Siempre sentí que, para los amantes de una selección de fútbol, quedar afuera de un Mundial es lo más parecido –salvando las enormes distancias– a la muerte de un ser querido. Ya sea que se trate de un evento esperado o sorpresivo, nos impacta ver cómo la tristeza y el silencio se apoderan de nuestra alma mientras el resto del mundo sigue viviendo/jugando como si nada. Durante días y hasta semanas, la vida/Mundial se transforma en una fiesta en la que no parece haber lugar para nosotros. Y eso duele. Hasta te sobreviene cierto remordimiento por no haber sabido aprovechar la experiencia de una manera más intensa. O te das cuenta de que esa persona/equipo te importaba más de lo que pensabas.
Hasta que, en determinado momento, lográs procesar el duelo y empezar a mirar hacia adelante. El martes 30 de junio, Marcelo Bielsa nos permitió empezar a cerrar una historia triste que, bien gestionada, puede habilitar una impostergable mejoría.
ENTRENADOR MODELO
Bielsa se despidió de la afición deportiva uruguaya con una conferencia de prensa de 98 minutos. Indudablemente salió fortalecido, tanto entre la afición como entre los mismos periodistas que venían pidiendo su cabeza.
¿El motivo? No habían pasado los primeros 15 minutos de conferencia y ya había sido capaz de desarticular la principal crítica recibida: que su mala relación con los jugadores había llevado a que estos le soltaran la mano, comprometiendo el rendimiento del equipo. Bielsa aceptó que el clima era malo, sí. Pero eso no incidió en el resultado, según él, porque los jugadores corrieron más que nadie.
Nadie osó sugerir que el mal clima pudo haber perjudicado el rendimiento de modos más sutiles, aun en un plano inconsciente. Cualquiera que haya integrado un grupo de trabajo coincidirá en que un buen relacionamiento facilita la obtención de los objetivos. Además, que los celestes hayan corrido más que los saudíes no implica que, con un clima óptimo, no hubieran podido correr todavía más.
Pero nadie le refutó nada. En el terreno del análisis de datos, Bielsa es imbatible. Quizás podría haber remarcado datos más contundentes que la distancia recorrida. Por ejemplo: si se contaran los goles esperados y no los reales, Uruguay habría llegado ya clasificado al último partido. Y asumiendo que una España más urgida nos hubiera podido ganar sin necesitar un error subfebril de Muslera, nos hubiéramos pasado la semana viendo quién sería el encargado de anular a Messi.
Bielsa sabe que lo que importa es el logro del objetivo deportivo. De poco sirve que Varela lo haya emocionado con su entrega si el remate de Baena le pasó entre las piernas, y hubiera preferido que Bentancur corriera un poco menos, pero que su remate se clavara en el ángulo.
En el debe del entrenador queda también no haber sido capaz de alargar el equipo y haber sufrido una merma indiscutible en su rendimiento en los últimos dos años. El argumento de por qué llevó jugadores lesionados me pareció muy pobre: una suerte de reconocimiento a grandes profesionales comprometidos que, pudiéndose haber ido de vacaciones a las Maldivas, prefirieron intentar recuperarse y participar. Aunque le concedo que tampoco podía decir: «Decidí llevar jugadores lesionados, por si se recuperaban, porque fuera del grupo seleccionado no hay gran cosa».
En el debe de los jugadores, la lista es enorme. No estuvieron a la altura y, salvo honrosas excepciones, no hubo quién se pusiera el equipo al hombro. Errores puntuales del arquero y de la defensa, sumados a una por momentos alarmante inoperancia ofensiva, derivaron en la prematura eliminación. Ni más ni menos.
RECUPERAR EL PRESTIGIO
Si algo positivo tiene el haber caído tan bajo es que ya no queda otra opción posible que mejorar: para empeorar lo hecho por Uruguay en este Mundial habría que no clasificar al próximo. Y ya estamos clasificados, gracias a que organizaremos uno de sus 104 partidos.
Dejando de lado las implicaciones políticas de lo que el país vivirá en 4 años y centrándonos en las deportivas, resulta claro que lo que suceda en los próximos meses definirá el futuro de la selección uruguaya para el próximo ciclo mundialista.
Quizás quepa preguntarse qué selección queremos tener y, una vez que lo tengamos claro, recién salir a buscar a los mejores intérpretes para conducir a un equipo en el que empieza a ser cada vez más evidente el desfasaje entre la gloria acumulada (hija tanto de los logros del pasado lejano como de la grandeza de las figuras de su pasado reciente) y un presente mucho más austero.
En ese paquete entran también cuestiones no estrictamente futbolísticas, pero que hacen al quid de la cuestión: recomponer la imagen de una selección devaluada, recuperar el entusiasmo de los jugadores por integrarla y el de los hinchas por ir al estadio a alentarla.
El actual ejecutivo de la Asociación Uruguaya de Fútbol, encabezado por el economista Ignacio Alonso, ha interpretado que el camino es generar un fútbol gourmet: edulcorar la experiencia de ver a Uruguay, transformar los taludes en livings, poner tiktokeros a opinar por los canales oficiales cual si fueran Enrique Macaya Márquez y música en los altoparlantes aun cuando hayamos terminado de perder un clásico. Todo eso, además, con precios privativos para buena parte de la población. La ley de la oferta y la demanda no debería primar en una expresión eminentemente popular como el fútbol, menos ahora que, gracias a ese mismo ejecutivo (digamos las buenas también), el dinero no debería ser el mayor problema.
Estamos –no tengo pruebas ni tampoco dudas– en el momento histórico de menor vínculo afectivo entre la afición futbolera uruguaya y los jugadores de celeste. Ni cuando quedábamos afuera de los mundiales te cruzabas con tanta gente que se confiesa más preocupada por la reanudación del Intermedio que por el futuro de la selección. Una selección que pronto ya ni tendrá al Centenario (cerrado por reformas) para jugar sus partidos.
El desafío es enorme y habrá que estar a la altura.






