Son cuatro negros de la construcción: Alfredo, el Gallego, el Flaco y Mario. El Peli –a pedido de Brecha– los convocó al local que el sindicato tiene en Becú y la Giannattasio. Se conocieron hace más de 20 años en una empresa que pudo ser un penal. Cinco años los tuvo en negro. Ahora están todos felizmente jubilados; 30, 31 mil pesos por mes, el que gana menos. Hubo otras cosas que salieron bien: en las obras de esa empresa nunca hubo un muerto.
Se dicen jubilados, pero el Flaco muestra en el celular la foto del mate de curupay que acaba de hacer en el torno que le regaló su yerno e inmediatamente se queja de que su vecino de atrás, el Gallego, que también forma parte de la rueda, le tiene el fondo lleno de bichos. Muestra pruebas, más fotos de celular.
El Gallego adornó su fondo con una hilera de hormigas enormes. Las hace con piedras como huevos que se trae de Piriápolis y fierro del 6.
—¿Por qué solo vos vas a tener derecho a hacer cosas? –contraatacó el Gallego. El Flaco tenía más tiros, pero ahora apuntó hacia Alfredo.
—¿Vos te acordás de Comeca, allá en Canelones? –le dijo. Alfredo asintió y habilitó–. Éramos este y yo, a diez metros de altura, levantando pared. Yo hacía cinco metros y Alfredo… cuarto metro. «Dale, negro, movete, la puta que te parió», decía yo. «Dejate de romper los huevos», me respondía. Y el tipo levantaba el ticholo, pero no le metía mezcla entre las juntas. Vos mirabas pa’l otro lado y se veía el sol. El Chupete, el capataz, andaba abajo y le dice: «¿Alfredo, por qué no le pone mezcla?». Y este, muy seguro: «Nuuu, porque no lleva».
—Tas loco. Al Chupete le hacíamos la vida imposible.
—¿Te acordás cuando le paramos por maltrato? Hacíamos cualquier cosa en esa obra.
—Una vez en Pocitos lo relajé todo –aportó el Gallego. A él le tocaba ser delegado de Salud y Seguridad, es decir, el representante sindical que puede parar la obra si estima que alguna operación está poniendo en riesgo la integridad de un trabajador–. El Chupete me llamó pa’ dentro y me dijo: «¡Puteame acá! ¡No me relajés adelante de todo el mundo!».
—Él quería conducta adentro de la obra. Pero, precisaras lo que precisaras, siempre te daba una mano. Lo que pasa que tenés que imaginarte lo que era la construcción 20 años atrás –aconsejó el Flaco al periodista. Y ahí fue el Peli el que enhebró un relato.
—Hace como 30 yo estaba en otra empresa: ¿viste Ariel y Sayago? ¿Ahí donde hay tres edificios que se unen por un puente? El capataz era un italiano y el empresario era el dueño de El Tigre de Sayago. La empezamos a construir desde abajo. Había un viejo, el Pimienta. Le faltaban todos los dientes. Buen carpintero. Pero tenía su yeito de trabajo. Él trabajaba a diez por hora, desde que llegaba hasta que se iba, no lo movías de ahí. Aparecía con un termo de dos litros. Ahí escondía el vino. A mediodía, lo recargaba con dos litros más. Hablaba poquito. Me acuerdo que le decía al bolichero: «Dame esos dos litros y un par de guantes». Era de aquellos termos de ampolla. Una mañana, se le rompió. Igual llegó a trabajar casi toda la mañana. Cerca de las 11 no se aguantó. Ya estábamos en el segundo piso. Bajó así no más, con la calavera [el mameluco] puesta, fue al almacén y se trajo dos botellas de vino, a la vista. «Bo, Pimienta, ¿qué hacés? Estamos en horario de trabajo», le dijo el tano. «¡Vos pensás que los martillos son de goma, jueputa!», le retrucó el Pimienta, mostrándole las manos. ¡El tipo se había martillado toditos los dedos para parar el temblequeo que le producía la falta de alcohol!
—Había personajes que no encontrás más, como el mentiroso de mi concuñado, Alberto. Es herrero desde los 15 años y tiene 70 a esta altura, y sigue sin saber leer ni escribir, ni sacar una cuenta ni leer un plano. Pero vos le decís el fierro que tiene que hacer y lo hace perfecto. Una vuelta me dice que eran como las tres de la tarde y él estaba trabajando en una obra en Carrasco. Entonces viene el arquitecto y le dice: «Alberto, te necesito». «¿Qué pasó?» «Tenemos que ir a una obra en Punta del Este; tenés que venir conmigo a calcular el fierro.» Y el Alberto que no, que ya eran las tres de la tarde y él quería volver temprano a la casa. «No te preocupes», le dijo el arquitecto, y desapareció. Al rato el Alberto sale, mira para arriba, ¿y qué ve? Un helicóptero y el arquitecto adentro haciéndole señas de que subiera. Dice que lo llevó en helicóptero a Punta del Este. Cuando llegaban a la obra, no precisaron ni bajar. «Faltaban 50 metros para bajar y le grité: “No aterrices”. Yo ya le había calculado el fierro desde arriba», aseguraba el caradura.
Y ya había tomado la palabra el Gallego, pero la reunión fue interrumpida por la aparición de una muchacha a la que alguien le había pedido que viniese a abrirnos el local donde ya hacía rato que conversábamos. De todas maneras, la señora no perdió tiempo con el malentendido y aprovechó el encuentro para dirigirse a aquellos hombres grandes con una combinación invencible de simpatía y autoridad: se los necesitaba, ese era el concepto.
«El otro día, en Paso Carrasco, había solo dos compañeros de la Agustín Pedroza para hacerle la entrada a un estudiante que está en silla de ruedas. Y ahora vienen los de las brigadas pedagógicas del Sintep [Sindicato Nacional de Trabajadores de la Enseñanza Privada], que quieren desembarcar en el Nueva Esperanza y vieron que por un lado está lo pedagógico, pero siempre hay intervenciones para las que precisan del SUNCA…», les dijo.
Alfredo aprovechó el centro así levantado para pinchar en la coquetería del Flaco:
—Mirá que los que estamos acá estamos todos en los 70 años. Salvo aquel, que va para 80 –le respondió a la muchacha mirando hacia el Flaco.
—No. Pará, pará, pará –se largó a protestar el falso octogenario. Pero antes que redondeara, la visita lo cortó rotundamente: «Obvio. Al Flaco le damos doble trabajo, por ser más joven».
—¿Y dónde es el Nueva Esperanza? –consultó el periodista una vez que la muchacha se retiró.
—El barrio de la Guampa –le dio por responder al Flaco–. No sé por qué le dirán así –añadió zumbón.
De la Guampa a las Torres Gemelas
En la vuelta, todos los vecinos viejos conocen la etimología de esa localidad un tanto imaginaria. Era el barrio nacido en tiempos del boom de fines de los setenta, donde vivían las compañeras de los trabajadores de la construcción que se iban durante largos períodos a levantar torres en Punta del Este.
Era otra época, cuando mucha gente pisaba por primera vez un andamio. «Cuando entrabas, te mandaban buscar la escalera de colocar zócalos», se acordó el Gallego.
—Tas loco. ¡Cada judeadas! Te clavaban la ropa y, cuando te la ibas a poner, te quedabas con el pedazo. Igual te dejaban en pelotas. Me acuerdo en las duchas, éramos como 12, las guerrillas de calzoncillos mojados. ¡Chicoteaba aquello! Igual en invierno, salías de la ducha caliente y en el vestuario te esperaban con un baldazo de agua helada –se acordó Alfredo.
—La peor la hice yo –confesó el Flaco–. Me mandaron a revisar unos ductos que salían a los baños, justo encima del wáter. Yo me traje un balde de agua para el andamio, arriba del techo de los baños. Cuando sentía que alguien tiraba la cadena, le mandaba un viaje de agua por el ducto. ¡Los sustos que se pegaban esos negros! Salían empapados, mirando para todos lados y yo escondido allá arriba.
Para estos hombres, la entrada al sindicato a principios de los noventa significó un cambio en su vida. Pero el Flaco dice que no todos tienen su suerte: «Nosotros nos quejábamos, pero yo ahora veo los que trabajan para González Conde… Hay empresarios que son unos reverendos hijos de la madre. Dicen que se terminó el tiempo de los esclavos, pero todavía existen empresas de estas», advirtió.
—Flaco –le replicó el Gallego–, vos acordate que la empresa nuestra hacía las tales casas en Carrasco. Ahora hacen un edificio en seis meses y a veces nosotros estábamos dos años haciendo una casa. Los patrones se quedaban con una torta de plata y nosotros no estábamos en caja. A fin de año te daban una comida y 3 mil pesos en un sobre, aunque nuestro salario fuera mejor que otros. Entonces aparecieron un par de muchachos de Durazno que fueron al sindicato y averiguaron qué era lo que tenían que pagar. Nadie quería nada con el sindicato entonces. Todos teníamos miedo. Pero estos muchachos de Durazno terminaron convenciéndonos de reclamar. Ahí fuimos al Ministerio de Trabajo. Hubo que llegar a un arreglo y aportaron tres años de los cinco que debían: aguinaldos, vacacionales, todo. Ellos decían que iban a tener que cerrar y los compañeros les decían: «Si no pueden mantener una empresa normal, cierren». ¡Mirá si iban a cerrar! La hacían a paladas. De ahí en adelante todo lo que era ley, te lo hacían.
—Ahí yo no cobré nada, porque todavía no era efectivo –puntualizó el Flaco.
—¿Quedaste efectivo cuando te cortaste el dedo?
—Claro.
—Contá esa anécdota –pidió alguien.
—Estábamos haciendo fondos de viga. Así se le llama a la base del cofre de madera donde se fraguará la viga. Hacer fondos de viga significa construir esa base uniendo tablas de 15 [centímetros de ancho] del largo necesario para que apoye en las columnas. El fondo debe apuntalarse con postes de eucalipto para que soporte el peso que vendrá. Además, debe quedar a nivel, lo que se logra colocando las cuñas que sean necesarias. Al otro día, el herrero colocará sobre ese fondo la malla de hierro que estructurará la viga, se entablarán los costados y, finalmente, se llenará el cofre con hormigón.
Pero ya eran cinco y diez –continuó el Flaco–. Largábamos y media y no daba el tiempo de armar un nuevo fondo. Entonces, me puse a cortar cuñas. Ya llevaba un balde de cuñas y no me preguntes cómo puse la mano, pero metí el pulgar en la sierra, de frente, me lo abrí en dos. Era carne para todos lados.
—Vos andabas mal, distraído. Me acuerdo porque yo era el delegado de seguridad y estaba atento a eso –comentó el Gallego.
—Fue un pellizcón. En el momento no sentí nada. El dolor lo sentí como dos días después. Un peón me envolvió el dedo con un paquete de algodón. Chorreaba igual y metí la mano en el casco. Así llegamos hasta el Banco de Seguros, donde me cortaron el dedo por la mitad, con un coso. Pero, gracias a este dedito hermoso –dijo, y se besó el pulgar mocho–, cobro buena jubilación. Cobro 47 palos y ahora con los aumentos me voy como a 50. Los negros no me creen y les muestro el recibo: «Mirá, papá». «¡Qué hijo de puta!», me dicen. «Pero vos trabajaste en otro lado, ¿no?». Y yo les digo que sí, que estuve haciendo las Torres Gemelas.
Sin embargo, no todos los problemas se enfrentaron por vías institucionales, digamos. Sobre todo en las obras que no contaban con el Chupete de capataz. «¿Viste las torres que están al lado de la Médica Uruguaya de Montevideo? Estábamos ahí. Luisito se estaba haciendo su casita, allá por el Gallinero, por el estadio de Nacional. En la volqueta había unos pedazos de caño corrugado, de ese naranja. Y Luis le dice al capataz: “Mirá que me llevo esos caños porque los empalmo y me vienen bien”. Y el capataz le dice que no, que los podía agarrar cuando sacaran la volqueta a la calle. Pero cuando sacaban la volqueta enseguida venía el camión. Por suerte le salió cara la soreteada. Al otro día teníamos que hacer la plancha de un techo y adentro de la plancha iban todos los caños para el cableado. “¿Me acompañás?”, me dice Luisito. “Hasta la muerte”, le respondí. Aquel logró distraer a los compañeros rompiendo algo en el piso de abajo y quedamos él y yo solos con la planchada fresca. Aquel iba rompiendo los caños del cableado y yo tapaba todo con material. Rompimos como 50 caños en un ratito. Después eso fraguó y la cosa fue cuando quisieron enhebrar los cables. Estuvieron meses picando aquel hormigón para sustituir los caños cortados.»





