En mayo de 2026, un cuento corto ganó la categoría Caribe del premio Commonwealth, luego publicado en Granta, una de las revistas literarias más prestigiosas del mundo anglófono. «The Serpent in the Grove» («La serpiente en el bosque») es el título y su autor, Jamir Nazir, originario de Trinidad y Tobago. El concurso recibió 7.806 propuestas y un jurado de renombre eligió a cinco ganadores regionales, entre ellos a Nazir. Pocos días después, varios lectores empezaron a notar algo raro: el texto tenía todas las marcas estilísticas típicas de la inteligencia artificial (IA). Los concursos literarios están teniendo problema con la autoría de los textos que reciben y es interesante recorrer este debate porque nos deja en las puertas mismas del sentido del arte.
Los editores de Granta se mostraron confundidos tras el escándalo. Primero declararon que confiaban en sus escritores. Pero luego anunciaron que le habían preguntado a Claude (IA) y el modelo respondió, de forma elíptica, que el cuento «no fue producido sin la ayuda de un ser humano». El episodio no es una anécdota aislada: son varios los casos similares que vienen apareciendo. El problema ya no se trata de si la IA debe usarse o no en la literatura, sino qué tipo de uso es compatible con la autoría, cómo puede regularse sin desalentar formas legítimas de creación y, en un plano más profundo, qué se premia, se destaca o se celebra en el circuito de premios de literatura contemporánea.
¿CÓMO ABORDAN ESTOS TEMAS LOS CONCURSOS ACTUALES?
Lo primero que vale la pena notar es que la discusión ya no gira únicamente en torno a si la IA debe usarse o no. Eso ya quedó atrás, y ahora aparecen, al menos, cuatro posturas distinguibles.
Por un lado, la prohibición amplia: vetar cualquier intervención de la IA, incluso en tareas tan auxiliares como corrección de estilo, lluvia de ideas o traducción asistida. El propósito es proteger la originalidad y evitar ventajas desiguales, pero son exigencias técnicamente difíciles de aplicar y conceptualmente ambiguas. Si alguien usa un corrector gramatical con IA o le pregunta a un modelo si tal flora existe en tal paisaje, ¿infringió la norma? En la práctica, muchas de estas reglas responden más a una lógica preventiva que a una definición de qué significa, en rigor, usar IA.
Por otro lado, está la declaración obligatoria, una corriente cada vez más frecuente que permite el uso de la IA siempre que se declare. En el Premio a las Letras 2026 del Ministerio de Educación y Cultura se agregó por primera vez una declaración jurada sobre uso de la IA en las propuestas presentadas. Algunas publicaciones distinguen, dentro de ese uso, entre la asistencia editorial, la investigación documental, la corrección lingüística y la generación de contenido propiamente dicha; esta última es la única que se restringe. Es una lógica inspirada en la integridad científica: no se prohíben las herramientas, se exige transparencia sobre su uso.
Una tercera postura, defendida por buena parte de la investigación en estudios literarios y cultura digital, sostiene que lo relevante es quién tomó las decisiones creativas. Usar la IA para explorar imágenes, buscar información, evitar repeticiones o probar alternativas no disminuye la autoría, siempre que el escritor conserve el control intelectual sobre la obra. Es una evaluación según la autoría y se apoya en una idea histórica conocida: la literatura siempre incorporó nuevas tecnologías, sin que eso hiciera desaparecer al autor.
Por último, existe un sector minoritario pero creciente que entiende a la IA como colaboración artística, la cocreación: obras híbridas en las que el diálogo con el modelo forma parte explícita del proceso creativo. Este enfoque es más habitual en la literatura experimental que en los premios reconocidos, pero crece desde los márgenes.
¿EL USO DE LA IA PARA CREAR LITERATURA PODRÁ DETENERSE?
Probablemente no, y hay buenas razones para pensarlo. La primera es que los modelos de IA se están integrando a una velocidad notable en casi todas las herramientas de escritura: procesadores de texto, correctores, traductores, buscadores, gestores bibliográficos. Dentro de pocos años va a ser difícil trazar una frontera clara entre escribir con IA y escribir sin IA, simplemente porque muchas funciones cotidianas van a incorporar estos modelos de manera casi invisible.
La segunda razón es histórica: las prohibiciones generales rara vez prosperan cuando una herramienta se vuelve de uso diario. Lo que suele pasar, en cambio, es una transición hacia normas más específicas sobre transparencia, atribución y responsabilidad. Dicho de otro modo: es más probable que el debate evolucione hacia ¿cómo se usó la IA?, corriendo el riesgo de deshumanizar y homogeneizar la literatura.
¿FUNCIONAN LOS DETECTORES DE IA?
De forma fiable, la respuesta rápida es no. Los detectores actuales arrastran problemas de fondo: generan falsos positivos –textos enteramente humanos que se clasifican como de IA– o falsos negativos –textos generados por IA y luego editados que pasan inadvertidos–. Además, son sensibles al género textual y varían según el idioma.
En el caso de la literatura, estas dificultades se agravan porque los recursos propios del lenguaje literario (repetición, frases breves, estructuras inusuales, alta variabilidad léxica) alteran el comportamiento de los detectores. Alcanza con una edición humana relativamente profunda para reducir de forma drástica la probabilidad de que un texto sea detectado.
Distintos estudios independientes muestran, además, que los resultados cambian de manera considerable de un detector a otro y que un mismo texto puede recibir diagnósticos contradictorios según con cuál se lo analice. Pangram es el detector que tiene más fiabilidad, pero también se equivoca, y lo que devuelve es un porcentaje de uso. Entonces, la discusión se traslada a cuánto sería lo aceptable para premiar una novela: 30 por ciento o 60 por ciento de uso de IA.
¿HACIA DÓNDE SE DIRIGE EL DEBATE?
Es probable que la discusión futura no se centre tanto en la intervención de la IA, sino en preservar aquello que tradicionalmente definió la autoría: la capacidad de tomar las decisiones intelectuales y estéticas fundamentales de la obra. La regulación tendería a desplazarse desde la herramienta hacia la capacidad del autor para curar los resultados del modelo y transformar la sugerencia algorítmica en una decisión estética consciente.
Pero, más profundamente, la IA generativa pone en crisis la idea misma de texto: cerrado, con autor único, origen verificable y forma definitiva. La escritura asistida por máquinas obliga a pensar en términos de proceso, de collage, de autoría distribuida, de iteración. La pregunta ahora será: ¿qué forma tomará la literatura cuando ya no pueda seguir asumiendo que un texto es, necesariamente, el rastro de una sola conciencia?
Mónica Stillo Mello. Docente de Comunicación, Cultura y Tecnología.




