Thatcheristas de los últimos días - Semanario Brecha
Reino Unido y el suicidio de la izquierda responsable

Thatcheristas de los últimos días

Keir Starmer en Londres el 5 de mayo. AFP, Hannah McKay.

En Gran Bretaña, el gobierno laborista acaba de recibir una paliza en las urnas. Que fuera en una jornada de elecciones municipales y autonómicas, donde no se disputó el gobierno parlamentario de Reino Unido, es lo de menos. Vencedores y vencidos coinciden en lo determinante de la votación. El primer ministro, Keir Starmer, se sujeta ahora con uñas y dientes de la cornisa, pero caerá fulminado más temprano que tarde, ante la revuelta en marcha de sus numerosos diputados y la desesperación de sus onerosos asesores. El laborismo fue pulverizado a lo largo y ancho de Inglaterra. En Escocia y Gales, bastiones centenarios, quedó marginado a un lejano tercer lugar. Sus rivales históricos, los conservadores, no tienen nada para celebrar: quedaron cuartos por segunda elección consecutiva y luchan por su vida. En votos totales, ambos partidos tradicionales son superados por formaciones hasta ayer marginales, Reform por derecha y Los Verdes por izquierda. El duopolio que definió a Reino Unido durante un siglo ya es material de archivo.

«¿Por qué todo el mundo odia a Keir Starmer?», se preguntó hace poco The Guardian y así tituló también meses atrás la emisora LBC. The New Stateman había hecho lo propio en febrero y según The Telegraph, ya en noviembre, «todos desprecian a Starmer». Antes aún, The Spectator ya informaba que «el líder laborista es el primer ministro más impopular de la historia británica, con solo 13 por ciento de los votantes satisfechos con su gestión, frente a 79 por ciento de insatisfechos». Es una animosidad visceral, que incluye todo tipo de burlas e insultos en estadios, plazas y redes, por derecha, izquierda y centro. Impacta más cuando se recuerda que Starmer y su partido llevan en el gobierno menos de dos años, que ganaron cómodos las generales de 2024 y que gobiernan con una envidiable mayoría parlamentaria.

Una de las posibles explicaciones es que el laborismo condujo una política «más orientada a seducir a los votantes de Reform que a conectar con su propia base», según propuso el periodista de The Guardian Peter Walker. Hippy-punching llamó en 2024 The Economist a la estrategia de comunicación del gobierno, un slang estadounidense que refiere a aquellos políticos progresistas que dedican sus energías a pegarle a los «hippies» que reclaman posturas más de izquierda, para así presentarse como responsables y moderados. En la London Review of Books, James Butler señala la constante indiferencia y en ocasiones el altanero desprecio que el gobierno ha mostrado por los votantes de izquierda que militaron por el laborismo y que ahora se fueron en masa a Los Verdes.

Pero hay más. «Parece que Reino Unido se encamina a tener su sexto primer ministro en siete años. Esto no se trata solo de personalidades defectuosas, se trata de un país defectuoso», escribió esta semana el columnista conservador Tim Stanley. Mucho se aduce la desesperante falta de carisma del plúmbeo y comedido Starmer en plena era de líderes despeinados. Pero los constantes titubeos y marcha atrás que han caracterizado su gobierno y que le han valido los epítetos de agua viva y felpudo por parte de algunos exministros no se deben a meras carencias personales. Tampoco lograron estabilidad los gobiernos conservadores de Theresa May, Boris Johsnon, Rishi Sunak y Liz Truss. Los británicos han bautizado el mal que aqueja a su país como permacrisis: Reino Unido se acerca a cumplir 20 años de estancamiento económico, su productividad se ha desplomado y hoy es la más baja del G7, el crecimiento económico prometido por unos y otros desde 2008 es prácticamente inexistente. El salario real ha sido devorado por un imparable aumento del costo de vida (la mayor destitución de la clase obrera en 200 años, denuncian los sindicatos). Faltan 6 millones de viviendas y los alquileres son impagables para una parte cada vez mayor de la población, los servicios públicos han empeorado y las arcas de los municipios están en rojo, golpeados por la obsesión gobernante con las políticas de ajuste.

Hace 40 años Londres inauguró un modelo que se exportaría al resto del mundo. En 1986 el gobierno de Margaret Thatcher otorgó a los capitales financieros un inmenso poder con su desregulación de la City y sus negocios. Fue el big bang que parió el mundo en el que hoy vivimos, el primer paso en el camino a la servidumbre ante esa deidad voraz, «los mercados». Uno tras otro, los gobiernos conservadores y laboristas se han hincado con igual fruición ante ese altar, repitiendo como un mantra aquello de que «no hay alternativa».

Los resultados, económicos y sociales, están a la vista. Entre los británicos de clase trabajadora el malestar que estalló en 2016 en el Brexit y sorprendió a políticos y analistas sigue en ascenso. La bronca comienza a tomar cauces más nítidos. En setiembre, una marcha de entre 100 mil y 150 mil personas contra la inmigración recorrió Londres, alertando sobre «el gran reemplazo». En los medios masivos, y en la campaña de Reform, el tema favorito es la inmigración ilegal. Desde su mansión en Texas, Elon Musk se ha volcado de lleno a influir en la política inglesa con su red social X. La consigna es que, si en este modelo no hay para todos, entonces tenemos que ser menos, y mejor si esos menos somos los blancos.

Frente a los que quieren conservar el modelo, al costo que sea, millones han decidido que prefieren un cambio. El programa levantado por Los Verdes recoge cosas que parecían básicas no hace tanto: oposición a las políticas de austeridad, deuda pública para financiar infraestructura, control de alquileres, construcción de viviendas sociales por el Estado, impuestos sobre el patrimonio para financiar servicios públicos, oposición a los genocidios dondequiera que ocurran.

Hay quienes presentan lo que está ocurriendo en Reino Unidos como un triunfo espectacular de la extrema derecha, pero no lo es. Aún. En su libro El camino a Wigan Pier, publicado en otro momento de finales ominosos y comienzos aún indescifrables, el inglés George Orwell escribía: «Algunas actitudes se están haciendo muy difíciles de mantener, muy anticuadas incluso. Hoy los tiempos son más duros, los problemas más evidentes y la creencia de que nada cambiará jamás (es decir, que los dividendos siempre estarán a salvo) ya no es común». «A nadie cabe duda de que un gran cambio está en marcha», decía el autor de 1984 en aquel escrito, donde llamaba a sus lectores a tomar partido, antes de que el cambio les pasara por encima.

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