Hay que reconocerle a Gabriel Oddone que fue el primero en oponerse públicamente al llamado plebiscito de la seguridad social. Ya el 28 de setiembre de 2023 –cuando recién empezaba la recolección de firmas– publicó en el semanario Búsqueda que la reforma constitucional que promovíamos era una iniciativa «inadecuada, inconveniente e imprudente». Aunque respetuoso, y compartiendo «los propósitos loables», su pronóstico era que, si triunfábamos, se provocaría poco menos que la venida abajo del Uruguay.
Por esos motivos no firmó la papeleta, es decir, no estuvo de acuerdo con que el pueblo democráticamente decidiera sobre tres medidas cautelares claves en materia previsional: pasividades mínimas, edad de retiro y eliminación de las administradoras de fondos de ahorro previsional (AFAP). En su concepción, temas como estos debían quedar en manos de «expertos», de políticos presuntamente representativos y –a veces– de delegados de determinados sectores de la sociedad, pero no podían ser objeto de definición directa del soberano. Solo las decisiones tomadas por ciertas élites serían las adecuadas, convenientes y, sobre todo, prudentes.
La humildad y/o la astucia electoral
Sin embargo, 14 meses después –siendo candidato a ocupar el ministerio, habiendo sido ya habilitada la consulta popular y luego de ver que casi 1 millón de compatriotas votamos el Sí– entonces muy sensatamente señaló que «gane quien gane la elección no se podía ignorar que cerca del 40 por ciento de los votantes apoyó cambios importantes en la seguridad social». Ello implicaba que dichos temas «deben ser abordados en el diálogo social». (Además, esa vez dijo, acaso pensando en ganar o mantener votos del Sí para el triunfo del Frente Amplio [FA] en el balotaje y para asegurar su nombramiento, que si el plebiscito hubiera triunfado, «no era el fin del mundo»).
Pensaba bien: si a ese 40 por ciento se sumaba como correspondía un porcentaje importante de ciudadanos que no votaron la papeleta por razones de forma y oportunidad, pero sí apoyaban los tres puntos, resultaba así que una clara mayoría estaba de acuerdo en discutir esas medidas en el diálogo social para transformarlas en hechos.
Caminando, pero para atrás
Pero pasado un año, hace pocos días –sin decir agua va y aprovechando el verano y las distracciones que provoca– hemos podido constatar que Oddone ha completado su regresión a una postura muy retrógrada, por cuanto da cuenta de una soberbia que parecía no existir en él, y ha cambiado radicalmente su postura.
De nuevo en Búsqueda, ahora asegura que el tema de las pasividades «no es algo central»; que no imagina grandes transformaciones a la «reforma» del sistema jubilatorio de la administración pasada. Y al hablar de otros temas importantes de la política económica, como el impuesto del 1 por ciento al 1 por ciento más rico, se destempló totalmente y dijo que hay cambios que jamás se realizarán «mientras yo sea ministro de Economía […]. Capaz que con otro ministro sí». Así nomás.
La «fuerza política» actuando como colchón
Soy de los que piensan y creen que las responsabilidades principales en casos como este –sin quitarle «méritos» a Oddone por su contradicción–, más que en la persona, están en las organizaciones políticas que lo han llevado al gobierno, en este caso notoriamente el FA, que es al que debería responder el susodicho.
¿O es el FA el que responde al gobierno, en un cambio radical con relación a lo que muchos aprendimos del general Liber Seregni?
Porque 1) es claro que Oddone contradice in fraganti sus propios dichos; 2) manifiesta opiniones francamente contrarias a lo que fue la postura del FA con relación a la ley 20.130 de Lacalle Pou, contra la que votó unánimemente y prometió cambiar si ganaba la elección; 3) borra de un plumazo lo escrito en el programa de gobierno y confronta promesas expresadas por el hoy presidente Yamandú Orsi.
¿No hay nadie que le salga al cruce de manera tajante y ponga las cosas en su adecuado lugar, con todo respeto como debe ser? Salirle al cruce es respetar y defender las posiciones de quienes llevaron al FA nuevamente al gobierno. ¿Qué tiene para decir Fernando Pereira? ¿En dónde quedó el «sabremos cumplir» repetido hasta el cansancio en la campaña electoral? ¿No se aprendió nada del proceso chileno, por ejemplo?
Atrasos en el movimiento popular
La verdad es que hemos estado más que quietos. Salvo algunas declaraciones importantes de la compañera Nathalie Barbé y de Carlos Clavijo, o las recientes de Marcelo Abdala, que avanzan en una dirección correcta, recién ahora hay señales claras de que se va a comenzar la preparación y organización para una lucha acorde a la importancia de los temas en cuestión.
Sabemos que ella deberá ser muy importante y necesariamente callejera para que los productos del diálogo social sintonicen no solamente con la importancia del programa popular, sino que, además, exijan que de veras se cumpla con el de la «fuerza» política, comprometido ante la ciudadanía.
Esto es: la realización de lo que se escribió y se acordó por unanimidad en el Plenario Nacional del 14 de octubre de 2024 –«casualmente» 15 días antes de las elecciones nacionales y del plebiscito– sin olvidar que dicha resolución es parte constitutiva de «la biblia frenteamplista». Quiero decir: cumplir con la promesa de mejorar sustancialmente las pasividades mínimas (no por cuentagotas); volver a los 60 años como edad de retiro (estimulando económicamente su postergación a quien pueda y lo desee), y consolidar un régimen jubilatorio y pensionario sin fines de lucro (esto es sin la existencia de las AFAP, ya que, por definición, vinieron para lucrar con la administración de la plata de los trabajadores y las trabajadoras).
Los papelitos ministeriales
Francamente, la actual soberbia de Oddone me sorprendió. A menos que esté aburrido y quiera que lo echen…, el suyo parece un comentario extremadamente provocador, mostrando actitudes que antes no parecían comunes en él. ¿Qué es lo que cambió? Que en 2023 no era candidato a nada; que en noviembre de 2024 ya lo era para ocupar tan importante cargo, y que ahora nos habla ya sentado desde su nuevo y, acaso, cómodo sillón. Esos son los datos de la realidad.
Lo cierto es que, lamentablemente, una actitud como la suya no resulta extraña en la política uruguaya y vemos que no es patrimonio solo de los partidos tradicionales. Creo que así se le hace daño a nuestra democracia y al proyecto colectivo que han llevado adelante cientos de miles de frenteamplistas a lo largo de años. ¿Cuánto daño? Creo que todavía no lo sabemos.
Con todo, lo peor es lo que Oddone parece querer demostrar y promover como resabio e indicación hacia adelante: que no existe otro horizonte para nuestro país que el de ver el paso de gobiernos, más o menos prometedores, que no se animan a intentar la concreción de cambios más o menos profundos y, por el contrario, surfean sin modificar la relación actual entre unos pocos poderosos y la inmensa mayoría de nuestro pueblo.
Confiar en quienes debemos confiar
Afirmar, como Oddone lo hace, que determinadas cosas no se pueden hacer porque hay políticas sociales justas, porque terminan siendo «inconvenientes para el clima de inversiones –porque puedo perder inversores cuando los necesito–» es, por lo menos, cuestionable desde la izquierda. Olvida algo muy sencillo y esencial que ya Séneca el Joven nos lo enseñaba hace más de 20 siglos: que «las cosas son difíciles cuando no nos atrevemos a hacerlas».
Porque si, en vez de desoír las reales necesidades de nuestro pueblo en materia de jubilaciones y pensiones, se las escuchara y se optara por hacer todo lo necesario para satisfacerlas junto con el mismo pueblo, muy otro sería el cantar. Su cobertura se haría al fin verdaderamente universal, clausurando el creciente número de excluidos y excluidas actuales; se convertirían en verdaderamente suficientes sus prestaciones; se las finan|ciaría con profunda justicia, de tal modo que los dueños del capital dejen de tener exoneraciones injustificadas… y un largo etcétera.
A partir de ello sí se cumpliría al fin el objetivo de la seguridad social que desde su creación no es otro que la verdadera distribución de la riqueza: es decir, el dar a cada uno y cada una conforme a sus necesidades, y el recibir de cada uno según su capacidad contributiva cierta. Hay que hacerlo porque estamos hablando de un derecho humano fundamental con el que muchas veces se hacen gárgaras, pero no se actúa en consecuencia.
Si en lugar de este «no hacer olas» porque pueden afectar a los privilegiados de siempre, se eligiera apoyarse en las múltiples capacidades populares, actuando desde ellas sobre la realidad para modificarla profundamente, tal vez –como querían muy queridos como César Vallejo o Paco Espínola– podríamos encontrarnos con que un día estemos «desayunados todos», a partir de la solidaridad como causa y efecto de nuestras acciones colectivas e individuales. ¿O estoy muy equivocado?
Adolfo Bertoni es expresidente de la Asociación de Trabajadores de la Seguridad Social.











