Cuba fue la última colonia española en América. La lucha de su pueblo por liberarse del yugo colonial fue larga y cruenta. Ya entonces la mano del imperialismo estadounidense frustró su plena independencia. En 1898, Estados Unidos intervino mediatizando la victoria de los revolucionarios cubanos, se apropió de Puerto Rico –que hasta hoy es una colonia estadounidense– y ocupó Cuba. La base de Guantánamo, que Estados Unidos usurpa de manera ilegal y ha convertido en cárcel, es una secuela de esos tiempos.
La revolución cubana de 1959 quebró el dominio estadounidense sobre la isla y mostró a América y el mundo que un pueblo valiente y unido, aun pequeño, es capaz de resistir al más poderoso imperio de la tierra. Desde entonces Estados Unidos ha utilizado todos los medios imaginables para destruir ese ejemplo: agresiones militares, ataques terroristas y un bloqueo económico que dura más de 65 años.
Cuba ha sido muchas cosas durante estos años: un experimento de construcción social que pretendió poner al ser humano en el centro, el intento por impulsar políticas de desarrollo novedosas, refugio y lugar de encuentro de aquellos que en el mundo luchaban por la justicia y la libertad. A lo largo de todos esos años, mientras el mundo sufría enormes cambios y la agresión imperialista se mantenía (y muchas veces se reforzaba), Cuba intentaba avanzar en la construcción de una sociedad mejor. A pesar de la agresión, el embargo, las muchas limitaciones y los errores propios, siempre mantuvo algunos principios básicos: la búsqueda de la justicia, la prioridad de una salud y educación para todos, el impulso a la ciencia y la cultura, la centralidad del bienestar de los niños, la priorización de la generosidad sobre el egoísmo.
Si algo ha caracterizado a la revolución cubana y a su pueblo ha sido la generosidad y la solidaridad. A pesar de vivir enormes privaciones, recibió miles de refugiados de toda América cuando las dictaduras asolaban nuestros países; apoyó decididamente la lucha anticolonial de los pueblos de África; contribuyó con la sangre de sus soldados a acabar con el apartheid en Sudáfrica; recibió a miles de jóvenes del tercer mundo (muchas veces gratuitamente) para estudiar medicina o cine; envió decenas de miles de médicos y personal de salud, maestros, deportistas, técnicos a trabajar en docenas de países del mundo. Se ha hecho costumbre ver a los médicos cubanos trabajando en los lugares más peligrosos o recónditos del mundo, allí donde casi nadie quiere o se atreve a ir. Su humildad y la seriedad de su compromiso humano son la mejor muestra de los valores profundos que encarnó la revolución, más allá de sus errores y las crisis que la afectan. El imperio nunca ha dejado que la revolución cubana ponga plenamente en marcha su proyecto social, pero a pesar de ello ha logrado cosas increíbles: en primer lugar, la calidad humana de su gente (que se basa en el espíritu históricamente fraterno de los cubanos y que incluye los valores humanísticos propios de la revolución).
Hoy el imperialismo estadounidense, bajo el gobierno del presidente Donald Trump, intenta asfixiar por todos los medios a Cuba. Su situación económica es muy crítica debido al reforzamiento del bloqueo por parte de la administración Trump y a dificultades internas para tomar medidas que permitan dinamizar la economía. El turismo, una de sus fuentes principales de ingresos, no ha logrado recuperarse después de la pandemia. Hay apagones, a veces de más de 12 horas. La emigración más fuerte de las últimas décadas drena valiosos recursos humanos formados, etcétera. En esas condiciones, Trump ha amenazado con represalias a todo país que intente venderle petróleo. Cree que el régimen se derrumbará o que la población se sublevará. En realidad, se trata una vez más del castigo a todo un pueblo que sufre las consecuencias atroces de esos juegos de poder. Millones de cubanos no tendrán energía para movilizarse o encender sus refrigeradores, sufrirán hambre, tal vez mueran. El pueblo cubano tiene una enorme capacidad de resistencia. Seguramente lo seguirá demostrando, pero ¿lo dejaremos solo en este trance?
No se trata de un hecho aislado. Trump ha apoyado activamente el genocidio del pueblo palestino en Gaza y busca apropiarse de ese territorio para construir allí una riviera de lujo. Amenaza con apropiarse de Groenlandia y Canadá. Sus acciones internacionales son coherentes con las prácticas racistas, retrógradas y liberticidas que aplica contra su propio pueblo. Estamos asistiendo al surgimiento de un nuevo orden mundial, liderado por las fuerzas más reaccionarias, para las cuales incluso la noción de justicia social es inaceptable (como ha dicho el presidente argentino Javier Milei).
El gobierno de Estados Unidos ha declarado que se guía por la doctrina Monroe, que postula que «América es de los americanos». Pretende destruir la ONU y toda la legalidad internacional construida en los últimos 80 años y sustituirla por la ley del más fuerte. El secuestro ilegal del presidente Nicolás Maduro y su esposa puede ser considerado el primer capítulo de esta nueva etapa, que implicará amenazas a la soberanía de toda América Latina. Los Estados Unidos de América se creen con derecho a apropiarse de nuestros recursos y a definir con quiénes se relacionan nuestros gobiernos. Nadie crea que se conformarán con Cuba. El imperio viene por todos.
Poco antes de morir en combate contra el colonialismo español, José Martí escribió a su amigo Manuel Mercado que luchaba para «impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América». Ya entonces Cuba estaba en la primera línea ante la agresión imperial. Ya entonces se inmolaba por todos nosotros. ¿La dejaremos sola hoy, cuando se cierne sobre ella la amenaza del hambre y la destrucción?
Es tiempo de recordar a Martin Niemöller: «Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,/ guardé silencio,/ ya que no era comunista./ Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,/ guardé silencio,/ ya que no era socialdemócrata./ Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,/ no protesté,/ ya que no era sindicalista./ Cuando vinieron a llevarse a los judíos,/ no protesté,/ ya que no era judío./ Cuando vinieron a buscarme,/ no había nadie más que pudiera protestar».
Nada es inevitable si levantamos la voz, si nos organizamos, si no olvidamos el valor de la solidaridad y de la lucha. Es el momento de la solidaridad activa y multiforme con el pueblo cubano.
¡Hoy defender a Cuba es defender a la humanidad!
Las adhesiones se reciben en la plataforma Change.





