amanece en Montevideo con nubes fucsias. Es justo la hora en que los feriantes más madrugadores arrancan de a poco, mientras los espíritus de la noche aún deambulan por las calles. En eso, dos muchachas con el maquillaje corrido llegan a la esquina de Tristán Narvaja por Colonia. Una de ellas se dirige a un hombre acodado en una pila de cajones: «¿No me regalás unas tangerinas?», le dicen.
En 18 de Julio, frente al Gran Sportman, el florista es uno de los primeros en tener todo pronto. Más abajo, entrando en la primera cuadra, caen ruidosamente los cajones. «Anda Trump metido en tus negocios, parece», bromea uno desde arriba del camión. El otro ríe, carga y cambia de tema, comentando algo sobre el partido del domingo, mientras dibuja el tetris de frutas y verduras. Dentro del carrito Paladar, de comida venezolana, un mechero rompe la oscuridad y da inicio a los trabajos de cocina.
Con las primeras luces, la banda sonora son silbidos –alados y humanos– con percusión de pasos y carros sobre el bitumen. Unas cuadras más abajo suenan unas plenas y aparece una camiseta de Peñarol entre las berenjenas. A medida que amanece, se apagan las luces del alumbrado público, aunque las de la Facultad de Psicología seguirán prendidas hasta que se despierte el sereno.
Algunos camiones Ford y Dodge de los años sesenta, y Chevettes y Corceles de los ochenta, contribuyen a la fama de feria de antigüedades, a la vez que combinan con otros modelos chinos contemporáneos. Tristán arriba, aparece alguien con un vestido de fiesta y un caminar de tacones con lentejuelas. Así lucen los primeros clientes, suspendidos en el tiempo, que desayunan con su fantasía trasnochada.

Una de las que ya tempranito tiene el puesto armado es Blanca, jubilada que hace nueve años vende ropa frente al Palacio Peñarol. Como muchas de las feriantes, comenta que antes se vendía mejor: mientras que hace unos años se podían hacer 12 mil pesos en un día, ahora se consiguen unos magros 2 mil por jornada completa, dice. «La gente viene más a encontrarse que a comprar. Pero igual no hay ninguna feria como esta: es donde viene la gente con mayor poder adquisitivo. ¡Ni Piedras Blancas se compara!», comenta.
Según la época, la proliferación de ferias estacionales, como las de fin de año, también afectan el desempeño comercial. Por no hablar de medios digitales, como Marketplace o similares. Todo este contexto favorece tensiones y arreglos «por abajo de la pata» con la intendencia por mejores lugares, e incluso disputas con amenazas entre vendedores. La feria está en la calle y esa energía se siente ya desde el alba.
A las siete abre el taller mecánico de la calle Gaboto que funciona como depósito para los feriantes que pueden pagarlo: es un solo ajetreo de gente entrando y saliendo para armar sus puestos. Los que no cuentan con esos fondos llegan en carros sobre ruidosos rulemanes, carritos de supermercado atestados de valijas, bicicletas de carga a punto de desfondarse.
JUGALE AL 155
La feria de Tristán Narvaja cumplió 155 años en octubre. La edad se calcula desde 1870, unos 40 años antes de que la propia calle existiera. Según cuenta Ricardo Cozzano, integrante del Colectivo Cultural Feria de Tristán Narvaja y autor del libro Así en la feria como en la vida, todo inició en la avenida 18 de Julio. Quien la anduvo recorriendo en esa etapa –explica el autor– fue el primer intendente de Montevideo, Daniel Muñoz, que en 1893 así la describió, bajo el seudónimo periodístico de Sansón Carrasco: «Los que vienen de misa y van a misa pasan por la feria; a la feria van los que tienen novia o la buscan; ahí hay de todo: flores frescas y caras bonitas; pájaros de vistoso plumaje y mujeres de elegante porte; por ahí desfila todo el Montevideo madrugador y todo el Montevideo devoto, y todo lo que sale a la calle con cualquier pretexto, así es que las anchas aceras de la calle 18 de Julio son pequeñas para dar paso a la corriente humana que va y viene en continuo hormigueo».
Ya en 1909 se trasladó a la entonces calle Yaro (futura Tristán), donde su extensión era de ocho cuadras e iba desde 18 de Julio hasta La Paz. Hoy se calcula que ya debe de andar por las 50 manzanas de extensión, llegando hasta las inmediaciones del Palacio Legislativo en el barrio de la Aguada.

Al caminarla, el tiempo y el espacio siguen otras reglas. Eso puede sentirse después de tres o cuatro cuadras, cuando ya el GPS interno deja de identificar las calles.
CALLES Y CALLEJUELAS
«Bandoneón y guitarra, esquina Mercedes/ la música trepa por las paredes/ rezongan las bordonas, canta la prima/ arrancando silbidos al que se arrima/ y prestando sus luces para la rima/ ensaya entre las nubes el sol su esgrima.»
Los versos son del poeta y compositor olimareño Lucio Muniz y pertenecen al disco Calles, que grabó junto con Los Zucará. «El lado A se ocupa de las calles de Montevideo, donde está la canción Domingo y feria, dedicada a la Tristán Narvaja, mientras que el lado B se centra en calles del interior: las callejuelas rochenses, los callejones de Minas, las calles anchas de Treinta y Tres», recuerda Julio Víctor González, el Zucará, en conversación con Brecha.
Una rareza de la música uruguaya, Muniz va entrelazando milongas y candombes con textos de autoría: «Mirándola o de memoria/ la reencuentro y la distingo/ de mañana y en domingo/ ruidosa y tradicional/ cuando empieza la semana/ pintoresca y con historia/ en domingo y de mañana/ es la calle principal».
También quedó grabada en la memoria del Zucará la ocasión –hace cinco años– en que fue invitado por el Colectivo Cultural Feria de Tristán Narvaja a cantar para conmemorar los 150 años. Sobre un escenario emplazado en 18 de Julio, le tocó cantar «Domingo y feria». «Aquello se vino abajo», recuerda.
«Los montevideanos tienen una relación familiar con la feria porque para ellos está ahí siempre. Pero a los del interior nos llama más la atención. Es muy pintoresco: gente vendiendo cosas imposibles. La feria tiene una gran riqueza a nivel artístico, especialmente de las artes plásticas. Hay cosas muy buenas y cosas horribles, hay mundos y submundos. Eso es lo interesante», agrega, desde su casa rochense de La Paloma.
RULETAS Y ZOMBIS
Todos tenemos nuestros puestos favoritos. El veterano chacrero de boina y manos gigantes que vende hierbas y verduras de su propia cosecha (pasando el puente de Galicia a mano derecha); el puesto-súper que tiene todos los alimentos necesarios a precios de frontera (antes de llegar a Paysandú a mano izquierda); el local de lácteos ubicado donde muere Tristán, referencia en queso llanero venezolano; el pescado frito que hace décadas es una marca de identidad de la calle La Paz; el puesto de ropa de Gaboto y Cerro Largo, atendido desde su silla plegable por la señora con un distintivo vozarrón; el de los tres millones de armazones de lentes o el de cordones para los championes.

Nada muy diferente de lo que una crónica de La Semana ilustró en su edición del 5 de octubre de 1912: «Relojes de oro a 12 reales; frascos de agua de flor a seis vintenes; alfileres de corbata con uno o varios brillantes, desde ocho centésimos […]. Pomadas para los dientes, gotas milagrosas para el dolor de muelas, cura-callos instantáneos, varitas mágicas para conseguir la fortuna, bálsamos extraordinarios…».
Pero también hay innovación. Cerca de las ocho de la mañana, el boliche de música electrónica Phonotheque sigue a pleno en Piedra Alta y Miguelete, reuniendo a taxistas, policías, transeúntes oportunistas y un rosario de feriantes más improvisados. Y a esa hora se siguen levantando puestos; solamente el armado de la feria insume entre cuatro y cinco horas. Alguien que se dedica a vender frutas y verduras, por ejemplo, debe levantarse a las tres de la mañana y el armado le lleva un mínimo de dos horas.
Estela, vendedora de antigüedades y objetos adquiridos en casas de remate, se levanta a las cuatro y media, y de pique tiene que invertir 2 mil pesos en alquilar las mesas y pagar el flete. A veces vende 3 mil; otras veces, más. La feria es un extra que no le garantiza la subsistencia.
Cuenta que es mucha la gente que para, vicha y sigue de largo. «Ahí viene la familia Miranda. De Vichadero», bromea. Una vez llegó a vender una ruleta profesional por 5 mil, dice, y, de tanta gente que pregunta por preguntar, ese día demoró en entender que la clienta estaba realmente interesada en comprar. La dejó esperando un rato hasta que vio que la cosa iba en serio.
Cerca del mediodía, la feria está a tope y es cuando se la escucha a viva voz: una conversación continua que rebota en las paredes, mezclada con acordes tropicales, roqueros y explicaciones en décimas de Alfredo Zitarrosa.

En un puesto de serigrafía hay un saldo de libretas artesanales para los apuntes. El puestero es Dan, que hace nueve años que arma en la propia calle Tristán Narvaja. Antes armaba más cerca de 18, pero logró que la intendencia le asignara un puesto formal luego de que el feriante anterior se suicidara. Cuenta que, a partir de la pandemia, corrieron el armado de los puestos de la vereda a la calle y reforzaron las formalidades.
«Ahora estamos todos registrados y es difícil tener un puesto. En cualquier lado es así: andá a la feria de Larravide a armar: vas a ver cómo te patean la mesa, no les importa nada. Yo antes de armar acá venía a la librería de Ruben, que tiene más de 60 años, porque colecciono cómics. En el año 2000, cuando se abrió la feria del parque Rodó, acá bajó un montón. En 2011 empezó a levantar un poco más…». En medio de la conversación llega un cliente:
—Quiero hacerme una camiseta con la imagen de un zombi.
—Tengo que ver el diseño.
—Es una cara que le chorrea sangre por un lado de la boca.
—Ta bien, pero como yo hago serigrafía, necesito ver si el diseño es vendible. Porque tengo que preparar las matrices y si no, no me vale la pena.
—Te puedo mandar una foto, pasame tu número.
—¿No tenés Instagram?
—Pah, no, me tengo que hacer uno. Es de una película que está buenísima…
«NINGÚN DOMINGO ES IGUAL»
Si hablamos de personajes, Cozzano registra en la historia de la feria varios que fueron célebres, como el carismático Fosforito, apodado el Charles Chaplin uruguayo, que hacía publicidad como hombre-sándwich, con carteles en pecho y espalda. También el diariero mentiroso, que vendía diarios anunciando noticias llamativas que estaban ausentes de las propias ediciones que vendía. O un hombre regordete que usaba lentes oscuros extremadamente grandes para ocultar su rostro detrás de la mosqueta. «El casino es para los ricos y esta es la de los pobres. El que no juega no gana y el que no gana es un gil. El siete paga tres veces y el cero paga doble. Apueste y gane, que con algún peso se va a ir», decía mientras movía los vasitos escondiendo los dados.

Ya en horas de la tarde, pegando la vuelta por Tristán hacia arriba, en la calle Uruguay aparece un set de grabación que es una de las incorporaciones más recientes del paisaje. Se trata del Podcast en la feria, proyecto transmitido en vivo por YouTube, que invita a participar a cualquiera que tenga ganas de sentarse a charlar sobre lo que cuadre. Incluso las sillas tienen impreso en sus respaldos el texto «vení a charlar».
«Surgió porque vi que lo estaban haciendo en otros lados, como Argentina o Estados Unidos, y sentí que tenía que hacerlo acá. Fueron varios intentos y errores, cada domingo iba aprendiendo. Siempre me gustó la feria, en mi familia había muchos feriantes. Sentía que sucedían historias que nadie las estaba plasmando en ningún lado», cuenta su creador y productor, Briant Milindre.
El proyecto es independiente y aún no cuenta con apoyos económicos significativos. Milindre conduce el programajunto con Martina Fernández y en 2025 fueron seleccionados como uno de los diez mejores pódcasts del Uruguay por el Premio Sonora Aural, que finalmente ganó Gastropolítica,del comunicador Maxi Guerra.
«Siempre viene alguien diferente, ningún domingo es igual al anterior. Viene gente a presentar sus proyectos artísticos y libros. Alguien nos cuenta que baila tango y generamos una demostración espontánea en el medio de la feria. Ha sucedido lo mismo con personas que hacen karate o ballet», agrega el productor.
Para quienes se levantan antes de la salida del sol, a cierta hora el cuerpo entra en un estado de semitrance, en el que la atención mengua y quedan pocos filtros que poner a las conversaciones. Los productos también se enteran, porque sus carteles, borroneados de tiza, entran en precios de liquidación.
«Nada falta en Tristán Narvaja», se sorprendía en 1998 un cronista argentino del diario La Nación: «Ni los tamboriles del candombe batidos por grupos ambulantes que piden monedas y se abren camino a puro estruendo entre la apretada multitud de la feria; ni los predicadores religiosos, que, empinados por sobre el gentío con la ayuda de un cajoncito de frutas, advierten sobre la transitoriedad de hombres y cosas, precisamente en esta feria, donde el pasado tiene gran futuro».
Ya es invierno. Pero tampoco hay mal clima que detenga el transcurrir de la feria, esa fuerza viva, ruidosa y colorida que se instala en la vía pública, como hace más de 155 años, sin importar quién gobierne. Los domingos cualquiera puede comprobar que, una vez dentro de su reinado, los caminos y las épocas se superponen y multiplican.






