Mijaíl Chéjov sostenía que los acontecimientos imaginarios suelen encerrar mayor realidad que aquellos que realmente sucedieron. Y que esos hechos posibles, pero no acontecidos, detentan, en sí mismos, cierta búsqueda por existir. Solo se puede especular sobre ellos, pero eso mismo les otorga vida: por lo pronto, también nos dice algo sobre la gente que los imagina.
Emma (Zendaya) y Charlie (Robert Pattinson), aturdidos por los preparativos de su boda, están a días de concretar su sueño. Mientras ensayan su baile de casamiento, ella impugna la coreografía alegando que todo se siente demasiado «performativo». Sin embargo, la coreógrafa no se muestra permeable a redirigir todo lo ensayado: es una boda, esgrime, y una boda es siempre algo «performativo por naturaleza».
La planificación previa al casamiento traduce la necesidad de adecuarse a ciertos códigos culturales de la normalidad burguesa y encierra una preconcepción de lo deseable en ciertos proyectos de vida. Casarse es, en potencia, un acto genuino, pero también una forma de demostración.
Cuando Emma y Charlie recorren las calles de Nueva York durante la noche, descubren a la DJ de la boda consumiendo heroína. Después, la pareja degusta vinos para la fiesta y se termina por emborrachar con sus amigos Michael (Mamoudou Athie) y Rachel (Alana Haim). Y entonces empiezan por preguntarse sobre si la adicción de la DJ no será motivo más que suficiente para despedirla. Tal vez, se frenan, es tan solo que la han cruzado en un mal momento. Y entonces, surge el juego: ¿qué es lo peor que ha cometido cada uno en su existencia? Michael se protegió ante un perro con su ex como escudo humano y Rachel encerró a un niño en un clóset, pero Emma desliza un deseo terrible y esta declaración se vuelve enseguida motivo de juicio moral. La que iba a ser su dama de honor, Rachel, pasa a calificarla de psicópata. No obstante, el dilema consiste en que Emma solo pensó eso que dijo, pero nunca lo llevó a cabo. Lo planificó hasta que se rindió: y ese había sido su mayor secreto hasta el momento.
Sobre esa vieja cuestión –la de que la existencia completa de un individuo puede reducirse a un instante–, el director Kristoffer Borgli formula una pregunta que hereda del cine de Bergman: ¿hay secretos que no acaban de mancillar jamás la estabilidad de una pareja o estos son siempre ineludibles y terminan por explotar y acabar con el vínculo?
Tras El hombre de los sueños (2023), Borgli regresa sobre la disyuntiva entre experiencia vivida y experiencia imaginada. El drama compone diversos escenarios de incomodidad para que los personajes tropiecen con varios dilemas éticos. Hay algo del orden de lo acumulativo en la película, uno que trata de reproducir, desde la propia forma del filme, el exceso de autoconsciencia de los personajes. La dramaturgia de la película objeta el imperativo psicologicista de Charlie, quien busca poner en palabras ese pasado imaginado, racionalizarlo y contraponerlo a lo que Emma tuvo que sufrir al esconder un pensamiento casi impronunciable. Lo interesante ocurre, entonces, cuando la película deja de distinguir entre las objeciones sociales de Rachel y el lenguaje de Charlie al patologizar a su pareja.
Sin embargo, por momentos el filme cae en el efectismo. La sobreestimulación a la que nos expone termina por enredar demasiado los hechos; la película es tan hiperbólica que algunos escenarios nos resultan en exceso convenientes, programáticos. Cuando todo aquel embrollo culmina en la boda, todo se alista, de pronto, tras la hipótesis sociológica, y lo que se pretendía caótico y complejo resulta ahora demasiado premeditado. De manera irónica, el filme se ahoga en su propia autoconciencia y todas sus costuras quedan expuestas. Y entonces, caemos en la cuenta: no solo era la boda lo excesivamente performativo.



