Cuatro planos superpuestos - Semanario Brecha
Jorge Ruffinelli (1943-2026)

Cuatro planos superpuestos

Que una dictadura persiga medios de prensa no es raro, que lo haga a pretexto de un concurso literario parece irreal. Sucedió en el verano de 1974, y por azar Jorge Ruffinelli sorteó la cárcel. El 4 de febrero, 51 exactos años después, aquejado de una vieja enfermedad, se apagó su vida, en la que construyó una obra inmensa.

Archivo Brecha, S. D. de autor.

Mientras la dictadura avanzaba implacable, el semanario Marcha, debilitado, se negó a abandonar su concurso literario anual. En 1973 solo pudieron ofrecer un volumen colectivo para narraciones breves, que nunca pudo salir. La historia ha sido contada, con detalle, por Hugo Alfaro, por el mismo Ruffinelli, y no puede sino volver a referirse. El jurado (Juan Carlos Onetti, Mercedes Rein y Jorge Ruffinelli) dio el primer premio a «El guardaespaldas», de Nelson Marra, con la oposición de Onetti; por desatención o imprudencia el texto se estampó el 8 de febrero de 1974. El cuento trata de la relación homosexual entre un comisario y su custodio. El régimen lo calificó de «pornográfico», procedió a la clausura temporaria (en noviembre llegará la definitiva), detuvo a los integrantes del jurado, al director, al redactor responsable, al autor, quien pasó varios años preso y sufrió torturas. Apenas unos días antes, Ruffinelli había tomado un avión rumbo a México para asumir una beca, por lo que pasó a la condición de requerido. Este episodio cruel lo convirtió en un mito involuntario.

1. Con/contra el tiempo

El 19 de noviembre de 1967 murió João Guimarães Rosa. Su obra no circulaba en Montevideo y, si alguien hubiera tenido acceso a sus libros –como había ocurrido con Walter Wey y su mujer, Virginia Fagnani–, solo los conocedores muy profundos de la variante brasileña del portugués la hubieran asimilado. En Seix Barral, de Barcelona, se venía traduciendo una parte de su narrativa. En 1965 el poeta español Ángel Crespo vertió de un modo personal Gran sertón: Veredas. Ruffinelli debía evaluar esa trayectoria o, al menos, esa novela clave, para el público de Marcha, donde se perfilaba para dirigir su página literaria cuando aún no había cumplido los 24 años. Ruffinelli contó, dos décadas después, que no conocía la novela. Entonces, debió pasar una noche sin dormir enfrascado en la lectura de la edición española de 450 páginas en cuerpo 11. El 24 de noviembre (número 1.380) apareció «Guimarães Rosa: el diablo en el remolino», que, con escasas variantes, recogerá en un libro que selecciona varias de las notas del período 1967-1973 (Crítica en Marcha. Ensayos sobre literatura latinoamericana. México, Premiá Editora, 1979). (Cuando lo conocí, en 1988, gracias al editor Alberto Oreggioni, amigo desde sus primeros tiempos, acababa de salir ¡Bernabé, Bernabé!, de Tomás de Mattos. Ruffinelli había llegado dos días antes, Beto comentó la novela. «Sí, ya la leí», respondió, y agregó su juicio.)

El trabajo critico –creación en lo urgente– comenzó en Hechos, adonde lo llevó su condiscípulo de la Facultad de Humanidades, el cineasta Mario Jacob, entonces periodista en ese diario de Zelmar Michelini. De febrero a agosto de 1966 le publicaron seis artículos; ya a fines de setiembre Ruffinelli comenzó a escribir reseñas para Marcha, esta vez invitado por su profesor Ángel Rama, a quien reconoció siempre como su maestro, de quien será colaborador honorario en Literatura Hispanoamericana y al que sucederá en la sección literaria. Con el tiempo, Ruffinelli, claramente ligado a la perspectiva sartriana y a la preocupación por el enlace de los textos con el mundo, procuró diferenciarse de su mentor. Privilegió la información en una prosa nítida, que eligió el ritmo narrativo antes que la disquisición teórica en sí, ensayó la entrevista a escritores –género casi inexplorado–, algunas memorables: las varias a Juan Carlos Onetti, las dos a Francisco Espínola –una, de 1968, aún inédita en libro–, la que le hizo a Mario Arregui. Varias fueron reunidas en Palabras en orden (Buenos Aires, Crisis, 1974; reedición ampliada en México, Universidad Veracruzana, 1985). Por otro lado, promovió empecinadamente la literatura comprometida y a sus cultores más ostensibles, Eduardo Galeano entre ellos. Esta opción, que se empujaba con vigor desde Cuba, lo marcó para siempre, como se advierte en su estudio sobre Nicolás Guillén (Poesía y descolonización. México, Universidad Veracruzana, 1985), el único extenso trabajo sobre poesía de toda su obra. En Marcha, esa mirada encontró su contracara paródica en un artículo de Luis Campodónico, que parece destinado al joven crítico (número 1.463, 19-IX-1969).

2. Edición/política/polémica

A fines de los sesenta Marcha se expandió dentro y fuera del país. En el 67 comenzó el mensuario Cuadernos de Marcha; dos años después, el doctor Carlos Quijano quiso cumplir su sueño editorial, en el que había incursionado ocasionalmente, y fundó la Biblioteca de Marcha. A su frente, puso a Ruffinelli, quien se había iniciado con Rama en esos menesteres en la editorial Arca y en la Enciclopedia Uruguaya.

El golpe del 27 de junio del 73 también infligió daños gravísimos a empresas frágiles como las editoriales, afectadas por las persecuciones de sus integrantes y por el retiro de impresos que, a menudo, ni siquiera estaban prohibidos expresamente. Con retrasos por la falta de presupuesto, derivada, también, de una crisis general (inflación, fuga del público), con la incertidumbre sobre las consecuencias personales, aun así, en enero de 1974, Arca envió a los Talleres Gráficos 33 el volumen Tiempo de abrazar y los cuentos de 1933 a 1950, de Onetti, con una introducción de Ruffinelli. Esos fueron los días alucinatorios de su partida a México y la cacería de la gente de Marcha, Onetti entre ellos, cuyo libro salió de imprenta (no al comercio) cuando ya estaba detenido.

En mayo de 1975, en el número 43 de la revista Plural (editada por el matutino Excélsior), que dirigía Octavio Paz, apareció una reseña sobre el libro firmada por Emir Rodríguez Monegal. En ella refiere la «meritoria labor bibliográfica» de Ruffinelli y Hugo Verani, y discrepa con la lectura del primero sobre el cuento «Los niños en el bosque». En el número siguiente (junio de 1975) sale una carta de Ruffinelli en defensa de su interpretación y, al cierre, agrega: «Si bien el conocimiento personal ha sido entre usted y yo muy escaso, recuerdo haber pasado mi adolescencia leyendo y estimando en mucho la agudeza de sus ensayos y reseñas publicadas en Marcha, de Montevideo, antes del año 60, y es por eso ahora un privilegio dialogar con usted». Rodríguez Monegal no se llamó a silencio: «Conozco personalmente muy poco al Sr. Ruffinelli, pero sé (como todo el mundo sabía en Uruguay) que ha publicado meritorias ediciones de Quiroga y Onetti, que ha sido funcionario rentado de la editorial Arca y que ha dirigido simultáneamente la sección literaria de Marcha en donde se comentaban, semana tras semana, con elogio los libros de esa favorecida editorial. Estas dos últimas actividades concomitantes, demostrarían, si hiciera falta otra prueba, que el Sr. Ruffinelli no es profesionalmente ingenuo». Entonces, se esfumó cualquier señal de paz: «Mi respuesta a su calumnia: mientras dirigí la sección literaria de Marcha no trabajé en ninguna editorial que no fuera la propia del semanario, en efecto, me hice cargo de la Biblioteca de Marcha durante cinco años. Tal vez el Sr. E. R. M “ignoraba” que al asumir estas mencionadas actividades renuncié a obligaciones laborales anteriores».

3. México/Onetti/contratiempos

La Universidad Veracruzana, situada en Xalapa, la capital del estado de unos 300 mil habitantes, estaba tomando impulso cuando Ruffinelli llegó a esa ciudad becado por el Centro de Investigaciones Lingüístico-Literarias. Allí, profesor e investigador por primera vez y para siempre, permaneció hasta 1988, beneficiado por la ciudadanía mexicana. A su narrativa, que ya venía explorando (Juan Rulfo, Azuela), dedicó un esfuerzo que supo de reconocimientos, con un firme centro en la revolución y la experiencia de los extranjeros, como en los tres finos ensayos sobre la huella de ese territorio en los textos de B. Traven, D. H. Lawrence y Malcolm Lowry, El otro México (México, Nueva Imagen, 1978), o en Literatura e ideología: el primer Mariano Azuela (1896-1918) (México, Premiá Editora, 1982), en el que llama nuestro país a su nuevo hogar.

Una fértil combinación tenía que arrojar buenos resultados: su energía singular, su aprendizaje en el mercado periodístico-crítico y editorial montevideano, los contactos establecidos en Montevideo y Buenos Aires, el creciente exilio de escritores del Cono Sur en México. Con estos elementos, desde su llegada, Ruffinelli pudo realzar a la Universidad de provincias que lo había acogido y donde necesitaba afirmarse. Primero, impulsó la revista Texto Crítico, cuyo número inicial salió en enero-junio de 1975, presidido por un artículo de Rama sobre García Márquez; segundo, regularizó la invitación a escritores de relieve nacional (Sergio Pitol) y de significación ya universal (Julio Cortázar). Entre esta última modalidad sorprendió a todos la visita de Juan Carlos Onetti del 5 al 9 de junio de 1980, poco antes de obtener el premio Cervantes. En torno a su obra se organizó un congreso donde pudieron encontrarse varios uruguayos dispersos por las cercanías: Manuel A. Claps, Enrique Fierro, Rama, Carlos Martínez Moreno, Verani, Ida Vitale, junto a especialistas de distinto origen, desde Josefina Ludmer a Margo Glantz. Las comunicaciones se difundieron en el número 18-19 de la revista en el mismo 1980. Entre amigos, con su habitual sonrisa algo sardónica y su tono de voz tenue y mexicanado, Ruffinelli contó que el gobernador del Estado –se llamaba Agustín Acosta Lagunes– llegó a la inauguración con un amplio séquito, tomó la palabra y, al concluir, giró hacia Onetti, sentado a su diestra, impertérrito. Apoyado en un gesto teatral, dijo: «Y ahora, hable usted, Maestro». Onetti contestó: «Yo no hablo, escribo». El gobernador, sin hesitar, le respondió: «Y siga escribiendo, Maestro». De inmediato, se retiró con sus acompañantes oficiales con el mismo ímpetu con que había arribado. Ruffinelli esperó lo peor. Pero eso nunca llegó.

4. Proyectos

Libros y más libros, artículos que nutrieron esos libros, dirección de revistas, de tesis, congresos, viajes, incluido su retorno a Uruguay una vez que en 1985, al fin de la dictadura, se levantó la interdicción. En 1988 fue contratado por la Universidad de Stanford (California), donde permaneció hasta el final, para lo que debió hacerse ciudadano de ese país. De inmediato, allí, retomó su revista, ahora llamada Nuevo Texto Crítico, que esta vez se abrió con un artículo de Augusto Roa Bastos. Pisando el medio siglo notó que tantas obligaciones postergaban sus más persistentes proyectos. Espigo de una carta que me remitió el 23 de abril de 1991: «Ahora ando muy ocupado y preocupado con la jefatura de este departamento, que quiero largar lo antes posible. En julio viajo a Madrid, para empezar el proyecto de escribir la biografía de Onetti (sí, ya sé que es proyecto de Prego también). También espero ver a Peri Rossi en Barcelona, y tal vez hacer algún libro con ella, sobre su literatura. El año próximo solo enseñaré un curso sobre cine latinoamericano, y me las arreglaré para me dejen pasarme todo el año escribiendo un libro sobre Rulfo/Onetti, y empezando la investigación para escribir el libro “definitivo” sobre el Boom (que saldrá en inglés al mismo tiempo o antes que en español)».

De todo esto, si acaso, restaron artículos. Durante un tiempo subsistió la idea de la biografía sobre Onetti. Con ese fin empezó por entrevistar a todos sus cercanos. Nada de eso, que sepa, dio a conocer. La última vez que lo vi, en 2012, se sentía incómodamente lejos de ese proyecto, porque el cine se había transformado en algo más que en un curso regular. En agosto de 1996 habíamos coincidido en un simposio sobre Borges en la Universidade Estadual de Rio de Janeiro, organizado por el siempre dinámico João C. de Castro Rocha, quien estaba por concluir su doctorado en Stanford. Le dije que nunca había ido a Río y me comentó que lo acompañara a la Cinelandia, el centro algo claudicante de la ciudad. Las actividades nos dejaban poco tiempo y el ansiado paseo consistió en acompañarlo, durante dos horas, en procura de películas en VHS por un par de pequeñas oficinas metidas en enormes edificios contiguos, en la acera opuesta a la Biblioteca Nacional. Indiferente a mis quejas, con su impasible amabilidad, tuve que resignarme a que el trabajo estaba primero. En mayo del año siguiente volvimos a coincidir, esta vez en Alicante, en el homenaje a Mario Benedetti que organizó la Universidad cuando le otorgó el doctorado honoris causa. Ahora tenía la definida obsesión de un diccionario de cine latinoamericano compuesto por breves fichas técnicas y valorativas, forma que dominaba desde su juventud. Algo comenté sobre Horacio Quiroga. Entre personas y personajes (1987), del argentino Eduardo Mignogna, de paso, uno de los últimos premios de narrativa de Marcha. Como respuesta obtuve una embelesada lectura de su reseña sobre esta miniserie, que buscó, raudo, en su laptop. «Me encierro en casa y miro tres o cuatro películas en video. Tomo notas, escribo», comentó. Resultado vernáculo de este nuevo empeño fueron las 650 páginas de Para verte mejor. El nuevo cine uruguayo y lo anterior, que abarca –lo anuncia la portada– «983 películas» (Montevideo, Trilce, 2015). Luego, hubo dos libros semejantes sobre las 130 películas de ficción y los 130 documentales más significativos de América Latina, además de varios volúmenes de desigual extensión o de números monográficos de Nuevo Texto Crítico sobre la filmografía de Tomás Gutiérrez Alea, Patricio Guzmán, Fernando Pérez, Víctor Gaviria, entre otros, creadores atravesados por una pasión política y social que, estuviera donde estuviese, Jorge Ruffinelli nunca olvidó.

Artículos relacionados