Parque Rivera, un domingo cualquiera del verano uruguayo. Familias y amigos inundan este rincón verde para desplegar reposeras y compartir mates y momentos. En la apacible sinfonía de brasas, trinos y charlas se cuela un sonido que llegó de otras tierras buscando echar raíces en esta: el cling vigoroso y musical del bate de aluminio al impactar una pelota de cuero…
Ese sonido forastero, que suena enigmático al oído del uruguayo desprevenido, es para decenas de migrantes venezolanos, cubanos y dominicanos santo y seña de identidad, nota inevitable en la banda sonora sentimental de generaciones que crecieron jugando pelota, como llaman en el Caribe al béisbol y sus variantes.
La migración llegada desde aquellas tierras no solo vino con sueños, costumbres y ganas de prosperar, también se trajo la pasión necesaria para reanimar un deporte que tuvo sus años de gloria acá y que, tras un profundo letargo, se despereza y cobra fuerzas semana tras semana en la Liga de Sóftbol de Uruguay (LISU).
Quienes van a jugarlo renuevan cada domingo un voto sagrado de pertenencia, hablando el idioma común de las bolas y los strikes. Para el migrante caribeño, más que un terreno de juego, el diamante de pasto y tierra batida es una embajada no oficial de su cultura y un antídoto contra la nostalgia.
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Comienza una nueva temporada de la LISU y en la cancha de sóftbol del parque Rivera se enfrentan los equipos La Familia y Gigantes de Montevideo. No hay gradas, pero tras el cordón de sacos oscuros que delimita el terreno se agrupan los espectadores, algunos en sillas plegables, otros sentados en el suelo y otros a lo Bielsa, sobre hieleras cuyas entrañas conservan, frías y prontas, botellas de cerveza, Coca-Cola y agua.
En el campo, los jugadores calientan. Varios tienen estirpe de peloteros y otros parecen sluggers (bateadores de fuerza), pero más por su corpulencia que por el poder en sus muñecas. Unos lucen uniforme y spikes (tacos), otros visten ropa informal y championes, pero se les perdona, porque lo importante es participar.
El sol cae plomizo, pero a quienes trabajan haciendo delivery les da igual: lo soportan a diario, mientras sortean el tráfico para entregar un pedido y esperar el próximo.
El árbitro canta «play ball!» y comienza el partido. Se nota la falta de juego. El pitcher sale sin control. Sus lanzamientos no caen donde quiere y en la defensa la reacción aún es lenta. Pero las carencias físicas se compensan con el joseo, ese arte de ponerle empeño y alegría a la jugada, de animar al equipo, de sacar de quicio al rival…
«Bienvenidos a la temporada, señores», grita uno de los Gigantes, con acento venezolano, después de que su equipo anota un par de carreras. El marcador estuvo a punto de ampliarse con una conexión a lo profundo de la pradera izquierda, pero el jardinero calculó bien y logró el out necesario para cerrar el inning e ir al bate. Entre motos de repartidores, un parqueador miraba el partido sin entender mucho, pero entretenido…
Afuera se habla. El sóftbol es un deporte que permite y propicia la tertulia. Sin el vértigo del básquetbol o el fútbol, entre lanzamiento y lanzamiento se conversa de esto y aquello, del laburo que surgió, del pariente que llegó, del pique para conseguir malta, plátanos para freír, queso llanero, un pan con lechón o unas buenas arepas.
Hay también niños: son los hijos de estos peloteros, gurises que dicen «bo» y «te animás» y miran el sóftbol aunque prefieran el fútbol. Una venezolana que lleva varios años acá se ceba un mate y trata de sacarle conversación a un señor grande que mira en silencio, porque solo quiere ver pelota en vivo, como cuando iba al estadio del pueblo.
El terreno, por cierto, dista de ser ideal: le falta una cerca en los jardines, iluminación para jugar en las noches y los dogouts (banquillos) son un par de troncos tendidos al costado del diamante. Pudiera ser mejor, pero en peores plazas han jugado. En lo que a muchos respecta, y a falta de opciones, este es el mismísimo Yankee Stadium…
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Según el historiador Álvaro Castro, el béisbol y el sóftbol llegaron a Uruguay a inicios del siglo XX, y durante años se practicó sistemática y organizadamente. Pero a inicios de los ochenta cayeron en un letargo del que vinieron a despertar tres décadas más tarde, con la llegada de migrantes caribeños que encontraron en esta su tierra prometida.
También ayudó el regreso de muchos uruguayos que se fueron a Estados Unidos con la crisis del 2000 y que allá le agarraron cierto gusto al béisbol, un cariño ciertamente nacido del roce, no de un flechazo.
Pero este resurgir no respondió a políticas de Estado, sino a la necesidad humana de conexión, y lo que empezó con un grupo de nostálgicos devino un movimiento que convoca y se multiplica. Ya suman una veintena de equipos y más de 400 jugadores.
«Semana tras semana vamos y compartimos, y es como volver a nuestras raíces, a la tierrita», confiesa el venezolano Néstor Uzcátegui, quien dirige al equipo del Club Atlético Repecho, un pilar para la comunidad beisbolera en Uruguay, y cuyo nombre evoca la historia misma de la migración: la cuesta empinada, difícil de subir…
La liga dominical es un conjuro contra la soledad. En el terreno, el ingeniero que acá trabaja de delivery y el licenciado que atiende un mostrador vuelven a ser el «cuarto bate», el «pitcher estrella», el pelotero que alguna vez fue o soñó ser.
Los ejemplos abundan, pero destaca el empeño de Ray Pinto, un cubano que ha hecho del rescate y promoción del sóftbol en Uruguay su misión personal. Su escaso tiempo libre lo divide entre los entrenamientos y partidos con el club Repecho y la enseñanza de niños y niñas que quieran adentrarse en este apasionante mundo.
La migración es un proceso de duelo y, para pasarlo, el sóftbol actúa como una eficaz terapia de grupo. Entre sueños y proyectos, en el parque Rivera se crea una atmósfera que ayuda a sobrellevar la lejanía, y el diamante se vuelve entonces una pequeña patria portátil, que se arma y desarma cada domingo.



