Político, sociólogo, urbanista y geógrafo catalán, fue visitante ilustre de Montevideo, pero sobre todo amigo y maestro de mucha gente en el intento de una construcción deliberada de ciudades democráticas, a lo largo y ancho del mundo, y especialmente en América Latina.
Lo hizo desde su amada Barcelona natal, en la que supo protagonizar, junto con una camada de activos e innovadores gobernantes, una transformación modélica hace ya más de 30 años, aprovechando la candidatura olímpica de 1992 como trampolín y palanca de esas transformaciones. Fue desde Barcelona que predicó e irradió sus experiencias hacia el mundo.
Murió hace unos días, a los 85 años, tomando las riendas de su propia muerte ante la pérdida creciente de sus facultades expresivas debida a una enfermedad neurodegenerativa. Típico de él. Tuve el gusto de conocerlo personalmente y estudiar gestión urbana bajo su orientación, y esta valiente y difícil decisión lo pinta de cuerpo entero.
Producto de su temprana lucha antifranquista, sus responsabilidades de gobierno y su dilatada labor académica y docente, deja una profusa bibliografía, innumerables discípulos, y un conjunto de ideas y conceptos sobre la ciudad y las transformaciones urbanas cada vez más vigentes.
Agudo y temprano observador de la relación entre lo local y lo global a la hora de construir ciudades como ámbitos de ciudadanía, justicia y democracia real, en su muy difundida propuesta de decálogo para uso de los gestores del desarrollo urbano, titulado Por un desarrollo urbano afortunado, señalaba que «para transformar la ciudad hay que conocerla. Las ciudades se conocen con los pies. Para proponer programas viales y sistemas de transporte hay que andar la ciudad y mezclarse con sus gentes. El urbanismo no trabaja en un laboratorio, sino en la calle, no se traslada todo el tiempo en auto, sino que salta de un medio a otro, no habla solamente con colegas o profesionales, sino con las diversas gentes que viven la ciudad. Hay que pisar en algún momento cada barrio y cada obra y entrar en las casas y hablar con su gente. Transformar la ciudad supone un estilo de vida». También dijo que «el progreso de la ciudad se mide por el progreso en cantidad y calidad de sus espacios públicos» y que «la ciudad es, ante todo, un conjunto de espacios públicos rodeados de edificios y de árboles».
ANTICIUDADES
«Las ciudades tienen calles, no carreteras», escribió. «La ciudad es un espacio público. Hacer ciudad es construir lugares para la gente, para andar y encontrarse. Es hacer comercios y plazas, restaurantes y cines. En la calle. Las vías solo sirven secundariamente para los vehículos. Para los públicos primero. Luego nada. Luego los privados.»
Cuando se ven avanzar por el mundo –y lamentablemente también aquí en Uruguay– modelos de urbanismo encerrado (anticiudades), a través de la construcción de barrios y enclaves privados que promueven la ruptura del contrato social y urbano que el invento de la ciudad democrática vino a iluminar, su reivindicación de la necesidad de combatir la segregación socioterritorial de una manera lúcida y creativa resulta cada vez más vigente: una atenta a la inseguridad que genera el «urbanismo de la seguridad» y a los múltiples impactos agregados de la urbanización especulativa; a la impotencia de los ordenamientos territoriales y las regulaciones declarativas; a la insuficiente valoración de los costos ambientales ocultos, y a la inadecuación de las escalas de gobierno municipales y departamentales en relación con los territorios reales urbanos, metropolitanos y mundiales; a la ausencia de proyectos político-culturales inspiradores, y a la participación democrática reducida a sus aspectos procedimentales.
Es decir, una potente advertencia sobre los peligros que enfrentan –pero también de las posibilidades de mejora a las que acceden– los gobiernos de las ciudades. Decidido promotor del desarrollo de la planificación estratégica para las ciudades, pero crítico también de las insuficiencias y las fallidas experiencias en el uso de esas herramientas, mantuvo siempre encendida la necesidad de «promover políticas urbanas activas que confronten las dinámicas perversas, disolutorias de la ciudad y la ciudadanía».
FLECHAS DORADAS
Muchas veces repetimos, acríticamente, malas –e incluso aparentemente buenas– experiencias de otras latitudes, señalaba, copiando más que ideando las soluciones urbanas adecuadas para nuestros desafíos.
¿Vivimos como queremos vivir, en la ciudad que nos merecemos? Si aún no es así, allí está Jordi, recordándonos que es nuestra responsabilidad, pero también nuestra oportunidad: «No hay desarrollo urbano positivo sin capacidad de invención y de previsión».
En Un puñado de flechas la argentina María Gainza cuenta que Francis Ford Coppola le dijo una vez: «Los artistas vienen al mundo con un carcaj que contiene un número limitado de flechas doradas. Pueden lanzar todas sus flechas de jóvenes, o de adultos, incluso de viejos. También pueden ir lanzándolas de a poco, espaciadas a lo largo de los años». Jordi –artista en la construcción de ciudades– fue un arquero inspirado y persistente. Le tocaron muchísimas flechas doradas y las lanzó todas, absolutamente todas, hasta el último momento.
Gracias, Maestro, y buen viaje.
Álvaro Echaider. Con estudios en gestión urbana en la Universidad de Barcelona, Echaider es expresidente de la Comisión Financiera de la Rambla Sur y excoordinador de la Oficina de Gestión Territorial del Plan Montevideo. También, exdirectivo de la Cámara Inmobiliaria Uruguaya, miembro fundador de la Asamblea Permanente por la Rambla Sur y miembro de la Red Pro Cielos Oscuros Uruguay.



