así lo acredita el carnet militar que exhibe. Con el tono de un superior ante un subordinado, Somma pregunta si está detenida la señorita Julia D. El cabo lo confirma y el mayor le explica que ha venido para llevarse a la detenida. El cabo deja a un marinero de custodia y se interna en la casa. Habla con un superior y le pregunta si le entrega a la detenida al mayor. Recibe la orden de detenerlo.
El oficial de la Marina interrogó al mayor del Ejército y no hubo concesiones entre colegas. Como en cualquier interrogatorio que se precie, hubo preguntas circulares para detectar contradicciones. Dos respuestas convencieron a la Marina de la inocencia del Ejército. Una: «Actualmente no tengo relaciones con la señorita Julia D. Pero las tuve». Dos: «Yo me preocupé por la señorita Julia D. porque la sé la más antitupamara que hay».
El episodio no interrumpió la carrera militar del mayor Somma; en 1982, antes de pasar a retiro, revistaba en el Servicio de Intendencia del Ejército con el grado de teniente coronel. Tanto Julia como su hermano Nelson habrían quedado en libertad; eso sí, Julia se perdió el capítulo de Rolando Rivas, taxista. Y el señor Monad seguramente retomó su rutina en La Catedral de los Sándwiches. En cambio, Sixto García, que en realidad se llamaba Sixto Artigas y era el cuñado de Nelson, finalmente fue detenido, procesado y recluido en la cárcel de Libertad.
- Las imágenes 027 a 032 del rollo 717 del Archivo Berrutti, que registran el interrogatorio, son extremadamente parcas en ciertos detalles. ↩︎