En los años noventa, muchos niños soñábamos con ser huérfanos: como las «chufas», vivir en un orfanato con un chef internacional, tener un tobogán que nos llevara del cuarto al living y pasar la vida con amigos cantando y jugando. Esa fantasía de comunidad, magia y salvación fue una de las grandes promesas culturales de la televisión infantil de la época.
La década de las privatizaciones y la espectacularización de la política –que tuvo a Carlos Saúl Menem manejando un Ferrari y prometiendo viajes espaciales que nos iban a «remontar a la estratósfera»– tuvo su versión infantil y adolescente de la mano de María Cristina de Giácomi, más conocida como Cris Morena, quien, dicho sea de paso, jamás abandonó su rubio angelical y ondulado de personaje infantil de telenovela.
Guionista, actriz y productora, llevó adelante producciones icónicas de los noventa y los dos mil, que acompañaron a miles de infancias y adolescencias. Si bien su lista de productos llega casi a 20, solo algunas alcanzaron estatus de religión pop como Chiquititas, Cebollitas, Rebelde Way, Casi Ángeles o Floricienta. Hace poco, en 2024, volvió con Margarita, spin-off de Floricienta, un modelo cultural que nunca dejó de operar.
Este verano, la reina de la tevé infantil lanzó «su sueño dorado» e invitó a vivir un «verano eterno»: el campamento musical de cinco días en Punta del Este cuesta unos 1.500 dólares (o 2 mil si querés habitación privada), orientado a jóvenes artistas que hayan cumplido los 18 años. La propuesta parece una mezcla de retiro espiritual burgués y una incubadora de influencers, en la que se promete grabar y componer en medio de la naturaleza, mentorías personalizadas y «24 horas de inmersión y música comunitaria».
No queda claro qué registro o comercialización tendrá el proceso, si es que lo tiene, pero la productora es famosa por impulsar talentos jóvenes, muchos con carreras posteriores exitosas en Argentina e incluso en otros países: el streaming, la tele, el cine y la escena musical están repletos de rostros catapultados por esa máquina, como Marcela Kloosterboer, Celeste Cid, Dolores Fonzi, Agustina Cherri, Eugenia la China Suárez, Luisana Lopilato, Benjamín Rojas, Luciano Castro, Mariana Lali Espósito, Peter Lanzani y Gimena Accardi. Este campamento parece una audiencia paga, orientada a jóvenes de plata con aspiraciones artísticas y hambre de visibilidad: el viejo cuento de hadas, ahora empaquetado como experiencia prémium.
Esta nueva promesa mágica de Cris Morena es una buena oportunidad para que centennials y millennials recordemos los cuentos que nos contó. En sus telenovelas, los niños se daban besos de lengua, el bullying era mostrado como algo gracioso y la violencia en los vínculos se vivía con una naturalidad escalofriante. Y eso no era un efecto colateral: era parte del espectáculo. No solo nos entretenían, esa fue nuestra educación emocional.
Su mayor éxito, sin dudas, fue Chiquititas, que llegó a medir 25 puntos de rating en Argentina, algo inusual para el horario y el público objetivo. Si bien no fue su primera producción, sí fue la primera de un modelo que luego repetiría: novelas acompañadas de teatro, discos y giras internacionales. Una fábrica de subjetividad.
La telenovela trataba de la vida en el hogar Rincón de Luz, un centro de niños huérfanos lleno de fantasía, que la productora solía mezclar con dramas pesadísimos. Chiquititas mostraba niños y preadolescentes con una fuerte carga de sexualización, además de una hiperdramatización constante de la vida y los problemas. Se promovía una idea del amor romántico como algo tóxico y doloroso, y una amistad caracterizada por la competencia y el conflicto.
A pesar de ser un producto para infancias y emitirse a las cinco de la tarde, en la novela morían, con mayor o menor nivel de tragedia, varios personajes secundarios, otros sufrían enfermedades o accidentes graves y también había violentos secuestros. ¿Recuerdan cuando la hermana de Mosca, Jimena, cayó de la escalera y quedó ciega? No queda claro cómo esa producción pasó los filtros de protección al menor en Uruguay y Argentina, pero el drama estaba tan corrido que hoy en internet existen rankings sobre «Las diez peores tragedias de Chiquititas».
Ya entrados los dos mil, y probablemente aprovechando que sus protagonistas más famosos habían crecido, en algunas producciones apuntó a un público adolescente con ficciones como Casi ángeles y Rebelde Way. Es en estas historias en las que la cultura Cris Morena se constituye de la forma en que la retratan las redes hoy en día: mensajes complejos sobre la belleza hegemónica, delgadez extrema y vínculos tóxicos. Basta con buscar en YouTube «peleas entre Mar y Thiago» (personajes de Casi ángeles interpretados por Lali Espósito y Peter Lanzani) para encontrar una lista interminable de escenas de violencia de género romantizada. En Rebelde Way pasaba algo similar entre Mía Colucci y Manuel Aguirre (Luisana Lopilato y Felipe Colombo): en una escena, él la agrede y amaga con violarla, mientras que en otra ella recuerda con cariño y ternura cuando él quiso pegarle. Todo muy pedagógico, perfecto para verlo al llegar de la escuela acompañado de una taza de cocoa y un pan con manteca.
En esta serie –hoy disponible en Netflix–, no solo hay una normalización absoluta de la violencia, sino que se abordan –mal– temas profundamente sensibles. Cuando se habla del modelo Cris Morena como sinónimo de delgadez extrema no es solo porque la productora elegía protagonistas flacos, sino por el discurso explícito de los guiones. Quienes vieron Rebelde Way recordarán a Felicitas, la gorda, personaje que existe para ser objeto de burla, siempre mostrada comiendo en exceso e infeliz. La actriz ni siquiera tenía sobrepeso, pero lo importante era el mensaje: las personas gordas están destinadas a la exclusión. «Si sos gorda, nadie te va a querer», llegó a decirle el personaje que representaba a su madre. En la misma línea, aparecen escenas de Felicitas induciendo el vómito o de Lopilato quejándose de un «rollito», cuando pesaba, con suerte, 45 quilos. Crecimos con un susurro constante de odio al cuerpo propio.
La hipersexualización de las infancias también era moneda corriente: en Rebelde Way, Lopilato, con 14 años, hace un striptease para adultos en un acto del colegio y mantiene un vínculo amoroso con el preceptor, Blas Heredia (Pablo Heredia). Si bien no se explicitaba la edad del adulto, era una autoridad de la institución que tendría entre 25 y 30 años. Un abuso presentado como un romance afortunado.

La lista podría seguir: bullying, antisemitismo, discriminación de clase y raza, ejercicio de poder…, había para todos los gustos. Y, aun así, nos gustaba. Lo cantábamos, bailábamos y pegábamos sus pósteres en nuestros cuartos. Quizás por eso no sea casual que Argentina tenga una de las tasas más altas de trastornos de la conducta alimentaria en el mundo. No porque Cris Morena los haya inventado, pero quizás ayudó a normalizar la vergüenza corporal como paisaje emocional.
Cris no solo fue cuestionada por sus contenidos. Sus producciones eran muy exigentes, más aún para niños y adolescentes. Aunque quienes trabajaron con ella se cuidan mucho al mencionarla, con frecuencia a alguien se le escapa algo y enseguida se viraliza. Hay relatos de maltratos, gritos, jornadas extensas, exposición desproporcionada y una frontera difusa entre lo laboral y lo personal. Sin embargo, como al capo de toda organización, casi nadie la critica abiertamente: se la sigue mencionando como una «escuela de disciplina», en una perfecta mezcla de admiración y miedo. Ni siquiera quienes hoy sostienen discursos más a la izquierda e incluso se han pronunciado en causas feministas, como el aborto, se han posicionado sobre lo que representa Cris Morena, el contenido de sus producciones o las formas de trabajo que impuso.
Hoy no resulta difícil entender a los padres que no dejaban a sus hijos ver estos programas. No podemos juzgar el pasado con ojos del presente, pero lo que hacía Cris Morena no envejeció mal: ya estaba mal en ese momento. Cris contaba con un público perfectamente segmentado, y se perdió una oportunidad enorme de tratar estos temas con responsabilidad. Eligió, de manera sistemática, la versión más tóxica y rentable.
Es contrafáctico y nunca sabremos qué hubiera pasado sin sus ficciones: si hubiéramos odiado menos nuestros cuerpos, construido amores más sanos o entendido antes que un tipo de 30 no puede ser el novio de una adolescente. Pero sí sabemos otra cosa: sus productos trataron estos temas con una frivolidad alarmante y, demasiadas veces, los convirtieron en norma, no en problema.
Hoy, que volvió el tiro bajo y la cultura del 2000, que el body positive está en retirada y las celebrities se pinchan Ozempic como si se estuvieran comiendo un caramelo, conviene mirar con desconfianza todo lo que salga de la máquina de fabricar subjetividades de Cris Morena.




