Hay una cuestión que atraviesa Marciano, la nueva novela de Nona Fernández, como un dolor crónico que no termina de localizarse, y es qué hacemos con las historias que heredamos incompletas, con los relatos que nos llegan como tejidos rotos. La escritora chilena, que ha cartografiado obsesivamente la dictadura pinochetista y sus fantasmas (Space Invaders, La dimensión desconocida, Voyager), vuelve sobre ese territorio desde la opacidad de quien debe reconstruir con fragmentos lo que otros vivieron en carne propia.
El centro es Mauricio Hernández Norambuena, el comandante Ramiro, exmilitante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) que participó en el frustrado atentado contra Augusto Pinochet en 1986 y que ahora cumple condena en una cárcel chilena. Pero Fernández no escribe una biografía ni un thriller político ni una hagiografía revolucionaria. Construye, más bien, una meditación coral sobre la extrañeza de un hombre que eligió la clandestinidad y se volvió intraducible para el Chile de la democracia de los pactos, la de una sociedad que prefiere olvidar y barrer bajo la alfombra antes que enfrentar sus contradicciones, de las segundas y terceras generaciones a las que les dijeron que la historia no les pertenecía.
El título nombra lo que está fuera de registro, lo que la historia oficial no puede clasificar ni contener. Mauricio Hernández es un marciano porque su ética revolucionaria de la lucha armada, la clandestinidad y el sacrificio no cabe en la narrativa consensuada de la transición. Fernández no extiende la condición marciana a todos, sino que habita el problema de pensar cómo narra una sociedad a quienes eligieron salirse de su gramática. La novela no responde, pero sí muestra cómo ese desajuste produce un archivo intraducible, testimonios que se contradicen, silencios que no se pueden llenar, biografías que resisten la forma del relato.
Fernández construye así una estética de la extrañeza documental, trabaja con materiales verificables, testimonios, fechas, operativos reales, pero los contamina con especulación, con vacíos deliberados, con la sospecha de que ciertos núcleos de verdad son todavía incapturables. Es en esa brecha entre el dato verificable y su sentido histórico donde Fernández instala las preguntas sobre el relato heredado, roto, incoherente.
Pozos verticales
La novela avanza mediante fragmentos, apuntes, meditaciones, fichas bibliográficas, testimonios que se interrumpen, listas que catalogan ausencias, digresiones que funcionan como pozos verticales en la superficie narrativa, fabulación crítica de la autora. Las historias paralelas y las capas temporales múltiples producen un tiempo elástico, espeso, que no avanza ni retrocede de manera clara, que a veces simplemente orbita. Fernández trabaja un archivo insuficiente, quebradizo, opaco, y esa insuficiencia no es defecto, sino método, así es como se procesa la historia cuando solo quedan rastros contradictorios, cuando «lo que no se sabe ya no hay quien lo cuente». No hay síntesis, no hay versión verdadera y definitiva. El lector debe sostener en simultáneo relatos incompatibles, y ese trabajo es la forma que Fernández encuentra para transmitir que la imposibilidad de clausurar el relato es parte constitutiva del trauma
Pero Marciano no se limita a recordar la dictadura o a reconstruirla, también se pregunta cómo ese trauma se reactiva en los cuerpos y las subjetividades de quienes llegaron después. Fernández plantea, de alguna forma, que los relatos históricos oficiales se detienen en los hitos (el golpe, el plebiscito, la detención de Pinochet), pero ignoran lo fundamental: qué sucede entre un hito y otro, cómo se vive la normalidad cotidiana después de lo extraordinario, qué pasa cuando la épica se apaga y solo queda la rutina gris de sobrevivir y esa rutina también invade a los propios gestores de esos hitos.
Volverse marciano
La clandestinidad aparece en la novela como realidad paralela, como decisión que implica pérdidas radicales. Lo que Mauricio Hernández sacrificó al entrar en la lucha armada no fue solo la seguridad o la vida pequeñoburguesa, fue esa vida rutinaria y cotidiana del resto, las pequeñas cosas, las trivialidades. Fernández no romantiza ese sacrificio ni lo condena. Se vuelve a preguntar una y otra vez cómo se vuelve uno marciano. Qué implica elegir estar fuera del tiempo social y operar en códigos que la mayoría no comprende ni quiere comprender.
En este sentido, hay también una reflexión lateral sobre el peligro de la inercia en los colectivos revolucionarios y cómo evitar que un movimiento se estanque, gire sobre sí mismo, se muerda la cola y, por tanto, muera. El FPMR, que protagonizó el operativo más audaz contra Pinochet, eventualmente se fragmentó, perdió rumbo, algunos de sus miembros derivaron en acciones aisladas. Fernández no juzga, pero tampoco idealiza: muestra cómo la épica revolucionaria, cuando pierde horizonte, también puede convertirse en autodestrucción.
Si la historia siempre es narrada por los vencedores, la única forma de acceder a una verdad alterna es mediante la ficción especulativa que imagina lo que la historia omitió. No se trata de falsificar, sino de reconocer que toda historiografía es ya ficción, selectiva, interesada, y que otras ficciones pueden ser más honestas que el documento oficial. La verdad oficial no es más estable que la memoria fragmentada. Todo archivo es ya una forma de ficción, con sus lagunas, sus énfasis, sus silencios estratégicos. El trabajo novelístico consiste, entonces, en hacer visible la estructura de esas omisiones. Cada testimonio está rodeado de silencio, cada fecha tiene zonas grises, cada personaje es parcialmente opaco. Y esa opacidad no es falla, la autora no puede, ni quiere, hablar por Mauricio Hernández, solo puede rodearlo tejiendo un cerco de voces y preguntas que nunca lo capturan del todo.
Fernández no ofrece redención ni clausura, sino una forma de estar en el duelo sin resolverlo, una manera de habitar la herida sin pretender que haya cicatrizado. Marciano propone quedarse en la pregunta, aceptar la incomodidad, reconocer que hay cosas que no se entienden y que tal vez no deban entenderse del todo. Esta no es una novela que se lee para saber más sobre Mauricio Hernández Norambuena o sobre el FPMR, sino para aprender a convivir con lo que no se sabe, con lo que quedó a medio contar, con las historias que nos llegan en pedazos y que debemos cargar igual, porque son las únicas que se tienen.
La textura áspera de una memoria que no se deja domesticar, el peso de un dolor que no tiene dueño, pero que afecta a todos, la certeza de que la historia nunca termina de pasar y que el presente siempre está contaminado de pasado. Fernández escribe desde la certeza de que la literatura no puede reparar el daño, pero sí puede nombrarlo de otro modo, hacer visible lo que el relato oficial decidió volver invisible. Mostrar las costuras, los lugares donde la narrativa de la transición pactada tuvo que silenciar, simplificar o directamente mentir para sostener su coherencia.




