Desde que conocí el proyecto de Martel, añoro conocer cuán profundo fue el aprendizaje (y la escuela que este abre) sobre realización comunitaria, la que la directora salteña y su equipo ensayaron durante la investigación, y cómo fue la clase de registro y vínculo tejidos durante el proceso. En el transcurso de su visita a México el pasado abril,1 Martel contó que la producción de la película había respaldado la memoria audiovisual de los teléfonos de la comunidad completa, con la explícita voluntad de rescatar ese paisaje sonoro –uno que ni la más financiada producción cinematográfica lograría replicar–.
La película reconstuye la historia de una familia y una comunidad a partir de ese recurso: fotos que toman vida gracias al sonido, y la delicada presencia y narración de Hortensia Mamani, guardiana de la memoria de su pueblo y de una colección de fotos que extiende sobre la mesa a modo de tesoro personal.
Algo similar sucede con el video del asesinato de Javier Chocobar. Ocurrido en un simbólico 12 de octubre de 2009, el crimen fue filmado por uno de sus perpetradores. Martel ha dicho que ese registro fue el que disparó la película: por un lado, revela cuán poco importa la calidad téncica de un registro cuando se está frente a un testimonio de esta magnitud; por otro, el video es parte de la prueba que se ventila en una sede judicial.
En un tribunal perdido de una sala oral de la provincia de Tucumán, la directora más reconocida del país decidió meter a un crew entero de cine y tomar asiento ella misma en la sala, todos los días, mientras tomaba notas. Una presencia magnética que asoma por un momento como parte de la trama, justo cuando una de las abogadas de los acusados se queja del «circo» que para ella representa la filmación.
La pregunta, entonces, llega enseguida: en un continente donde la impunidad es garante de privilegios que llevan siglos, ¿el juicio hubiese tenido el mismo final si Nuestra tierra no hubiera sido filmado durante el proceso? «La justicia que logró la comunidad, la logró por su lucha comunitaria: en la calle, asociándose con otras fuerzas vivas, otras comunidades, otras fuerzas políticas. Ahora, ¿cómo puede colaborar el cine?», respondió Martel a la pregunta, abriendo otra. Ese día habló entusiasmada, dejando a un lado el habano que había estado pitando intermitentemente durante toda la charla: «Uno a veces piensa que el cine colabora así, con argumentos que hacen justicia con una comunidad y esa bien puede ser una forma; pero el cine tiene una particularidad y esta consiste en que tiene pre, pro y pos producción».Cuando uno filma dentro de un juicio, dijo, como en la escena mencionada, «la sola presencia de toda esa gente, que se nota que está ahí con curiosidad, con cámaras y micrófonos, lleva a pensar “acá está pasando algo”. Ese es el primer mensaje que manda la gente del cine al mundo».
En la preproducción del documental, cuando se hizo la investigación, se consultaron archivos de catastro procurando registros y documentos sobre la propiedad de la tierra, base del conflicto (y de la película), algo que a ojos de la directora interpeló a las instituciones que duermen la siesta de la burocracia y a los funcionarios que las atienden. «Ese ya es el segundo momento –dijo– todavía no se hizo la película pero de esa manera ya se está alterando un poquito la historia.» Despues, siguió, viene la realización de la película, un momento de encuentro único: «La gente urbana del cine en contacto con la comunidad rural, y en esos intercambios de información, la generación de otro momento importante». El vínculo se sostuvo durante años y la comunidad fue la primera en ver la película terminada, antes que nadie.
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Más tarde en su charla, la directora refirió la idea, expresada ya muchas veces, de que es necesario romper el gueto de la identidad para poder dar lugar a los conflictos a nuestro alrededor, aún cuando no nos impliquen directamente: «Cuando se hizo la película, no estuvo la comunidad, estaba la gente del cine: ¿eso nos da menos derecho a poner nuestra atención en los acontecimientos que está viviendo una comunidad indígena? No. Nos puede hacer cometer errores de interpretación, pero también nosotros tenemos derecho a opinar de nuestra época, estamos obligados a ello. Porque, aunque hagamos Pretty Woman, también estaremos opinando sobre nuestra época, manifestando a qué cosas del mundo prestamos atención».
La sucesión de granitos de arena que la película fue sumando a la lucha comunitaria tuvo su momento cúlmine una vez estrenada, cuando recibió el premio a la mejor película en competencia del 69 Festival de Cine de Londres (BFI London Film Festival), el 19 de octubre de 2025. Diez días después, la Suprema Corte de Justicia de Argentina emitió un segundo fallo condenatorio contra los acusados del asesinato de Chocobar, hasta ese momento amparados en la Justicia y que se encontraban libres tras pasar apenas dos años encarcelados, ya que la sentencia de primera instancia no estaba firme: «A la semana del premio, los tipos estaban presos de nuevo: ¿fue el cine el que provocó eso? No, nosotros –o nosotros, a través de la prensa, otro de los actores que a veces se asocia al cine– logramos que la Suprema Corte se acordara que ellos tenían ahí un papel sobre el que tenía que tomar una decisión».
El aporte de Martel a la construcción de verdad y memoria es evidente; no solo trae de regreso a la discusión pública el tema de los pueblos originarios en el Cono Sur y su lucha por la tierra –en una Argentina, además, que está siendo llevada al abismo–, sino que jala también del resto de Latinoamérica en el mismo sentido, una tierra que ha sufrido y sufre el dolor común de la violencia, el asesinato y el despojo.
Para toda una generación de realizadores comunitarios, el documental de Lucrecia Martel supone, además, un respaldo: un camino iluminado por la serena convicción de que estos temas, como sus formas de producción, valen la pena. Nuestra Tierra nos recordó que somos dignos del cine. «Todo esto que parece poquito es enorme. Y si una película hace este poquito, un montón de películas pueden hacer una enorme transformación.»
- Organizado por Caja Negra Editora y la Casa del Lago, Universidad Nacional Autónoma de México. Martel presentó su libro Un destino común en Ciudad de México, el 11 de abril de 2026. ↩︎



