Esta nota está dirigida a los y las docentes que en el futuro serán parte de la Universidad de la República (Udelar), la principal institución de educación superior del país. Pasados casi 70 años de la conquista del cogobierno universitario y su actual ley orgánica, hoy transitamos por un momento crucial, en el que la institución puede transformarse en un espacio ancestral –ejemplo vivo de libertad de pensamiento, compromiso social y autodeterminación política– o perecer ante el impulso privatizador y profesionalista que reproduce saberes foráneos, fomenta el ejercicio liberal y limita el acceso y el uso social del conocimiento. Bajo la premisa de que las instituciones construyen sujetos y tipos antropológicos específicos,1 está columna está destinada al colectivo docente del futuro que, junto con otros actores, tendrá un rol fundamental en el porvenir de la universidad.
Salarialmente hablando
Las dificultades presupuestales de la Udelar son históricas y han sido un condicionante para su desarrollo. Sin embargo, esta restricción a su autonomía pudo ser contrastada, en parte, por la capacidad de los colectivos que integran el cogobierno, que han formulado iniciativas para sortear la precariedad. Las condiciones salariales de quienes ejercen la docencia, por ejemplo, han sido una preocupación permanente de los gremios. A lo largo de los años se trabajaron e impulsaron diferentes estrategias, como el régimen de dedicación total (1958), la cocreación del Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas (1986), las becas centrales para hacer posgrados (2007), entre otras. A pesar de lo innovador y fructífero de estas propuestas, el salario docente universitario sigue estando entre las peores remuneraciones de toda la educación pública.
En el 2018, la comisión de presupuesto de la Asociación de Docentes de la Universidad de la República (ADUR) concluyó que los salarios universitarios eran 40 por ciento menores a los de otros sectores de actividad con igual requerimiento académico. Para esto se tomó como referencia los ingresos de personas menores de 35 años con un cargo de formación (asistente, grado 2) y los de aquellos mayores de 50 años con el mayor grado docente (profesores titulares, grado 5).2
En tanto, mientras que en 2023 en la ANEP (Administración Nacional de Educación Pública) y en la Universidad Tecnológica el salario de quienes ingresaban en la docencia con una dedicación semanal de 20 horas promediaba los 30 mil pesos mensuales líquidos, en la Udelar un cargo de ingreso no superaba los 16 mil pesos. Esto derivó en una discusión sobre la actual escala salarial, que pretende alcanzar un sueldo de ingreso similar a las otras instituciones terciarias estatales.3
Si bien la precariedad presupuestal abarca diferentes elementos (becas estudiantiles, infraestructura, etcétera), el ingreso salarial es y será un tema estratégico para la docencia del futuro. En la Udelar la realidad salarial compromete la viabilidad histórica del único proyecto universitario cogobernado, autónomo y público del país, que en el marco de una economía mayormente primarizada se enfrenta al menos a dos dificultades.
En primer lugar, es necesario asumir que el avance de algunas iniciativas que buscan atender la precariedad salarial de miles de docentes se ha visto obstaculizado por cargos de conducción universitaria que en la actualidad no padecen las consecuencias directas de dicha precariedad.
En segundo lugar, la cuestión salarial no ha sido del todo colocada como un objetivo estratégico de la institución en el diálogo con el poder político. El espontaneísmo o el oportunismo con los intereses de turno han provocado transformaciones parciales, no sustantivas en la masa salarial universitaria.4
Al infinito y más allá
Para atender los desafíos presupuestales mencionados, se requiere una resignificación de la labor intelectual y manual de las y los docentes del futuro. Como está muy bien reseñado en un libro editado recientemente por el Archivo General de la Universidad de la República (AGU) y por ADUR,5 el orden docente es preponderante en los principales órganos de conducción universitaria. Esto le concede un lugar particular en el gobierno de este ente autónomo del Estado, en la formación de profesionales, investigadores e investigadoras y en el desarrollo de la principal institucionalidad de la ciencia, tecnología e innovación del país. Entonces, ¿qué orientación o sentido tendría que adquirir la labor docente del futuro?
En 1989, Jorge Ares Pons publicó un artículo en la Gaceta Universitaria en el que compartía una serie de reflexiones en torno al devenir universitario en el tiempo. Recuperando el proyecto de Johann Gottlieb Fichte para la Universidad de Berlín (1810), señalaba que podían llamarse instituciones universitarias aquellas que cumplieran eficazmente con la crítica epistemológica y valorativa, y constituyeran una «unidad del conjunto» y no un agregado de facultades o escuelas profesionales. Con respecto a lo primero, Ares Pons cuestionaba la creencia ilusoria que pretende aislar la creación científica de la realidad cotidiana (más aún en sociedades profundamente desiguales como la nuestra). En este sentido, las y los investigadores y docentes universitarios deberían reunir ciertos requisitos éticos: idoneidad técnica, honestidad intelectual, juicio crítico y formación política acorde con la naturaleza de sus acciones. Con relación a la unidad académica, planteaba la necesidad de que el humanismo fuera un elemento transversal en todas las profesiones, de que se estimulara la pluralidad de saberes sobre la base de una integración crítica y de que se promoviera la pertenencia a lo universitario y no a una facultad en específico.6
En esta misma línea, en la Argentina de inicios del siglo XXI y luego de una de las peores crisis de su historia, las nuevas generaciones de docentes e investigadores e investigadoras se comenzaron a plantear, al igual que señalaba Ares Pons, una mayor articulación entre la labor académica y el compromiso político. Maristella Svampa repasa lo acontecido en el campo de las ciencias sociales, donde se cuestionó la profesionalización excesiva y la idea de «experto». Como alternativa, se promovió una concepción de intelectualidad «anfibia», que dialogara tanto con el medio académico como con las injusticias sociales propias de su tiempo. En este marco, se propuso fomentar modos solidarios y colaborativos de producción de conocimiento que habitaran en diferentes medios (académico, organizacional, comunitario, etcétera).7 En nuestro país, considerando la prioridad estratégica del salario docente, entre esos medios también sería importante incluir el campo de la economía y el presupuesto nacional.
De este modo, algunas preguntas pueden orientar la reflexión ética y política de las y los docentes por venir: ¿Es posible repensar la docencia y el ejercicio de la investigación en situación de precariedad salarial? ¿Podrá mejorarse el salario docente sin priorizar estratégicamente este tema ante el poder político, o a través de iniciativas particulares que no provienen de la universidad en su conjunto? ¿Es viable construir procesos de pertenencia universitaria que recuperen la pluralidad de pensamientos y realidades sin interrogar las posturas que provienen de posiciones de privilegio dentro de la institución? ¿Las y los actores gubernamentales comprenderán la importancia de financiar una docencia universitaria sin perspectiva histórica, que tiene dificultades para conectar la creación de conocimiento con las problemáticas sociales más acuciantes?
La docencia del futuro y el porvenir universitario necesitarán de un intercambio fecundo y fraterno en torno a estas preguntas, donde sea que esto pueda hacerse.
- Cornelius Castoriadis, El avance de la insignificancia. Eudeba, 1997. ↩︎
- ADUR, «Prioridades presupuestales para ADUR 2018-2020». XVIII Convención Dr. Gonzalo Uriarte, 2018. ↩︎
- ADUR, «Lineamientos para el debate hacia la transformación de la escala salarial». XXIII Convención: «A 50 años del golpe y la intervención: mártires docentes», 2024. ↩︎
- Carlos Matus, Estrategia y plan. Siglo XXI Editores, 1998. ↩︎
- María Eugenia Jung y Vania Markarian, Adur no surgió como el sol. Historia y memoria de los gremios docentes de la Universidad de la República. AGU-ADUR, 2024. ↩︎
- Jorge Ares Pons, «Ética y universidad». Gaceta Universitaria, año 3, número 2-3, págs. 7-9. ↩︎
- Maristella Svampa, ¿Hacia un nuevo modelo de intelectual? Revista Ñ, 29 de julio de 2007. ↩︎






