Pocas veces se vio una final tan inesperadamente desigual. Argentina, acostumbrada a ceder la iniciativa para luego ganar casi todos sus partidos con arremetidas en los últimos minutos, no pudo cumplir la segunda parte del libreto. Las estadísticas son inapelables: 65 por ciento de posesión, 12 remates al arco contra ninguno, 774 pases contra 357. Con Messi reducido a su mínima expresión y tres de los cuatro zagueros reemplazados por lesión, el equipo de Scaloni no pudo hacer mucho por alcanzar el empate. El único al que vi asumir la derrota con dignidad fue al técnico: «Perdimos porque ellos fueron mejores, chicos. Hay que reconocerlo», declaró al llegar a Ezeiza.
Todo lo posterior al término del partido –el periodista Pollo Vignolo acordándose de las estrellas de Uruguay, Paredes, Molina y Ayala agrediendo a jugadores rivales, el plantel entero dándole la espalda a la entrega de la copa y la proliferación de teorías conspirativas– no hace más que recordarnos que somos mucho más parecidos de lo que nos animamos a admitir. Incluso verlos afirmar cosas tales como «solo nosotros podemos festejar así un segundo puesto» nos provoca el mismo sentimiento que verlos autoproclamarse como los creadores del mate, por el hecho de haber descubierto la posibilidad de suplantar la pava por el termo hace no más de tres años.
De manera análoga, la proverbial arrogancia argentina es hija de un pasado reciente glorioso (jugaron seis de las últimas 13 finales y tuvieron a los dos mejores jugadores de la historia moderna del fútbol mundial), magnificado por la globalización mediática que nos lleva a tener un vínculo directo con periodistas que trabajan para todo un continente, pero que actúan como si fueran una transmisión partidaria argentina. Supongo que allá por 2011, cuando Uruguay se consagraba campeón de América en suelo argentino, un año después del cuarto puesto en Sudáfrica que terminó siendo algo así como nuestro nuevo Maracaná, debemos haber sonado igual de arrogantes. Solo que, por las condiciones del mercado mediático sudamericano, nadie que no fuera uruguayo debió soportar nuestros arranques de orgullo patriotero.
La solución parece sencilla: lograr que en competencias deportivas en las que participen equipos y selecciones uruguayas haya una opción de relato local que nos ponga a resguardo de recibir mensajes que fueron pensados para otro receptor.
Por el bien de la hermandad de los pueblos.
EL PRÓXIMO SE JUEGA EN CASA
En 2030, Uruguay tendrá la oportunidad de poner en juego su inverosímil invicto oficial local: sumando Copa del Mundo y Copa América, la Celeste acumula 42 partidos disputados, de los cuales ganó 35 y empató 7.
Si se confirma la propuesta sudamericana de pasar a un Mundial con 64 participantes, la selección tendrá tres nuevas oportunidades de poner en juego su histórica racha. Dicha propuesta, que nació con un sueño alocado del presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), Ignacio Alonso, empezó a cobrar cada vez más fuerza; tanta que el presidente de la Conmebol, Alejandro Domínguez, al día siguiente de la final del Mundial, publicó en X: «¡El próximo se juega en casa! En 2030 se viene el Mundial de Uruguay, Argentina y Paraguay. Una gran oportunidad para el fútbol, para celebrar el centenario de la Copa del Mundo con una competencia con 64 equipos» junto con un video de 93 segundos con imágenes del estadio Centenario, del Monumental y del escudo de Olimpia (dado que el estadio Osvaldo Domínguez Dibb, futura nueva sede del decano paraguayo, recién comenzará a construirse en el próximo mes de octubre; más o menos, como si Alonso promoviera la disputa de un partido del Mundial en el estadio Olímpico de Rampla Juniors y lo bautizara con el nombre de su propio padre).
Cada minuto que pasa es un minuto perdido en la carrera por llegar con dignidad a junio de 2030. Hoy por hoy, estamos casi a cero: el costo estimado de la obra del estadio Centenario ha variado entre 120 y 160 millones de dólares, basado en un diseño conceptual presentado en 2024 y elaborado por el estudio de los arquitectos Sergio Barreto y Héctor Vigliecca. Pero no se ha avanzado mucho más. No hay licitación, no hay plan de obras, ni siquiera está tomada la decisión política de fijar esa fecha como un mojón importante para un país que parece estar necesitando un objetivo que trascienda divisiones partidarias y que nos deje algo para disfrutar
una vez que el Mundial se termine (aunque más no fuere un estadio en el que se puedan utilizar las plateas).
Nadie asesoró más
Recién el pasado mes de junio se conformó la Comisión de Asesoramiento Uruguay Mundial 2030. Presidida por el exministro de Economía Fernando Lorenzo y con participación de la Secretaría Nacional del Deporte, la Intendencia de Montevideo y la AUF, tiene entre sus cometidos planificar la «parte uruguaya» del próximo Mundial. Pero su alcance, en principio, parece limitado: el órgano no cuenta con presupuesto propio, apenas si –como su nombre lo indica– podrá recomendar qué caminos recorrer en pos de tener el mejor estadio, la mejor ceremonia de inauguración y el mejor aprovechamiento turístico de la instancia, lo que para buena parte del público futbolero oriental puede significar la única oportunidad de disfrutar de un Mundial in situ. «Estamos trabajando, pero aún no estamos en condiciones de comunicar», manifestó a Brecha un integrante de la comisión.
En una sociedad y un fútbol tan acostumbrados a procrastinar, el riesgo de dejar todo para cuando sea demasiado tarde para hacer las cosas bien es elevado. Tampoco ayudan las grandes chances de que el signo político del gobierno encargado de inaugurar el flamante estadio sea opuesto al actual, sobre todo si nos basamos en las encuestas de aprobación de gestión.
Quizás la preparación del Mundial, lejos de verse como una piedra en el zapato, pase a ser vista como un buque insignia, como algo que nos brinde el orgullo y la alegría que la selección y los clubes locales nos tienen vedados desde hace años.
Habrá que tener fe.



