«Cerca de aquí intentaron exterminarnos. Pero no pudieron. Los charrúas estamos y seguiremos de pie. 11 de abril de 1831», rezaba un cartel de madera desvencijada que colgaba de un alambrado, cerca del imponente memorial de Salsipuedes, erigido allí en 2005, obra del escultor Juan Carlos Ualde. En el mismo lugar, había una cartulina naranja con dibujos infantiles en la que podían verse a indígenas en sus atuendos típicos, hojas de cuaderno que a puño y letra informaban sobre su cultura y una lista de palabras en «vocabulario charrúa».
Enseguida, la delegación del Consejo de la Nación Charrúa (Conacha), recién llegada en ómnibus de Montevideo con gente de todo el país, se unió en ronda a los niños de la Escuela Rural 29 Vaimaca Perú, de Tiatucurá, localidad de Paysandú, que los estaban esperando. Con los brazos extendidos, saludaron uno a uno a los cuatro puntos cardinales, se tomaron de las manos y se presentaron al ritmo del tanú(tambor), para abrir paso a los siete pequeños alumnos que, con ayuda de la maestra, procedieron a narrar el amargo episodio perpetrado allí, por un grupo comandado por Fructuoso Rivera, 195 años atrás.
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No es la primera vez que el Conacha trabaja con escuelas rurales para difundir y educar sobre la memoria indígena, además de hacer donaciones, contaron al semanario Gabriella Puyol, presidenta de la organización, y Martín Delgado, su vocal. «Era algo que nosotros habíamos hecho en 2008, 2010, 2011, hasta el 2013. Después hubo un cambio en las autoridades educativas departamentales, que empezaron a bajar línea para que no trabajaran el tema indígena. Después del 2014 muchas escuelas se retiraron», repasó Delgado, al tiempo que señaló lo importante de estas acciones para centros «muy abandonados», como la escuela de Tiatucurá, hace cinco años sin mantenimiento edilicio y con goteras, según las maestras.
«Es importante porque son las nuevas generaciones que están rompiendo con eso de que Uruguay es un “país sin indios” o que se murieron todos, y es una escuela que tiene el nombre de un cacique importante para nosotros. Entonces está bueno que tengan esa conciencia desde chicos. No podemos no sentirnos parte de eso y queremos ayudarlos, darles una mano», explicó Puyol, e indicó que el trabajo sigue en Montevideo, donde intentan trasladar sus posturas a la Administración Nacional de Educación Pública.
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A las ocho de la noche, a orillas del arroyo Salsipuedes, el sol regalaba sus últimos rayos mientras el campamento se reunía a pelar verduras y cortar la carne para un guiso olímpico. Prontos los ingredientes, vivas las llamas, el bufido de la caracola convocaba a la tribu alrededor del fuego. Ciro, del Clan Choñik –que presentó la ceremonia en la tarde–, invitó a tomarse las manos y dar las gracias (mar ipir), y dio inicio al bastón de la palabra, ritual con el que los asistentes se dan a conocer y reflexionan. Algunos –porque su cara lo muestra, su corazón lo dicta o su memoria lo atestigua– se reconocieron sin titubear como charrúas y compartieron sus experiencias; muchas de ellas, a partir del recuerdo de sus abuelas y abuelos, discriminados y señalados por su inequívoca identidad indígena, responsables, según dijeron, de sembrar la semilla que los llevó hasta ahí.
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Según los dirigentes del Conacha, la travesía a Salsipuedes, cada 11 de abril, se realiza desde 1997 junto con otras organizaciones movidas por «el sentir indígena». Si bien valoran la visibilización que experimentó el tema en los últimos años, Delgado y Puyol opinan que, a excepción de 2011 –cuando se celebró el Bicentenario del Proceso de Emancipación Oriental– y de 2022 –cuando se nombró el Paso del Salsipuedes como sitio de memoria–, nunca contaron con la participación de autoridades departamentales ni del gobierno, a pesar de haber sido invitados. «Que yo recuerde, en 2011 y 2022 fueron las únicas ocasiones. Fueron diputados y alguna vez la alcaldía de Guichón», afirmó Delgado; algo que para Puyol demuestra que el tema indígena todavía es un asunto «de archivo» para el Estado.
Aunque destacan la presencia del asunto en el último programa del Frente Amplio (FA) y piensan que la gente está «más interesada», coinciden en afirmar que no pasa lo mismo con quienes ejercen «el poder de mando». No ven interés en sus demandas, sobre todo en lo concerniente a la ratificación del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (sobre la protección de los pueblos indígenas) por parte del Estado, así como en el desarrollo de una «política pública antirracista» que incluya, en los hechos, «la situación de la gente indígena». Puyol deslizó la idea de que esto también deja ver otra ruptura del gobierno del FA con sus bases, que han mostrado la intención de discutir y visibilizar el tema, por ejemplo, a través de charlas en comités con el Conacha.
Frente a cierta popularización del pensamiento mileísta, que ven en organizaciones como el Conacha a grupos que «quieren vivir del Estado», Delgado sostuvo que el proyecto de exterminio ejercido en la época de Rivera benefició, mediante el aparato estatal, a sectores minoritarios de la población: «Nunca se ponen a pensar que mucha gente se enriqueció y hay fortunas históricas acumuladas gracias a esas políticas antindígenas». Según Puyol, la principal demanda del movimiento es que Uruguay se reconozca como «país con indios» y que, además, se les pida perdón a las víctimas y sus descendientes. «No hay nada más violento que te digan que no existís», remarcó.
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Iluminados por una luz desde el nadir, atentos a que la lluvia no apagara el fuego, los rostros apenas se distinguían. El bastón seguía pasando uno a uno; algunos presentaban discursos más políticos, otros más emotivos.
—Somos charrúas, somos indígenas y ¡estamos acá! –dijo uno de ellos.
—Siempre que vengo pienso en el porqué… Y eso me lleva a nuestra libertad, por esa forma de caminar que teníamos, y digo teníamos porque nunca la recuperamos –prosigue otro de los más viejos.
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Sobre la base de una idea divulgada por el antropólogo Daniel Vidart, algunos referentes del Partido Colorado apuntan contra el Conacha y organizaciones similares por entender que las personas que la integran no son charrúas, ya que, entre otras cosas, en Uruguay existían otros pueblos indígenas en el pasado.
Los representantes de la organización admiten que no son el único grupo, pero señalan que colectivos como Derecho Indígena han realizado encuestas que indican que «la mitad de las personas» que se autorreconocen indígenas lo hacen como charrúas. «También aparece lo chaná, lo guenoa, pero hay mucha gente que dice que no sabe, ¿y por qué? Porque los procesos de destrucción étnica y de racismo estructural borraron las identidades étnicas y dejaron solo la categoría racial. Entonces no sabés si sos charrúa, guenoa, o guaraní; sabés que sos indio, que es una categoría racial. A mucha gente le pasó eso, y nosotros pensamos que si un hermano viene, se acerca a la organización y dice: “Yo no sé si soy exactamente charrúa, porque la memoria de mi familia es que son indios”, no le vamos a decir: “Si vos no sabés que sos exactamente charrúa, salí”. Primero, sería injusto y, luego, sería reproducir lógicas racistas», explicó Delgado.
Puyol, en tanto, habla de «macroetnia charrúa», ya que los pueblos del territorio solían mezclarse a través de relaciones o alianzas en las que compartían toldería. Asimismo, los representantes del Conacha se refirieron a casos como los selk’nam, en Tierra del Fuego, Argentina, que agruparon bajo ese nombre a grupos diversos como los yaganes o los haush, o lo mismo en Chile, con los mapuches.
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La mañana del domingo 12 el campamento se levantó temprano para visitar uno de los sitios donde ocurrió la matanza: el cruce de los arroyos Tiatucurá y Salsipuedes, una encerrona en forma de escuadra donde se puede observar por qué fue el lugar elegido.
«Imagínense esto, no como es ahora, sino con montes más grandes», sugirió uno de los referentes del grupo. Se explicó que el parte de guerra de Rivera «no describe cómo fue la acción» y se relatan los hechos a través de una crónica de un diplomático sueco, presente en la matanza, recogido en el documento conocido como Informe Bladh-Oxehufvud, y del testimonio de «un personaje misterioso» apodado Demófilo, que denunciará el hecho durante la Guerra Grande en el diario El Defensor de la Independencia Americana. Se dice que fueron 1.200 soldados bajo el mando de Rivera, a perdigón, lanza y caballería, contra mujeres y niños indígenas que nunca esperaron la emboscada.
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La importancia del 11 de abril no radica solo en la magnitud de la matanza, sino también en la responsabilidad del Estado uruguayo en su ejecución. «No fue el imperio español, no fue el imperio portugués ni [fueron] los ingleses: fueron los criollos» en el marco de «un sistema republicano constitucional», aseveró Delgado.
Salsipuedes fue, según el Conacha, un «hito simbólico», la piedra angular de «una democracia blanca que continuamente busca borrar lo indígena» y «construirse» por fuera de ello. Delgado agregó que tanto el viaje de los colectivos como el trabajo continuo que realizan diariamente son «la resistencia más grande» que tiene el movimiento indígena en la actualidad en el país.
«Hasta el día de hoy, seguimos viviendo esa campaña riverista. Nos silencian, nos humillan; hay mucha discriminación, mucha violencia y un Estado que sigue sin querer reconocernos. Pero tenemos que decir «ya está», nos cansamos de quedarnos callados. Las nuevas generaciones se van nutriendo cada vez más de esa resistencia y esa rebeldía de no someterse al sistema. Salsipuedes es mucho más que una matanza, es una herida que quedó abierta y sigue sangrando. Y hasta que no reconozcan lo que hicieron, la herida no va a cerrar», finalizó Puyol.






