No tengo norte, no tengo guía - Semanario Brecha
Daniel Melingo (1957-2026)

No tengo norte, no tengo guía

Artista total. Fundador de Los Twist y Lions in Love, miembro honorable de Los Abuelos de la Nada y Las Ligas (la banda de Charly García circa 1986), solista tanguero en la tradición anarquista de los linyeras, cerró una obra superlativa y partió.

Daniel Melingo. Difusión.

¡Está vivo! Ataviado con el chambergo y una capa victoriana, Daniel Melingo se arrodilló frente a su criatura: un gólem amasado en el barro del tango, con palabras profanas inscriptas en la frente (rebetiko, dub, rocanrol) y despierto por el aliento del clarinete. ¿Quién lo hubiera sospechado? Después de un siglo de grabaciones, una de las grandes proezas de la música para esta parte del mundo quedó en manos de este sobreviviente. Así es. El fundador de Los Twist y Lions in Love, miembro honorable de Los Abuelos de la Nada y Las Ligas (la banda de Charly García circa 1986), exhaló su soplo vital y unió las puntas del mismo lazo: la primera y la última música del Río de la Plata. Un espejismo para caminar con los ojos vendados.

Sin tinta. Durante mil y una noches sin sus correspondientes días, Daniel Melingo escribió su tesis directamente sobre el aire cromado: todo es tango. Toda la música que drena esta remota zona del sur del planeta se llama tango. Debe llamarse tango. Tironeada, desde luego, por todas las corrientes subterráneas de cada época. Así, durante las primeras décadas del siglo XX, dicha música se tocó con tríos de guitarras criollas. Durante los cuarenta y una parte de los cincuenta, se tocó con orquestas típicas armadas con filas de cuerdas y bandoneones. A partir de los sesenta, con cuartetos eléctricos de guitarra, bajo y batería. «Si vos empezás a desglosar las letras del rock, encontrás tangos a patadas», decía. «Javier Martínez, Fito [Páez], [Luis Alberto] Spinetta, Andrés [Calamaro], el Flaco García. Le quitás el ritmito seudodicharachero y encontrás el tango.»

¿Tenía razón? No estoy seguro (la tesis, por ejemplo, deja de lado el problema cultural de los géneros), pero no importa. Atahualpa Yupanqui decía que la milonga se cantaba a voz en pecho porque, en la pampa bonaerense, las extensiones son enormes y no hay eco posible. Decía que los versos de la milonga se apilaban infinitamente porque la llanura era infinita. No sé si esos pensamientos resisten la aprobación de un antropólogo, pero no importa: la tesis de Yupanqui era artística. De la misma manera, cuando Melingo decía: «Todo es tango», no estaba haciendo musicología: estaba segregando la linfa más reconcentrada de su propia obra.

Bébanla.Este es el día. Melingo acaba de morir. ¡Está vivo!

POR LA TIERRA Y POR LOS PIES

El último de una historia y el primero de otra. Daniel Melingo nació el 22 de octubre de 1957 en el barrio porteño de Parque Patricios. Su abuela paterna era cantante lírica en el teatro milanés de La Scala. Su abuelo paterno era un tano violinista que, por las noches, lo dormía escuchando la Pavana para una infanta difunta de Maurice Ravel. Sus tíos eran una sarta de milongueros con distintas aficiones en la materia: letristas, bailarines, vocales de la Academia Porteña del Lunfardo, un mánager de Edmundo Rivero. Para cuando cumplió los 12, Daniel ya tenía un bandoneón sobre la falda y una frustración enorme para sacarle un sonido. Sin levantar la perdiz, lo llevó a una casa de canjes sobre Scalabrini Ortiz y lo cambió por un clarinete de 13 llaves. «El tango me daba miedo», decía.

Para los 15, ya estaba cursando en el Conservatorio Nacional de Música Carlos López Buchardo. Para los 19, estaba entrando en la carrera de Composición de la Universidad Católica Argentina. El primer día de clases abrió las ventanas y los tanques avanzaban hacia la plaza de Mayo. Miró el almanaque: era 24 de marzo de 1976. No parecía el mejor momento para andar con un estuche con forma de arma larga por la vía pública, ¿no? Apenas Mario Kempes levantó la copa del Mundial 78, viajó a Brasil para cambiar de aire, pero cambió de otra cosa. «Allá, después de toda la teoría que había estudiado, la música me entró por la tierra y por los pies», dijo. «Viajaba solo con mi clarinete, prácticamente en taparrabos. Era un asceta.»

Volvió con algo tangible (un currículum contundente) y algo intangible (un sentido de la experiencia). La dictadura todavía no había caído, pero había murmullos. Poder astillado. Algunos sótanos liberados en una punta o la otra de Buenos Aires. «Todo ese período fue un gran laboratorio», decía. «Tocábamos en el Einstein con Luca [Prodan]. Venían el Cuino [Scornik] y Andrés [Calamaro]. Estaba [Omar] Chabán. No éramos tantos, pero interactuábamos todos. Ser parte del rock era pertenecer a una jerarquía que valía en otro lado. No eras una persona común. Yo viví toda esa sensación física que era ser parte de la contracultura. Ser diferente. No disimular, pero tampoco explotar del todo frente al vecino.»

Armó grupos de cámara con Miguel Zavaleta. Armó el Ring Club. Se sumó al Miguel Abuelo Trío y –por extensión– a Los Abuelos de la Nada. En marzo de 1982, entró en la pizzería Pirilo y vio el concierto de un colorado hipermetrópico frente a una audiencia dividida entre pandilleros y taxistas que comían su fugazzeta de parados. Todos movían el piecito por igual. Todos se reían con una mueca de incomodidad. Cuando terminó el show, Melingo se acercó a Pipo Cipolatti y le ofreció un lugar en una banda que todavía no se llamaba Los Twist, pero ya contaba con Fabiana Cantilo. La estructura era una inversión de los factores de The B-52’s: una cantante a gogó y dos guitarristas y compositores díscolos. Como en la tradición del tango, no solo precisaban lugares (la esquina de Sarmiento y Esmeralda, por ejemplo), sino también ítems prosaicos de la cotidianeidad: un Ford Falcon verde, un mocasín, un paquete de pastillas Renomé, formaciones históricas de Boca, helados de Saint. Nada podía salir mal. O exactamente todo.

Mientras Leopoldo Galtieri ordenaba el primer desembarco en las Malvinas, Melingo saltaba de una banda a la otra. Del clarinete a la guitarra y de la guitarra al saxo. Del reggae de «Chalamán» a ese tango de autoinculpación que era «Esta es mi presentación». ¿Nos estaba tomando el pelo? Charly, que no daba puntada sin hilo, lo convocó para Las Ligas: una nueva encarnación de su banda. Viajaron y viajaron hasta que Melingo le agarró el gustito. Para cuando Argentina entraba en otro de sus cíclicos procesos de desintegración, el tipo ya estaba en Madrid con los Lions in Love. Acá todavía pensábamos que Mánchester era un desinfectante y el tipo ya estaba en la línea de los Stone Roses. El futuro nos llevaba dos o tres años.

CARAS DE ASOMBRO

¿Quién era ese tipo que bajaba del avión con dreadlocks? No hablaba demasiado, pero tenía el aspecto de la buena nueva: el entrecejo fruncido, los discos con sello británico, residuos de hash en la sangre. Un contrato para un disco solista. En plena guerra fría entre sónicos y barriales, Melingo sabía meterse abajo del motor para hacer reggae cosmopolita, trip hop o programaciones de acid house. En su foja de servicios, había sumado una temporada como sesionista de la movida madrileña y otra temporada como técnico residente en los estudios de Phil Manzanera. Cualquiera diría que tenía la sartén por el mango, pero apenas empezó a grabar H2O (1995) se dio cuenta de que no. Que nada que ver. «Fuimos a grabar a Nueva York y me pedían más temas como “Chalaman”», contaba. «Por eso el disco tiene tanto reggae. Fue traumático para mí. Me sentí manipulado, así que fui a la oficina del sello y rompí el contrato.»

A juzgar por lo que vino después, no fue lo único que se rompió. Melingo juntó los pedazos y, como si fuera una muleta, agarró la guitarra criolla. Cantó, en un lenguaje que parecía venir del pasado y del futuro al mismo tiempo, sobre guapos con aficiones desmedidas. Sobre mujeres fatales, sobre narices rotas a las piñas. Sobre noches heladas y la luna llena colgando de la marquesina. Aliado con el bandoneón de Fernando Samalea, salió a tocar ese repertorio (tangos, milongas, chamamés, candombes) en una Buenas Aires que avanzaba a la deriva hacia su propio iceberg. En contra de lo que todos pensaban, no estaba huyendo de nada. Era, a su manera, un regreso.

«Sorpresa, caras de asombro», decía. «Tocábamos en el Club del Vino y todas las primeras mesas estaban llenas de psiquiatras y psicólogos analizando lo que pasaba. Era descubrir el asombro en el otro y hacer la teoría después. Siempre digo la frase de mi profesora de armonía: “Melingo, primero improvise y después analice”. Porque no podés analizar antes de crear algo. Primero lo escupís y después ves qué es. En vez de mirar hacia adentro, vomitás y ves qué sale. Después lo organizás para comunicar mejor: ahí va la técnica de canto, los conocimientos de morfología, la armonía, la orquestación, etcétera. El oficio.»

Ahí mismo, entre ese público, estaba Luis Alposta: el homeópata y letrista de Edmundo Rivero. Apenas terminó la presentación de Tangos bajos (1998), el viejo se levantó de su mesa y compuso «Tango del vampiro» antes de llegar al estacionamiento donde tenía el coche. Ya eran socios y no lo sabían. La parcería no solo daría un montón de tangos, sino también un cierto artefacto de enlace: por un lado, el sello de legitimación con la historia anterior del género, por el otro, una de las piedras fundacionales para la escena del tango nuevo que todavía alimenta escenarios como el Club Atlético Fernández Fierro. Melingo no tenía nada que probar, pero lo probó y siguió adelante. A nadie, ni en el más peregrino de sus sueños, se le había cruzado por la cabeza la música que estaba por hacer este animal.

No sé qué pasó primero. Si estilizó la música que tenía en la cabeza y fue a buscar los músicos o si buscó los músicos y estilizó la música que tenía en la cabeza. Como sea. El tipo reunió a un ensamble camarístico que, con variaciones, siempre integraron Muhammad Habbibi y Juan Ravioli (guitarras, bouzouki, etcétera), Pato Cotella (contrabajo), Gustavo Paglia (bandoneón), Javier Casalla (violín) y Pepo Onetto (piano). El tipo peló el tango hasta el hueso, lo cargó en la arquetípica linga de los vagabundos y se lo llevó mar adentro. Entró a las cantinas rebétikas del mar Egeo y bebió en vasos estrechos de ouzo. Se intoxicó con el humo de la chanson y dejó que lo ganara el silencio de los impresionistas. De pronto el tango, que había hecho usufructo del llanto por la casa o la mujer perdida, era un derviche que viajaba sin posesiones a bordo de un barco fantasma. ¡Bú!

Sin solución de continuidad, Melingo editó Corazón y hueso (2011), Linyera (2014) y Anda (2016). Su cabello creció blanco y ondulado. Su voz se llenó de armónicos, como si fuera menos una persona que un viento. «Se fueron miles de hijos y nacerán muchos más», cantó. «Llegaron miles de amigos y ya vendrán muchos más.» Ahora, con la perspectiva de la muerte, advertimos que Oasis (2020) venía a cerrar su obra: una ópera trashumante en la que, como en el largo sueño de Otto e Mezzo, aparecían todos los personajes de la vida del protagonista. Todas las partes ganadas y perdidas en cada día y cada noche del camino. Así, en la canción del final, Melingo se apostaba debajo de una palmera datilera junto a su hijo Félix y su compañera María Celeste Torre. «Oasis del desierto, salvaste esta alma entera», cantaban los tres, al unísono. «¿Cómo voy a agradecerte esta primavera?»

El cielo, parecía decirnos, es acá. ¿Qué hay más allá? Melingo cargó la linga de los linyeras y fue a averiguarlo.

Artículos relacionados