CAPÍTULO I. En que el cronista sale al cine con el inocente propósito de reseñar la película Michael y se ve arrastrado, sin culpa propia, a aventuras tan increíbles como espantables
No hay nada mejor que llegar al cine con unos minutos de margen para disfrutar de esa atmósfera particular en que los demás espectadores, ocasionales compañeros de viaje, se despiden por un rato del mundo exterior y al acomodarse en sus butacas se acompasan al clima de la sala. Pasos ahogados, roces de ropas, susurros.
Como toda ceremonia, el cine impone sus disciplinas. Aquí los impuntuales se esfuerzan por llegar a tiempo, los que se desparraman en los asientos del ómnibus respetan las fronteras de sus posabrazos, los conversadores callan y los hiperactivos mantienen sus glúteos sobre el asiento durante un par de horas.
Por más que los fabricantes sigan agregando pulgadas a los televisores, hay algo intransferible en la experiencia compartida con extraños, conectados con una ficción externa y totalizante. Para los montevideanos, lo más parecido a la religión. Los muchachos de Pare de Sufrir lo entendieron mejor que nadie.
Me encontraba pensando estas cosas cuando comenzó la película y me di cuenta de que algo no cuadraba. ¡La familia de Michael Jackson estaba hablando como la familia Ingalls! Unos muchachos de las afueras de Chicago se comunicaban en la lengua de Jorge Gestoso, Patricia Janiot y Dora la Exploradora. Se ve que no pude contener un gruñido de disconformidad, porque la señora de atrás me aclaró por lo bajo:
—Es doblada.
¿Cómo doblada? Eran las diez de la noche y no había niños en la sala. Esto no pasaba ni con los milicos. No pude seguirle el hilo a la película. Era como estar viendo la tele.
El arrullo de las voces en español latino me transportó a las siestas de los sábados con Los Dukes de Hazzard, así el sueño fue venciéndome en la comodidad de la butaca. En la pantalla, Michael Jackson terminó de cantar y Quincy Jones hizo una seña al ingeniero de grabación.
—Y ahora vamos a un pequeño corte comercial para entrevistar a uno de nuestros simpáticos patrocinadores.
El simpático patrocinador no era otro que un directivo de Movie Center que yo conocía bien. Una persona realmente agradable, a tal punto que luego de hablar con él uno quedaba convencido de que la ausencia de horarios y sueldo fijo no era precarización, sino una demanda de los jóvenes trabajadores. Me extrañó que Quincy lo presentara como ejecutivo de una fábrica de bicicletas, pero el ambiente empresarial es muy dinámico.
—¿Cómo están siendo recibidas las nuevas líneas de bicicletas con rueditas permanentes?
—Muy bien. Las ventas hablan por sí solas. La gente las elige, y eso para nosotros es lo que cuenta.
—Pero tradicionalmente las rueditas eran un accesorio transitorio. ¿No implica esto un cambio de filosofía radical?
—Mire, la filosofía es para los que escriben sobre bicicletas. Nosotros fabricamos para el que pedalea. Y el que pedalea nos está diciendo claramente que prefiere estabilidad. No todo el mundo tiene tiempo ni ganas de aprender a hacer equilibrio, los padres ya no pueden estar horas corriendo atrás de sus niños. La vida actual es complicada.
—¿Y no hay una pérdida en la experiencia? Andar en bicicleta implica precisamente ese equilibrio.
—Eso suena bien. Pero usted me está describiendo una experiencia para profesionales. Nosotros no fabricamos para ellos, sino para el público general. Si el 90 por ciento de la gente quiere llegar del punto A al punto B sin caerse, yo no soy quién para decirle que está disfrutando mal.
—¿Y usted en qué vehículo anda? [Pausa.]
—Yo tengo una bicicleta tradicional. Pero eso no viene al caso. [Risas.]
CAPÍTULO II. Donde se especula sobre cierto imperativo tecnológico, un caballo de Troya llamado Shrek y el efecto Pixar
Me despertó el ruido de una persona hurgando en un balde de pop. Siempre me pregunté por qué algunos, en lugar de agarrar las palomitas de la superficie, prefieren las de las profundidades, pero ese es tema para otra columna.
¿Cómo había ocurrido este despropósito?, ¿dónde se perdió esa parte del sentido común uruguayo que entendía el doblaje como una fase infantil del espectador?
Cuando me enfrenté con una máquina de proyección digital en la cabina del cine Ejido, supe que estaba viendo el fin del oficio de operador, pero no me percaté de que también podía ser el principio del fin de las versiones originales, ya que la facilidad para seleccionar los idiomas de audio permitió colonizar gradualmente la grilla con funciones dobladas al español.
Un sábado de hace unos años, en función trasnoche, se proyectaba la película Wall-E. En un futuro distópico, la tecnología ha hecho tan fácil la vida de los humanos que los incapacitó para cualquier esfuerzo. El público de la sala (gente adulta) asistía a la versión doblada del filme.
La innovación de estas películas de animación fue su capacidad de contener diferentes planos narrativos y referencias para el público adulto. Fuimos seducidos por las voces en español del rey Julien, Burro, Nemo. No eran gente de verdad, así que no exigimos la versión original. En un extraño caso de suspensión de la suspensión de incredulidad, pensamos «no es la verdadera voz de los muñequitos, así que un doblaje más no le hace daño».
CAPÍTULO III. En que se da cuenta de la ruina de cierta brillante excepcionalidad, cosa que no parece importar a casi nadie
Debemos convenir en que la producción de cine en Uruguay fue, durante el siglo XX, de las más débiles de la región. Argentina y Brasil, por supuesto, pero también Colombia, Chile o Bolivia desarrollaron cinematografías nacionales.
Sin embargo, como espectadores estábamos entre los mejores. Tanto en cantidad (casi 20 millones de entradas vendidas en 1952, cuando Montevideo no llegaba al millón de habitantes, pero contaba con más de cien salas) como en calidad, con un excelente nivel de críticos, auténticos docentes, que junto con Cinemateca y los cineclubes formaron a un público exigente. Uno de los aspectos en los que nunca se transó fue en el derecho (y la obligación) de experimentar el cine en su versión original.
Es triste que esta pérdida ocurra de una forma tan pacífica. No hay una imposición estatal como en el franquismo (al menos eso generaría resistencia). Solo el tipo de libertad resumido en una frase que nunca se usó para nada bueno: «Le damos al público lo que el público pide».
EPÍLOGO. En que el autor es testigo del renacimiento de la esperanza en la humanidad y de cómo dicha esperanza no tardó en fenecer, para escarmiento de optimistas y desprevenidos
Cuando me retiraba del cine, me llamó la atención un conflicto que se desarrollaba en la boletería. Aparentemente unas personas protestaban airadamente por el doblaje. No está todo perdido, me dije, y me acerqué a ver. La empleada me aclaró el motivo:
—Vinieron a quejarse porque decía «doblada al español» y Michael Jackson cantaba en inglés. Les tuve que devolver la plata.





