«¿Quiero una segunda cita. Tener sexo. Quiero a alguien apuesto, astuto, divertido, inteligente, aventurero y rico. A alguien bueno. Rápido. Que me prepare café. ¿Qué carajos quiero? Quiero a alguien que me ame.» El pasaje pertenece a un diálogo de Diario de una chica experta en desastres amorosos, ficción sueca estrenada en Netflix en 2025. La serie cuenta las desventuras de Amanda, una joven treintañera que después de pasar diez años pacientemente soltera se enfrenta a sus inseguridades en el mundo de las citas por aplicaciones. Amanda es víctima de pretendientes con notoria falta de responsabilidad afectiva y rehén de los automatismos que generan los vínculos mediados por una pantalla. No saber cómo responder al rechazo, no entender si el otro la quiere y no poder desatarse de las idealizaciones la llevan a crear ridículas estrategias de supervivencia que resultan incómodas hasta para el espectador. ¿Se la puede culpar? Definitivamente, no. Es una ficción a la que la realidad no tiene nada que envidiar, pues, bajo la densa capa que nos envuelve en mecanismos de represión cada vez más discretos, incluso encontrar el amor se vuelve un hito de la meritocracia.
Hoy se habla de recesión sexual. De consumo y descarte. De desinterés y desencuentro. Se dice que la culpa es de los jóvenes. Del feminismo. De las pantallas. Del sistema. En tiempos en los que impera el discurso del amor propio, en los que un like se ha vuelto expresión de deseo y la intimidad es cada vez menos íntima, la soledad y el aislamiento resultan la contracara de la hiperconexión. Vincularse se ha vuelto un juego en el que nadie quiere perder, pero nadie sabe exactamente por qué debería ganar. Una especie de escape room, con habitaciones laberínticas, puertas falsas, pistas engañosas y un incesante tictac como ruido de ambiente que nos corre de atrás. Todo es sospecha, nadie está a salvo. Ante este conflictivo escenario, la concreción de relaciones y prácticas sexoafectivas se va poblando de obstáculos.
Somos testigos y –muy a nuestro pesar– también protagonistas de la época que reporta menos actividad sexual. Al menos así lo han constatado trabajos divulgados por Político (8-II-18), The Guardian (1-X-24) o el Instituto de Estudios Familiares de Estados Unidos (30-VIII-25). Ese instituto –de tendencia conservadora y activo defensor del matrimonio tradicional, cabe aclarar– publicó esta semana un nuevo estudio que, tras encuestar a 5.275 estadounidenses solteros de entre 22 y 35 años, concluye que los jóvenes están en una «recesión de citas». Entre los motivos mencionados como barreras para concretar encuentros, la falta de confianza y las malas experiencias pasadas puntúan alto, aunque son superadas por cuestiones económicas. «La mayor barrera para las citas fue no tener suficiente dinero, respaldada por más de la mitad (52 por ciento) de los encuestados. Las citas contemporáneas suelen centrarse en actividades comerciales y los adultos jóvenes a menudo sienten que no pueden permitirse el lujo de tener citas de esta manera», dice el estudio.
Aunque paradójica, está situación convive con un fenómeno particular: cada vez se habla más de sexo. Proliferan memes, reels informativos, canales de streaming que reflexionan sobre deseo y consentimiento, influencers que aconsejan sobre cómo evitar que te arrebaten la energía sexual, referentes del porno que ofrecen tutoriales para garantizar el placer de las parejas sexuales. Y con tanta información a un scrolling de distancia, ¿quién sospecharía que la salud sexual de los habitantes de esta era está en plena crisis?
En la búsqueda intensa de responsables, hay un dedo que hace rato señala hacia abajo. Según un artículo de la revista The Atlantic, de diciembre de 2018,parecería ser un hecho que los jóvenes ya no quieren desnudarse. ¿Una de las razones? La vergüenza. Una vergüenza en primera instancia difícil de comprender, si se tiene en cuenta que son esos mismos jóvenes los que más suelen exponerse en redes sociales. La lógica de satisfacción inmediata del algoritmo ha hecho mella en la forma en que percibimos el mundo y las generaciones recientes han sido de las más afectadas, incluso en su manera de entender y construir los vínculos humanos. A tal punto que si los Les Luthiers estuvieran vigentes, se verían obligados a reescribir aquel hilarante rap sobre los jóvenes adictos al sexo.
RECESIÓN Y PRECARIZACIÓN
Desde su experiencia impartiendo talleres de educación sexual para adolescentes uruguayos, Sabrina Martínez cuenta que los jóvenes entienden que los encuentros ya no son tan necesarios. «¿Para qué me voy a juntar si puedo chatear?» es una frase que escucha habitualmente. Pero detrás de esta aparente falta de interés, hay un latente temor por ser rechazado, en el que mostrarse vulnerable se vuelve contraproducente. Frente a este panorama, Martínez –educadora sexual, comunicadora y docente de la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República– tiene una respuesta que, admite, no es muy alentadora. «Creo que la recesión sexual tiene mucho que ver con un contexto de precarización de la vida», considera. En ese sentido, hace referencia a un problema sobre el que han reflexionado pensadores como el surcoreano Byung-Chul Han: el de ser parte de una cultura en la que no existe tiempo para el disfrute. «Para que uno se encuentre, para tener ganas de hacer cosas con un otro, tiene que tener disponibilidad. Y la disponibilidad está atravesada por el tiempo, por el descanso.» Por tal motivo, recuperar el valor del tiempo se vuelve imprescindible.
Mientras algunos rehúyen del contacto físico, otros intentan resignificar los vínculos amorosos y repensar cómo se construyen y sostienen los lazos afectivos. «Lo que muchos buscan hoy es amar y ser amados, pero con mayor coherencia y libertad. Y eso genera un conflicto, porque estamos muy rotos y muy solos», analiza Martínez. Este proceso implica cuestionar, entre otras cosas, los modelos tradicionales de familia y dejar al descubierto los preconceptos de lo que se entiende por pareja, sobre todo en el esquema tradicional de la monogamia heterosexual. Pero la educadora sostiene que, de esos cuestionamientos, pueden nacer nuevos mandatos que dicen que «en esto no debería fallar o si el otro no me quiere, yo soy un desastre o ser romántico no está muy bueno o no hay que ser tan intensa», y allí se prepara un cóctel peligroso y adictivo, difícil de digerir, pero muy fácil de naturalizar para la psiquis.
La intensidad de las expectativas y las proyecciones también juega su papel. Martínez entiende que «algo que genera mucha tensión es que tenemos un fuerte deseo de tener otra vida y vemos que no la podemos tener». El multiempleo, la crisis habitacional que fuerza a muchos a vivir –con suerte– dentro de monoambientes o pensiones compartidas y la falta de dinero para salir a un bar o siquiera para pagar un taxi hacen difícil destinar tiempo al ocio. No solo para conocer a alguien, también para compartir tiempo de calidad junto con seres queridos. A su vez, en el sistema educativo, salones de clases hacinados y edificios poco amigables que no contemplan espacios para el encuentro conspiran contra la conversación cara a cara, al tiempo que la posibilidad de mantener contacto a distancia permanentemente influye en las formas de habitar un mismo espacio físico junto con otros. Para las generaciones habituadas a resolver las incógnitas de la vida cotidiana de forma inmediata, el mundo por fuera de la pantalla resulta abrumador: la experiencia inmersiva de un mundo digitalizado que promete traducir rápidamente y a demanda lo que está sucediendo y su porqué instala la idea de que todo es posible con tan solo desearlo. Especialmente ahora que la IA juega su papel como gurú personal.
Quizás ahí esté también uno de los puntos fundamentales del desencuentro: en la necesidad imperante de saber con certeza qué tanto apuesta el otro en un vínculo, para verse en la cómoda posición de perder lo menos posible. Aquí la anticipación aparece como estrategia de supervivencia. Y cuando la intuición falla y la duda carcome, el ghosting hace su jugada maestra. La periodista argentina Florencia Alcaraz, en el programa Todo es fake de Anfibia Podcast, concluyó que, ante el anhelo del «match perfecto» y la «posibilidad infinita de poder encontrar
una multiplicidad de candidatos y candidatas», lo que se vive realmente, lejos del entusiasmo, es ansiedad.
RESISTENCIAS
Ante la pérdida de tiempo de ocio y la ausencia de espacios destinados a la reunión, desde hace años ganan presencia las aplicaciones de citas, una especie de salvataje que pretende facilitar la metódica gestión de conocer a alguien. En la mayoría de ellas, el formato es el mismo, con pequeñas variantes. Se trata de mirar las opciones, aprobar las que te gusten, descartar las demás y esperar que haya match con alguien que te haya tenido en cuenta como parte de sus preferencias. El sistema es sencillo y no parece tampoco contrarrestar –sino más bien reforzar– las consecuencias de una sociedad que tiende cada vez más a funcionar en burbujas y a rechazar lo distinto.
En este contexto han surgido alternativas que, aun partiendo de la virtualidad, proponen caminos distintos al modelo superficial en el que encontrar pareja funciona como un mercado. Aplicaciones como Timeleft pretenden empujar los encuentros más allá de la interacción virtual. La invitación es clara: «Sumérgete en las posibilidades sociales sin pantallas digitales. Ábrete a las personas a tu alrededor sin expectativas. Inicia una conversación, enciende una conexión. Sal a cenar con desconocidos», se lee en la web de Timeleft. Mediante una suscripción y una encuesta previa en la que un algoritmo lee tu personalidad, la propuesta emparenta al usuario con otros cinco desconocidos y lo lleva a cenar junto con ellos. A partir de sus gustos e ingresos, Timeleft elige el restaurante y avisa unas horas antes dónde será la cita, en busca de una experiencia más abierta a la sorpresa. La plataforma, fundada en Portugal y con presencia en 60 países, ha servido de inspiración para otros emprendedores de la región que apuntan a encontrar una solución para el desencuentro.
En ese plan surgió Vinito y Amigos, creada por Victoria Acosta (32) y Tomás Gil (34), dos amigos argentinos que cruzaron intereses para desarrollar un sistema de citas entre desconocidos. «Si estás cansadx de las apps de citas, llegaste al lugar correcto», se presentan en su cuenta de Instagram. La propuesta, que empezó en julio de 2024, no solo apunta a encuentros amorosos, sino a revitalizar otro tipo de vínculos. El formato es similar al de Timeleft, con una encuesta previa para perfilar intereses, pero los lugares de encuentro se conocen de antemano y se concretan en eventos organizados en fechas puntuales. No funciona por suscripción, sino comprando una entrada para cada evento puntual.
Una vez en el bar, la dinámica de Vinito y Amigos es libre. Sus anfitriones solo se encargan de gestionar las mesas. «No hay alguien guiando ni diciéndote qué tenés que hacer», dice Gil a Brecha, pero sí ofrecen la opción de ingresar a un enlace en el que los invitados pueden hallar un juego de preguntas para romper el hielo: «Hay preguntas picantes, preguntas sobre los vínculos o sobre la vida profesional, disparadores que sirven para arrancar la conversación». Gil considera que la mayoría de los asistentes participa por la sencilla motivación de conocer gente. La edad es un factor clave. Con la llegada de la adultez, entre mudanzas, cambio de hábitos y diferencias en los ritmos de vida, mantener los mismos amigos se vuelve un reto. La incidencia de la pandemia y el crecimiento del trabajo remoto también han tenido que ver en la transformación de las dinámicas sociales que permiten acercarse a los demás. Para Gil, que con la llegada del covid empezó a trabajar desde su casa, conversar con otros sin una pantalla de por medio se volvió una necesidad.
Picaflor es otro formato de citas a ciegas. Surgió en 2025 en Uruguay y sus eventos se convocan vía Instagram. Con una entrada de 200 pesos que se reserva por mensaje privado en esa red social, se organizan encuentros de 20 personas en diez mesas de un bar montevideano. Las mesas están divididas por parejas y cada quien tiene un identificador que en vez del nombre real del participante lleva el nombre de una flor. «Se pasa música, las personas piden, si quieren, algo para tomar antes de empezar, y tienen una lista de posibles preguntas para el diálogo», explica Julieta Piotano (25), una de las anfitrionas. Cada pareja tiene siete minutos para hablar antes de rotar de mesa, con el objetivo de que todos puedan cruzarse entre sí a lo largo de la noche. Al final de la velada, hay un buzón a disposición donde cada participante deja el nombre de la persona con la que le interesa permanecer en contacto –si la hubiera–. Allí debe explicitar también la intención, es decir, si el interés es romántico o amistoso. En caso de coincidencia, las anfitrionas pasan los contactos de los interesados.
Isabel Lenoir (24), socia de Piotano en la iniciativa, considera que en estos casos, al contrario de lo que sucede en la virtualidad, «la incertidumbre juega a favor». La imposibilidad de stalkear previamente con quién te tocará salir esa noche impide filtrar y obliga a las personas a conocerse entre ellas en otro nivel de profundidad. Lenoir considera que «las redes sociales generan una máscara muy zarpada, que no sé si es lo mejor a la hora de buscar pareja». Piensa que, «al final, encontrarse en el mundo presencial termina siendo una decisión política». Su coanfitriona opina que este sistema de emparejamiento brinda la oportunidad de coincidir «con alguien con quien quizás nunca te habrías planteado salir», y añade el factor sorpresa, uno de los condimentos más estimulantes para los vínculos afectivos.
«Si no me miran, no existo»
«Esta mediatización tecnológica de saber en simultáneo dónde estamos todo el tiempo, de este hipercontrol en el que caemos, en el que todos sabemos todo de todos», alimenta el caos emocional, sostiene Paula Tomasik, psicóloga especializada en psicoanálisis vincular por la Asociación Uruguaya de Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares. Tomasik considera que se han ido perdiendo «mecanismos internos de las personas para afrontar situaciones traumáticas, como duelos o pérdidas», y que esas carencias profundizan la sensación de vacío ante la ambigüedad y la complejidad de las relaciones humanas.
También ve con preocupación la exposición constante a través de las redes sociales. La necesidad de atención y de sentirse seguros por medio de la reacción devota del otro se vuelve una conducta dañina y constante. «Si no me miran, no existo», resume la especialista. Es así que los discursos de amor propio y ciertos modos de vida que se promueven hasta el hastío ponen como metas estereotipos y expectativas inalcanzables. Estas lógicas, que la psicóloga atribuye a un recrudecimiento del patriarcado en los adolescentes –especialmente en los varones–, impactan enormemente en las psiquis, en una puja latente por devolver las cosas «a su lugar», contraria a la autonomía y la igualdad que los feminismos impulsan como formas para vincularse.
A su vez, la psicóloga sostiene que vivimos en un tiempo en el que todo se mueve más rápido de lo que podemos procesar a nivel neuronal. «Hay tanto cambio constante que no hay un lugar para detenerse y ver hacia dónde vamos, en general y en la vida personal de cada uno.» La inseguridad, ya no ante el futuro, sino ante el mismo presente, deriva en angustia. Y en un mundo donde «angustiarse está prohibido, la contracara es la ansiedad», remarca la especialista. Por eso, Tomasik ve en los espacios de encuentro una de las medidas más fuertes para acortar la distancia entre las personas. La apuesta por volver a la conversación, mirar a los ojos y discutir lo que haya que discutir se vuelve fundamental para «pensar juntos, construir» y, en el transcurso, evitar que «el humano se deshumanice más».








