Hospital de libros - Semanario Brecha
Por esos seres vivos de todas las especies

Hospital de libros

En casa tengo un hospital de libros. Mis pacientes, que ya se cuentan por miles, provienen de las ferias de barrio, de las librerías de viejo, de obsequios de amigos y de antiguos y pequeños hurtos adolescentes, casi angelicales. Algunos libros los he encontrado desahuciados al borde de volquetas, descuajeringados como palomas rengas en la acera, olvidados en los bancos humedecidos por el rocío de las plazas. Escribo hospital y me corrijo, pues carezco de credenciales médicas.

A la memoria de Álex de Alava

No soy un profesional de la restauración en papel, no poseo título de encuadernador, no domino el arte del cocido a mano. Mis conocimientos son más bien empíricos y rudimentarios: lo que he podido aprender observando de lejos a los verdaderos profesionales, los que trabajan en bibliotecas y museos. Ahora me doy cuenta de que no debería asumir con tanta ligereza que tengo un hospital de libros en casa, pues quizás esté incurriendo en algún delito, algo así como intrusismo profesional y usurpación de funciones. De cualquier modo, para ser sinceros, esto se parece más a un refugio de animales. Aquí han venido a parar seres vivos de todas las especies. ¿No son acaso los libros una especie escasamente protegida y en peligro de extinción? Para curarlos procedo con la mayor delicadeza de la que soy capaz. Pero si en lugar de gasas y vendas o del costoso papel japonés empleo los sobrecitos de té lavados después de su consuetudinario uso, limpios ya de todo resto de hojitas trituradas, no se me podrá juzgar con excesiva dureza, no se me llamará irresponsable ni temerario. Desalmados son los que dejan morir a los libros derramando lentamente sus letras en el polvo, abandonados a la carcoma, al pez de plata y al olvido. Así, pues, continuaré con mi ocupación ilícita y silenciosa.

SOMBRA Y CAOS

El primer libro que (mal) curé en mi vida fue El caos de Pier Paolo Pasolini. Lo había dejado sobre una mesa ratona cuando tuve que ir a Montevideo a trabajar y dejé encerrada a Sombra, que estaba en su primer celo. La perrita se desquitó con el libro. Intenté repararlo con cinta adhesiva transparente. Error. Grave y ácido error de principiante. Pero ¿no fue un acto de justicia poética que una perra en celo hubiera destrozado en su momento de mayor excitación un libro que llevaba por título El caos, que, a su vez, había sido escrito por un hombre en estado de excitación política? La rabia que muestran esos ensayos de Pasolini es proverbial. Más que ensayos son manifiestos salvajes y declaraciones de guerra. Otro libro que compré del malogrado Pier Paolo, con sus poemas, lleva en la tapa una fotografía de un perro negro increíblemente parecido a Sombra. ¿Cómo es que antes no me había percatado de tamaña coincidencia? Pasolini y Sombra estaban destinados a conocerse, y lo han hecho de la única forma que podrían hacerlo ambos: mordiendo. El italiano escribía como un perro rabioso –pero capaz de grandes ternuras– y Sombra, de habitual una perrita mansa y buena, descargó su furia con los dientes, pero solo aquella vez y solo con ese libro. Que los perros no leen, no hace falta decirlo. Pues bien, que les gusta que les lean, estoy dispuesto a debatirlo. En vacaciones, cuando leemos junto con mi compañera en voz alta Crimen y castigo –nos hemos propuesto ponernos al día con algunos clásicos–, los tres perros que actualmente cuidamos y nos cuidan se arrojan a nuestros pies y no se separan de nosotros hasta terminada la lectura. Es evidente que los tranquiliza, aunque no tanto como para que participen mentalmente de las disquisiciones morales de Raskolnikov. O tal vez sí, quién sabe. Retorno a Pasolini: «Para ser poetas se necesita mucho tiempo:/ horas y horas de soledad son necesarias/ para formar algo que es fuerza, abandono,/ vicio, libertad, para darle forma al caos./ Poco tiempo me queda: por culpa de la muerte/ que me viene al encuentro en mi marchita juventud./ Mas por culpa también de nuestro mundo humano/ que le quita el pan a los hombres, y a los poetas la paz».

UN TAL ROSENBERG

Merece un capítulo aparte los libros que compré usados y vienen subrayados con toda clase de lápices y lapiceras. Marcadores les llaman también, con justicia. La mayoría de estos libros han sido intervenidos en las primeras páginas. Muy pronto, el anterior propietario se aburrió de recalcar. Le entró un desgano terrible que hoy puedo constatar y acaso palpar con la yema de los dedos. Al principio todo era importante, casi todo. Poco a poco el lápiz mengua y termina por desertar del papel. Desaparece del universo literario y del real. Me intriga el camino de esa lectura antepuesta. De todos modos, una vez que el lector primigenio hubo obliterado sus huellas –como un inquilino que abandona la casa sin aviso–, no tenemos forma de saber cómo leyó, qué fue lo que quiso leer en ese libro. Por mi parte, jamás borro los pasos del antiguo lector: sería de mal augurio. Los predecesores entusiastas son los peores porque determinan a la fuerza, quiérase o no, qué es lo que hay que entender de este artefacto que sostengo entre mis manos. Hago un esfuerzo tremendo por no leer con los ojos del otro ausente, intento esquivar mentalmente los subrayados, quiero guardarme aquella mi primera impresión de lo escrito para después saborear una doble lectura, la del primer inquilino y la mía. Imposible. Al final se impone siempre el grafismo abusivo, el comentario desbocado y al margen y soy yo el que queda rezagado, leyendo en segundo lugar mi propia voz –un poco extraña– sobre la misteriosa voz del desconocido antecesor. Pienso también en aquellos libros que fueron marcados hasta la última página. Libros llenos de vericuetos, flechados y señados, signos eufóricos del lector entusiasta. ¿Por qué razón se habrá decidido en este último caso desprenderse de ese tan manipulado objeto de análisis y estudio? Hay verdadera pasión en las líneas que subraya. Leo, por ejemplo, Adiós a los padres, de Peter Weiss, que compré el 18 de mayo de 2023 en una librería de usados de la calle Corrientes de Buenos Aires. La traducción es de Mireia Bofill. Como detrás de un coro de voces solapadas escucho la voz del propio Peter ¿La habrá pronunciado en sueco o en alemán? Debería averiguarlo. También percibo la escarbadora voz española de Mireia traduciendo –¡qué lindo nombre Mireia! Un nombre de mujer acostumbrada a mirar–, escucho el peculiar acento catalán de ese castellano ceceoso. Debió ser así, lo intuyo. Finalmente, como un sorprendente hallazgo arqueológico, descubro en una hoja de resguardo el sello de un tal C… Rosenberg, a modo de ex libris. Pudo ser un hijo, una sobrina, su esposa, un amante quien capturó el libro del estante para leerlo a solas y luego se desprendió de él. ¿O habrá muerto el tal Rosenberg y su biblioteca fue disgregada, desplumada impunemente? ¿Vendida al bajo precio de la pulpa de papel? Lo único seguro es que en la página 37 se pierde su rastro. Ha subrayado con un gesto postrero esta frase de Weiss: «Eso era lo que aprendí en la escuela, cómo se mantenía la mano extendida bajo la vara del maestro». Y con letra mínima y en minúscula ha anotado en el margen izquierdo de la hoja: «Fin de la inocencia». Esas fueron sus últimas palabras. Con el fin de la inocencia marchó también la existencia fantasmal del tal Rosenberg.

ESCONDITES

«La biblioteca no es una suma de libros, es un organismo vivo, con vida autónoma, sostieneUmberto Eco en La memoria vegetal. Yo creo lo mismo y lo aplico a todo libro. Cada ejemplar es muchos libros y un ser vivo que contiene otros. Por ejemplo, entrecerrando los ojos cualquiera puede distinguir que se forman caminos entre las frases de una página, circuitos que atraviesan la hoja para dibujar perfiles, contornos, siluetas de animales como picos de pájaros o cuellos de jirafa, por mencionar algunos. Curioso e inútil don: siempre tuve esa facultad de ver entrelíneas, de sustraer al significado de las palabras esos senderos de hormigas, como cuando descubrimos formas familiares en las nubes o en las manchas de humedad de las paredes. Habría que leer el libro también de ese modo hasta agotarlo. Algunas diagramaciones y tipografías son más propensas para tales viajes. No funciona tanto en las pantallas del ordenador, sí en el papel. No me pregunten por qué. Tiene que ver con la materialidad de la lectura. Refiriéndose a la abigarrada decoración de una mezquita azul en Estambul, Mary Beard afirma: «La escritura no tiene siempre la finalidad de ser leída, puede funcionar de otras maneras, de forma más simbólica que práctica». De esto y de mi ejercicio de visionado, deduzco que cada página de un libro impreso podría verse, en potencia, como carmina figurata, esos poemas cuya estructura conforma una imagen: el ojo va uniendo los extremos finales de las palabras y las letras, y completa el perfil del ser representado. En cada página de cada libro vive encriptada esta verdad que no se decide a ser juego de niños –como cuando completan una figura yendo con el lápiz de un número a otro– ni test de Rorschach de tintes geométricos. El verdadero curador de libros, o el ideal, debería tener en cuenta estas facetas escondidas en el papel, organismos que laten entre el silencio de las palabras.

LA FELICIDAD

Tantas veces se ha dicho. Borges concebía el paraíso bajo la forma de una biblioteca. Decía, también, que los libros no se parecen a ningún otro invento humano. Que las herramientas suelen ser extensiones del cuerpo, de brazos, piernas, ojos, pero que los libros son una extensión de la imaginación y de la memoria. Algo así. No voy a recurrir a la cita textual porque en el fondo creo que el viejo Borges, que se fue quedando ciego, quería decir que era feliz entre los libros incluso cuando no podía leerlos. La presencia física de los libros: «Llamamos libros/ al sedimento oscuro de una explosión/ que cegó, en la mañana del mundo,/ los ojos y la mente/ y encaminó la mano rápida, pura/ a almacenar recuerdos falsos/ para memorias verdaderas», escribe Juan José Saer en El arte de narrar. Todo lo cual es estrictamente cierto. Pero la felicidad empieza antes. Los que atesoran libros lo saben. La felicidad comienza con la adquisición del libro, aun cuando no se sabe si seremos capaces, si tendremos oportunidad de leerlo. Es la mera posibilidad de desentrañar la propia conciencia en la lectura del otro, del otro invisible escritor. Y el peso específico. El peso neto de las palabras. A la mierda con Kindle, Kobo, Onyx y la mar en coche. De qué me sirve tener las obras completas de la humanidad atrapadas en un aparatito de plástico si no puedo sentir el olor a la tinta y al papel amarillento, ni ensuciarme las manos con el sebo de las librerías de viejos, ni llegar al momento culminante del colofón para encajarlo en el estante atiborrado. Sí, es cierto, son una complicación cuando los agarra el calor, la humedad y las plagas. Son un dolor de cabeza en las mudanzas y en los divorcios. Son un problema al momento de la muerte y de la sucesión. Pero mientras tanto, mientras tanto… déjenme curarlos.

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