Más allá de la siempre activa factoría académica que produce, año tras año, semestre tras semestre, una profusa y variada mercadería de exégesis cervantina, en los 400 años y pico transcurridos de la publicación original (y doble) del texto –recordemos, en este apartado, para lectores que no tengan tan fresca la precisión editorial: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605) y El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615)–, muchos escritores han abordado el universo del caballero de la triste figura en innúmeras variantes. Sin ningún afán completista, apelando a la memoria y a los estantes de la biblioteca que rodean la escritura de esta nota, pueden mencionarse acá desde Cervantes y el Quijote, las notas y ensayos escritos por Jorge Luis Borges, hasta Monseñor Quixote, esa novela-pastiche (y una de las últimas) de Graham Greene, pasando por Viaje por mar con don Quijote, el diario de lecturas llevado por Thomas Mann mientras cruzaba el Atlántico en un transatlántico, allá por 1934, y el Curso sobre el Quijote, esa suma de diatribas que conforman las lecciones que dictó Vladímir Nabokov entre 1951 y 1952 en la Universidad de Harvard y que constituyen, definitivamente, el punto más bajo de la prodigiosa obra del gran maestro ruso. A esa ecléctica y extensa sección de libros surgidos a partir de la obra cumbre del manco de Lepanto hay que sumar el flamante El verano de Cervantes, del novelista español Antonio Muñoz Molina.
A pesar de la profusa selección de lecturas sobre el tema que cierra el volumen, y que incluye textos de autores tan disímiles como Gustave Flaubert, Erich Auerbach, Miguel de Unamuno, Américo Castro y Manuel Azaña, el libro que Muñoz Molina le ha dedicado a Miguel de Cervantes y al Quijote no tiene ninguna pretensión crítica, académica ni de mera divulgación. Tampoco es una ostentación de erudición libresca ni un cúmulo de reflexiones programáticas, masticadas alrededor de la novela inmortal. Se trata de un libro personalísimo no solo por su conformación en bloques heteróclitos, de variada extensión y múltiples derivas, sino por la pretensión de registrar una vida entera de relecturas de Don Quijote de la Mancha. En El verano de Cervantes, Muñoz Molina escribe sobre un libro que lo ha atrapado (y que lo mantiene igual en el presente de su escritura) y, al hacerlo, traza de forma indeleble, con una puntillosidad proustiana, su propia biografía de lector. En tal sentido, El verano… ilumina los procesos creativos del autor de novelas como El invierno de Lisboa (1987), El jinete polaco (1991) y Plenilunio (1997), pero, además, se constituye en una encendida defensa de la lectura, ese acto tan solitario y creativo, atacado en todas las épocas (en otros tiempos, por el fuego y las purgas; en estos, por los efímeros estímulos de la entelequia virtual).
Para desarrollar su autobiografía como lector del Quijote, Muñoz Molina despliega en El verano… una serie de conexiones entre libros y autores, un magma alimentado por lecturas de ocasión y sistematizadas, desde las novelas de bolsillo de cowboys y marcianos, leídas durante la adolescencia, hasta el influjo del personaje del capitán Nemo en Veinte mil leguas de viaje submarino y La isla misteriosa –dos de los tantos clásicos de Jules Verne–, pasando por la complejidad estructural de ¡Absalón, Absalón!, la reconversión quijotesca del personaje de Tom Sawyer, la mítica cruzada del capitán Ahab a bordo del Pequod y la veracidad que alumbra, adensa y vuelve más verídicos a los personajes de Juan Carlos Onetti que pueblan Santa María. A partir de esa pasión lectora y con tamaño archivo literario de fondo, Muñoz Molina incorpora a su libro otras experiencias de lectura, más cercanas y reales por formar parte de la memoria intergeneracional de sus antepasados, que no eran, precisamente, gente leída, pero que reconocían el valor del material impreso. Uno de los puntos más destacados constituye la historia de su abuelo materno, mulero en Úbeda, que rescata de una quema de libros en los primeros días de la guerra tres volúmenes: Orlando furioso, Historia de un hombre contada por su esqueleto y un Don Quijote de la Mancha publicado por la casa Editorial Calleja en 1881. A los tres libros, tiznados y chamuscados en los bordes por el rigor de las llamas, accederá el niño Antonio Muñoz Molina muchos años después, quien comenzará a labrar ese vínculo indivisible ya no solo con la literatura, sino con la memoria de aquel abuelo lector que todas las noches, como si de una serie o un folletín se tratase, le leía a sus hijos, a la luz de una lámpara, la inmensa (por su extensión, claro) novela Rosa María, un combinado de crímenes, traiciones, huidas y pasiones. Allí, en ese acto en semipenumbras, Muñoz Molina observa que «en la manera de leer los tiempos se parecían a los de Cervantes: en vez de una lectura solitaria y en silencio, una ceremonia compartida, en la que el libro multiplica su audiencia al ser leído en voz alta por ese raro miembro de la comunidad que a diferencia de los demás sabe leer».
Además de la historia familiar que se va incrustando en la lectura que Muñoz Molina hace del Quijote, la otra corriente que nutre El verano… la conforma una serie de revelaciones –aunque sería mejor decir iluminaciones– que tienen que ver con la propia sustancia del texto, esto es: los apuntes espigados a través de sucesivas lecturas, con el paso de las décadas, en los que el autor aprehende no solo la técnica, sino el sustento moral, ético y ontológico de Cervantes y de su personaje más famoso. Hay varios momentos destacados en esa veta –la brevedad del archiconocido episodio de los molinos de viento, la cuestión escatológica en Sancho Panza, el asunto de la traducción del texto, etcétera–, pero, puesto a ejemplificarlos con uno, quisiera referirme a la solidez compositiva de los personajes secundarios que atraviesan la novela de Cervantes. Apunta Muñoz Molina que cada personaje, por muy fugaz que sea su aparición, tiene una plena identidad singular, como el arriero con el que se encontrará Maritornes, al que se lo describe con lujo de detalles, aunque cruza la trama y desaparece sin pena ni gloria. Ahí encuentra el autor una de las cualidades máximas del novelista Cervantes, en «la sobreabundancia, como en la vida misma, de lo valioso y de lo innecesario, de los mil pormenores que nunca agotarán la riqueza inabarcable, el desorden magnífico de lo real».
Con una elaboradísima prosa, que subraya la condición de auténtico orfebre de la lengua de Antonio Muñoz Molina, El verano de Cervantes se lee con la avidez de una buena novela policial, pues hay mucho de reconstrucción, seguimiento de pistas y dilucidación de misterios en su argamasa, pero, por sobre todas las cosas, su lectura propicia la relectura de Don Quijote, ese libro total, por siempre inabarcable, el universo del que venimos todos.


