Estamos mucho mejor que en el pasado
Cuando se habla de educación –demasiadas veces como problema y pocas como desafío–, se activa el reflejo muy uruguayo de la idealización del pasado, esa construcción imaginaria y romantizada de un pasado glorioso, que no se compadece con la evidencia (véase «¡Éramos tan cultos, tan inclusivos!», Brecha, 19-XII-25).
A finales del siglo XIX la educación era privilegio de unos pocos. Los siglos XX y XXI han significado el crecimiento de la matrícula, la multiplicación de los centros educativos, la universalización de la educación a edades tempranas, la penetración universitaria en el interior del país, la consolidación de los posgrados, el Ceibal, los sistemas de becas, entre otros ejemplos incontrastables del avance.
Pero ocurre que, si los avances no son acompañados proporcionalmente con todos los recursos materiales necesarios, emergen nuevas dificultades. ¿Qué quiere decir? La inclusión masiva de los individuos en el sistema educativo trajo consigo problemas nuevos e inequidades evidentes. ¿Por qué? Hoy, el aula, felizmente, tiene todo que ver con el conjunto de derechos que hacen a la infancia y la adolescencia, que en décadas pasadas eran dominio exclusivo y excluyente del hogar. La violencia, el maltrato y el abuso estaban encerrados puertas adentro del hogar.
Por otra parte, la democratización del acceso a la educación presiona por su heterogeneidad y también por su masividad. Están llegando a la educación media y superior quienes antes no llegaban, pero, a diferencia de lo que sucede en inicial o primaria, no hay compensaciones demográficas que frenen el crecimiento de la matriculación y ayuden a una mayor armonía entre la matrícula y la oferta educativa.
Esto quiere decir que el universo de educandos es más grande, más heterogéneo, está atravesado por una multiplicidad de problemas sociales y, además, inserto en un mundo más complejo. El aparato productivo actual es más intensivo en conocimiento, ya no hay área de producción en la que se pueda prescindir del conocimiento. Por ende, tenemos un universo educativo masificado, heterogéneo y que es necesario para la inserción laboral no precaria. Y tenemos problemas nuevos: la vida dependerá cada vez más del conocimiento que logremos incorporar. Esto sin negar el lugar que juega la cuna; por el contrario, el conocimiento también se hereda, en el sentido de que estamos condicionados por la situación socioeconómica del hogar, una de las variables explicativas de mayor peso en las trayectorias educativas de las personas.
Pero aun así no alcanza
Habiendo desmitificado aquel viejo Uruguay «mejor», educado e inclusivo, deberíamos también asumir que no alcanza. Tenemos adultos con mayores niveles educativos que antes, pero la mitad no termina la educación media. Son los mismos adultos que viven en un mundo laboral mucho más exigente que el que enfrentaron los adultos del siglo pasado.
Según la encuesta continua de hogares para el país urbano, en 1991 el 84 por ciento de las personas mayores de 30 años no había logrado culminar la educación media superior, porcentaje que cae gradualmente hasta ubicarse en el 63 por ciento en 2024.
El censo de 2023, a su vez, indica que el 27,5 por ciento de la población de 25 años o más tiene como máximo nivel alcanzado «educación primaria o menor», y el 24,4 por ciento completó «educación media básica».
¿Qué nos muestran los datos? Que los niveles de formación para el mundo en el que vivimos son muy bajos, aun cuando estemos mejor que hace tres décadas atrás y las mejoras hayan sido de forma constante, aunque muy graduales.
La mitad de los adultos mayores de 25 años no logra culminar la educación media, incluso pese a su obligatoriedad legal. Esto, además de ser un problema de derechos, compromete el desarrollo nacional y la equidad. La educación es el activo más relevante que puede tener una persona. Determina la vida misma de cada individuo, sus herramientas para comprender el mundo, adaptarse, transformarlo. Los niveles educativos que alcanzamos determinan, en gran medida, la manera en que nos insertamos en el aparato productivo. No es lo mismo insertarse mediante un empleo formal que mediante un empleo informal o empleos vinculados a actos delictivos. Algunas formas de inserción en el aparato productivo solo refuerzan nuestra exclusión material y social. Como manifestaba esta semana el integrante de Comuna Bella Italia, Pablo González, en La Diaria Radio: «La precarización laboral nosotros la vemos en la gente, no son datos. ¿Cuántas historias estamos dispuestos a tolerar de compañeras que son maltratadas, que son violentadas por las empresas? La informalidad genera precarización, genera maltrato. Y la necesidad obliga a que alguien sostenga ese empleo, pero ¿bajo qué costo?».
Y, entonces, ¿cuál es el plan?
Tenemos la mitad de los adultos con más de 25 años de edad fuera de semejante marco de derechos, garantías y oportunidades. Todo indica que esa mitad es la que más apoyo necesita para llegar, mantenerse y terminar la educación media.
La ANEP (Administración Nacional de Educación Pública) actual lo sabe y se ocupa. Despliega medidas para arrimar a esa mitad y sostenerla en cada una de estas tres etapas. ¿De qué manera? Con el compromiso de universalizar la escolarización a partir de los 3 años de edad, la duplicación del tiempo extendido en primaria y secundaria (pasar de 50 mil a 100 mil niños en propuestas de extensión) y la duplicación de los centros de educación media con tiempo extendido (de 61 a 122). Además con el fortalecimiento del programa de becas Butiá, orientado a promover la permanencia, la continuidad y el egreso de la educación media pública, que consiste en un apoyo económico anual, distribuido en nueve pagos mensuales entre los meses de abril y diciembre, dirigido a estudiantes de 11 a 21 años que cursan educación media en instituciones públicas en sus distintas modalidades (secundaria, técnico profesional [UTU], áreas pedagógicas, escuelas rurales con ciclo básico). Y también con esfuerzos en materia de revinculación y apoyo económico para el inicio de cursos en primaria. Todas estas políticas, aun en los casos que tienen un horizonte universal, comienzan priorizando a los grupos más vulnerables, aquella mitad que necesitamos acercar, acompañar y sostener en el sistema educativo.
Todo pasa por la educación
¿Cómo es posible, entonces, que nuestro país recorra procesos virtuosos y consolide avances si más de la mitad de la gente mayor de 25 años no ha completado la educación media y si uno de cada cuatro de ellos tiene como mayor nivel educativo alcanzado primaria completa o incompleta?
Lo primero es incorporar este dato y que el sistema político se lo apropie; esto significa ubicarlo en el centro de cualquier política pública. Es urgente dialogar, adaptar contenidos, buscar nuevas formas para incorporar a un cuarto de la población que jamás conoció la educación media, despertar colectivamente a esta realidad para comprender mejor las condiciones de vida de nuestra gente. Es necesario que la política dialogue con tantos conciudadanos adultos sin educación media básica, que sepa cómo participan de la vida comunitaria, cómo acceden a los bienes culturales, qué nivel de abstracción y debate son capaces de manejar.
En otras palabras, asumir y ocuparnos de manera colectiva del problema de incluir en las aulas al conjunto de nuestra sociedad es reasignar derechos fundamentales. También permitirá habilitar nuevos niveles de desarrollo del país y hará posible una conversación sociocultural colectiva, irrealizable en condiciones de rezago y exclusión.
(Sabine Vera es economista, asesora parlamentaria del Frente Amplio, Laura Fernández es abogada, asesora parlamentaria del Frente Amplio)



