«La historia es una cosa que hacen muchos jóvenes y algunos viejos
a pesar de muchos viejos y algunos jóvenes.»1
No se debería buscar en esta película una biografía de Yenia Dumnova, pero sí una manera posible de convocarla. «La pregunta es cómo contar esta historia», dice la voz que narra. El dilema al que se enfrenta es si convendría alejar la cercanía, buscando una objetividad seguramente ilusoria, o dejarse llevar por el afecto de aquella niña que Laura Bondarevsky era cuando conoció a Yenia entre la nieve y la montaña del exilio suizo, donde tanto sus padres argentinos como esta improbable pareja ruso-uruguaya escapaban de la persecución política en el sur.
Al igual que el libro de Sergio Israel –Yenia Dumnova: un amor en la guerra fría–,2 la película de Bondarevsky empieza por el final, a lo mejor para sacar el elefante de la habitación y desembarazarse pronto del dato más impactante de una biografía ya de por sí trepidante. Y es que, el 6 de julio de 2000, Yenia mata a su esposo, enfermo de cáncer terminal, luego mata a su gato y se suicida. Lo hace de tal manera que la planificación y la frialdad impresionan. El libro de Israel se detiene en esa muerte mucho más que la película. Repasa los días previos, los rituales que, en retrospectiva, fueron posibles despedidas, la sospecha de que se inspiraron en la muerte, tan similar, de Arthur Koestler –incluido el detalle de llevarse a la mascota con ellos–, la cita al pacto suicida de Paul Lafargue y Laura Marx. ¿Yenia y Mario habían pactado morir juntos? Desde las páginas del libro de Israel, Daniel Gil aconseja: «De lo que no sabemos, mejor vamos a no hablar, porque dar explicaciones rápidas es casi profanar esa intimidad y ese secreto que ellos mantuvieron».
Pero ¿mantuvieron un secreto? ¿O fue el secreto de Yenia, en su inmensa piedad? En ambos casos, el de Koestler y el de Lafargue, el suicidio ocurre en simultáneo. Es imposible pensar que Mario consintiera que Yenia cargara con esa terrible responsabilidad. Y entonces sí, a lo mejor conviene pensar que Yenia era verdaderamente el portento que, en efecto, era y que había tomado esa determinación ella sola. Creer más bien en la explicación que le da «un amigo argentino de origen ruso a Silvia Campodónico, una de las personas que quedaron desconsoladas después de la tragedia: “Es una forma rusa de hacer las cosas; no te preocupes, que no lo vas a entender”» –y ahora pienso si ese «amigo argentino de origen ruso» no sería el padre de Laura, Pablo Bondarevsky.
Una forma de narrar
¿Cómo se hace una película cuando no se quiere hacer un documental convencional, es decir, un concierto de cabezas parlantes, pero se dispone de escasas imágenes en movimiento acerca de la persona sobre la que se narra? La directora de Un mundo recobrado debe de haber hecho girar esa pregunta en su cabeza mucho tiempo, porque la solución que encontró es cualquier cosa menos corriente. Es más: si decimos que el filme es una mezcla de reconstrucción ficcionada con una voz en off en primera persona que guía el relato, materiales de archivo y toques de documental clásico, seguramente no ayudemos a convencer a nadie de ir al cine. Pero vayan. Porque, si se ponen a pensar bien, si se hacen la misma pregunta que la directora –¿cómo hacer para narrar cuando todo atenta contra la narración?–, deberán concluir que la profusión de recursos acabó por funcionar. Y aunque podremos preferir unos por sobre los otros –la voz en off de Laura Paredes se asimila fácilmente; las aventuras cuasidetectivescas de Verónica Gerez, encarnando a la directora, a veces sí, otras un poco menos–, nadie podrá negar que la secuencia del trineo y el nacimiento de Eugenia Dumnova en Tarasovka en 1921 está narrada de manera tan épica que nos mete de lleno y nos da un gran entusiasmo por conocer esa vida pasada de revoluciones.

La película de Bondarevsky es, necesariamente, también una película sobre cómo recordamos. Ella dice: «La memoria es imprecisa, completa los baches», y agrega, a modo de advertencia: «Si los recuerdos no están, voy a tener que inventarlos». Y allá se lanza, con mucho arrojo. Porque si entramos en este juego tal y como lo propone, no nos interesará saber quién es esa niña filmada en super-8 cuando se habla de la infancia de Yenia (¿una niña universal haciendo cosas de niña universal ante la cámara?), ni qué son exactamente esas tomas de una ciudad color pastel –¿es realmente Moscú en 1941?–, o quiénes son aquellos soldados marchando sobre un puente. Estaremos completamente secuestrados por el relato, por la voz de Laura Paredes, contando la avanzada nazi, el trabajo desesperado de Yenia y su amiga Nadia ayudando a las mujeres a cavar fosas antitanques, los aviones disparando, ellas tratando de cubrirse, una contra otra, escondiendo la cabeza, las balas picando, el súbito dolor en una pierna, Nadia muerta a su lado.
Y, nuevamente, el arrojo narrativo porque, otra vez, el eje cambia: ya no un patchwork de imágenes de archivo, sino la narradora en off hablándonos ya no a nosotros, sino directo a Yenia, que aparece en la pantalla, nuevamente recreada por una actriz. Y es que, ¿no era eso? La idea, digo. Re-crear a Yenia, su historia, recuperarla para que no la olviden, traerla de nuevo con nosotros a 25 años de su muerte.
Tranquilo pero rápido
Mario Jaunarena mecanografiaba 234 palabras por minuto, pero para enamorarse era todavía más rápido. Demoró cuatro meses y medio en llegar a Moscú –en una peregrinación por cuatro continentes, debido no solo a que la Segunda Guerra Mundial todavía no había terminado, sino a que, además, llevaban una carga de 2.600 quilos de equipaje–, pero le tomó solo un mes conocer y casarse con Yenia. Uruguay, que había sido uno de los primeros países en todo el mundo en reconocer a la Unión Soviética, había cortado relaciones diplomáticas con este país en 1935, tras el golpe de Terra. Recobrada la democracia, el presidente Amézaga consideró que un socialista de la talla de Emilio Frugoni podría ayudar mucho a restañar las heridas que había dejado el gobierno dictatorial. Yenia, por su parte, había abandonado ladacha donde creció, situada a unos 25 quilómetros de Moscú, y trabajaba de directora artística de una importante editorial. Con la comitiva de uruguayos se topó en el metro, le cedieron el asiento, le dieron su tarjeta, le dijeron que eran extranjeros que no conocían Moscú. Y, como si el destino hubiera perdido la confianza en sí mismo, se toparon con ella, no una, sino dos veces. El que lideraba el grupo de galanes era Bernardo Elpert, agregado comercial y políglota. Yenia no estaba impresionada: «Me dijo que los que había visto antes eran el embajador, el agregado cultural y el secretario de la embajada, y que ellos, que no conocían a nadie en Moscú, estaban deseosos de hablar conmigo… Yo no me di cuenta bien dónde estaba Uruguay, más o menos por alguna novela de Julio Verne suponía que estaba en América del Sur, y pensé que sería interesante conocer a un joven uruguayo, ver cómo eran».

Esta curiosidad antropológica los llevó, primero, a pasear con Mario y, luego, a todo lo demás. La vida de los dos estaba fuertemente atravesada por la política, como la de casi todo el mundo en ese siglo convulso, y el veloz casamiento tuvo más que ver con las condiciones políticas que con un amor que no necesitaba papeles. No era fácil salir de la Unión Soviética. En rigor, tampoco era bien visto que los diplomáticos extranjeros se casaran con ciudadanas soviéticas, pero era más fácil seguir juntos si pasaban por el registro civil. Y eso hicieron, el 23 de agosto de 1944. No hubo ninguna ceremonia. A Frugoni le contaron al día siguiente. También a la madre de Yenia.
Sergio Israel relata así el parte de noticias a la familia Dumnova:
—Mamá, hoy no voy a casa.
—¿Qué te pasó?
—Me casé.
—¿Te casaste? ¿Y con quién?
—Con Mario.
—Te felicito. ¿Y cuándo vienes?
—El domingo.
—¡Bravo! Te esperamos.
Problemas en el paraíso
Una de las razones por las que los soviéticos no veían con buenos ojos este tipo de casamientos era porque abrían la posibilidad de que una verdad menos oficial de la que tenía lugar en la Unión Soviética saliera hacia fuera. Ya bastante tenían con la gente extranjera que escribía libros. Por ejemplo, los uruguayos: «El empeño de los noveles diplomáticos en conocer y difundir su experiencia en la primera nación socialista del mundo produjo al menos cuatro libros: dos de Frugoni y dos de Cruz Goyenola. En De Montevideo a Moscú, Frugoni describe el largo viaje y, en La esfinge roja, se elogian los logros sociales, se cuenta la vida y las costumbres del país, pero se critica la falta de democracia. Cruz Goyenola publicó a su vez Rusia por dentro, una obra tan sinceramente ácida que le costó al autor no pocos problemas». Y no solo a Cruz Goyenola le provocó problemas. El control sobre la embajada de Uruguay en Moscú extendió sus tentáculos hasta llegar a las vidas sentimentales de sus integrantes. Y a Yenia le fue retirado el pasaporte. Un año de idas y vueltas les llevó salir de la Unión Soviética, y nunca se supo cuál de las miles de gestiones que hicieron Frugoni y Jaunarena surtió efecto. ¿O no fueron esas gestiones las que lograron el milagro? Y es que, si bien nunca se llegó a probar nada, los rumores repetían que el precio del permiso de salida fue que Yenia reportara a la inteligencia soviética –teoría que se sostenía, además, por la súbita presencia de otra mujer rusa en la residencia de los Jaunarena, con aparentes funciones de cocinera–. La tesis del espionaje es siempre irresistible, sobre todo considerando el caso de África de las Heras, la espía rusa casada con Felisberto Hernández. Pero, a diferencia de África, perfectamente camuflada bajo su rol de modista de origen español, Yenia era una soviética casada con un funcionario diplomático cuyo caso era ampliamente conocido por todos.
En Montevideo, Yenia se suma naturalmente a las actividades políticas de Mario y más allá. En la película de Bondarevsky se reconstruyen aquellos años en los que el apartamento de la pareja, en la calle Scosería, se transforma en un lugar de reunión. ¿Es a ese apartamento al que se refiere el edil Ricardo Moreira en la sesión de la junta departamental de 2022, en la que se recuerda la fundación del FIDEL 60 años antes? «Podríamos seguir con una lista interminable de personalidades uruguayas de la cultura, del arte y de otras expresiones, no precisamente del palo político, lo que demuestra que la amplitud que se había propuesto ese proyecto desde sus inicios empezaba a cuajar en nuestro pueblo. Termino con una anécdota sencilla que creo que tampoco es muy conocida. ¿Por qué el número 1001? 1001 era el apartamento de Yenia Dumnova y Mario Jaunarena, donde previamente se había reunido muchas veces toda esta gente para concretar la creación del Frente Izquierda de Liberación. Por eso, el número 1001 identifica a esta fuerza política, algo que demuestra que no había una cuestión de nombres, ni de denominación, ni de número de lista ni de nada. Lo que importaba era la unión de la izquierda.»3 Esto retrataba muy bien a Mario y a Yenia. Luego de la renuncia del primero al Partido Socialista, la impronta más visible de su militancia política fue la independencia y la amplitud, siempre dentro de la izquierda.
A Brave Old World
El título en inglés que Bondarevsky eligió para su película es A Brave Old World, que alude a una dimensión lateral pero importante de su película y que lanza una referencia revertida hacia la célebre novela distópica de Aldous Huxley, Brave New World (título traducido al español como Un mundo feliz), que a su vez refiere, irónicamente, a una línea de La tempestad, de William Shakespeare.4
La narradora de Un mundo recobrado dice: «En la línea de tiempo llegamos a los años sesenta. […] Eso pasaba en esos días, una generación entera se levantaba aquí y allá para intentar cambiarlo todo. Miro el presente y el espejo de lo que hay afuera me subleva. A veces creo que hacer una película sobre Yenia es hacer una película sobre un mundo que ya no existe. Me obligo a recuperar ese mundo como una forma de cambiar este».

Y aquí está el meollo de la película: la realidad política de hoy es tan espantosa que es natural querer recuperar aquella vieja épica, a pesar de todos los pesares. Sin embargo, el juego de ironías que habilita el título de inglés, que eleva esa sospecha sobre las utopías de Huxley a Shakespeare, parece estar ausente en la cita de Bondarevsky. Sin embargo, ello habilita una reflexión más rica, ya que, partiendo de la genuina nostalgia de la directora por un proyecto colectivo, se propicia una reflexión más profunda y compleja sobre la necesidad de cambiar este mundo, a lo mejor no recuperando las antiguas, fallidas, utopías, sino buscando ideas nuevas, entre las que puede estar, por supuesto, hacer saltar por completo todos los sistemas conocidos. A eso apunta la cita de Mario que preside esta nota desde el epígrafe y que aparece en los muy emotivos videos en los que él y Yenia son capturados por la cámara de Bondarevsky, enamorados, esperanzados y felices, en la secuencia de créditos de la película, con las que es imposible no emocionarse.
Legado
Yenia fue todo un personaje del medio siglo montevideano, una mujer que despertaba pasiones a favor y en contra. Su matrimonio con Jaunarena estaba muy lejos de lo convencional, ya sea por gusto o por necesidad. A pesar de que Montevideo no la deslumbró, Yenia se sumó arrolladoramente, como era su estilo, a la vida política cultural de esta comarca que, comparada con las dimensiones moscovitas, era íntima. En Montevideo continuó sus estudios de dibujo, se integró al grupo teatral de Rubén Castillo como escenógrafa y vestuarista, pero también tradujo para ellos una pieza teatral de Milan Kundera, a quien conoció personalmente en Praga. Fue en esas reuniones de gente de teatro que Yenia se vinculó al teatro El Galpón, sobre todo a partir de su asesoramiento para la puesta de Tío Vania, de Chéjov.
A Yenia no le resultaba fácil conseguir un trabajo estable, sin embargo. Entre su fuerte personalidad y su igualmente fuerte acento, a lo que se le sumaban sospechas por derecha y por izquierda, Yenia se las tuvo que arreglar con trabajos eventuales e independientes, como las ilustraciones que hizo para Marcha y El Sol, o para libros como Mejor es meneallo, de Mario Benedetti.
Si hubiera que buscar una obra que simbolizara su impronta en la historia política y cultural de nuestro país, diríamos que es no un dibujo, sino, justamente, una impresión. La del afiche de la adaptación de la obra Libertad, libertad, de los brasileños Millor Fernandes y Flavio Rangel, con música de Eduardo Mateo y Federico García Vigil, dirigida por César Campodónico y estrenada en 1968, el mismo día que Pacheco Areco decreta las medidas prontas de seguridad.
El afiche, de gran sencillez, muestra la mano de Yenia impresa en color rojo, quizás el gesto más primitivo de afirmación que ha hecho el ser humano al momento de querer decir «aquí estoy». No es casualidad, tampoco, que los agentes de Información e Inteligencia eligieran cínicamente ese mismo afiche para dar la bienvenida a los detenidos en las oficinas de Maldonado y Paraguay, a los perseguidos que, a la postre, serían encarcelados u obligados a escapar al exilio y que, en los años previos al golpe, desfilaron por esa dependencia.
- Mario Jaunarena, citando a un innominado profesor, en Un mundo recobrado. ↩︎
- Esta nota le debe mucho al libro citado, publicado por Ediciones Trilce en 2004 y que integra la colección Vidas Rebeldes, dirigida por María Esther Gilio. Salvo la transcripción de textos de la película y si no se indica lo contrario, las citas que cuentan la historia de Yenia y Mario fueron tomadas de este libro. ↩︎
- Junta Departamental de Montevideo, Servicio de Actas y Taquigrafía, Departamento Legislativo, página 9 de 30. Acto de homenaje al Frente Izquierda de Liberación, 15 de julio de 2022. ↩︎
- Diálogo entre Miranda y Próspero: «Miranda: ¡Oh, maravilla! ¡Cuántos seres admirables hay aquí! ¡Qué bella humanidad! ¡Ah, gran mundo nuevo que tiene tales gentes! Próspero: Es nuevo para ti». ↩︎