Desde que se puso en discusión el proyecto de ley para salvar a las librerías independientes me he encontrado repitiendo en mi cabeza, de la mañana a la noche, el título de una película de terror de Narciso Ibáñez Serrador: ¿Quién puede matar a un niño? Y es que la lectura, las bibliotecas, los libros y las librerías han estado presentes en mi vida desde que tengo memoria y el llamado de atención sobre el riesgo de supervivencia del extremo más débil e imprescindible –las independientes– dispara todas las alarmas. Porque, verdaderamente, ¿quién puede querer que cierre una librería?
Sin embargo, y más allá de lo emocional, es menester entender lo que está pasando, porque cuanto más hablo con los actores involucrados en este drama, más se instala en mí la idea apocalíptica de que el daño ya está hecho, de que el libro y las librerías están atrapados en una típica trampa 22 y que, habiendo llegado a este punto, tanto si la ley se aprueba como si no, el resultado va a ser negativo para el mercado del libro –aunque por diferentes razones–. En mi opinión, esto sucede porque no se está atendiendo a la naturaleza híbrida del libro, a la vez mercancía y bien cultural, objeto de consumo y de fruición artística e intelectual.
EL PROBLEMA
Para Álvaro Risso, presidente de la Cámara Uruguaya del Libro, el problema se agudizó durante la pandemia: «Allí se amplió muchísimo el comercio electrónico, las librerías empezaron a tener la posibilidad de comprar vía web, las plataformas de venta como Mercado Libre se hicieron fortísimas y un gran número de librerías –y, además, librerías de gran importancia por su tamaño– empezaron a hacer cada vez más descuentos. Pero no solo el descuento empezó a ser más común, sino que también a aumentar su cuantía: no ya el corriente de un 10 por ciento que se hacía al docente o al buen cliente, sino rebajas que llegan a un 25 o un 30 por ciento en algunas fechas clave. Estos descuentos se aplican sobre el precio que fija el editor: por ejemplo, mediante acuerdos con tarjetas de crédito. Entonces, aquellas librerías que no tienen la posibilidad de acceder a estos acuerdos con financieras –porque las tarjetas suelen realizar acuerdos con cadenas de librerías o con grandes superficies– para ser competitivas tienen que resignar sus ganancias. Hoy en día la situación del precio del libro nuevo puede describirse como de descontrol».
La solución que está impulsando la cámara es regular este descontrol a través de la prohibición de aplicar descuentos que excedan el 10 por ciento del precio de venta al público, estableciendo de este modo una especie de fair play para todos en cuanto al poder de competencia del punto de venta por el cliente. El razonamiento es que, si el libro nuevo costara lo mismo en todos lados, ninguna librería concentraría más ventas que las que lograra por medios más virtuosos que la competencia por bajar el precio –llámese la atención al cliente, la curaduría, el ambiente o cualquier otro factor que afecte la preferibilidad y que no consista en la habilidad de cerrar acuerdos comerciales gracias al poderío económico o poder de negociación financiero–.
«Para poner un ejemplo con nombre y apellido», dice Risso, «en Argentina esta ley surge a través de lo que sucedía con Carrefour, la cadena más grande de supermercados, que tomaba los 20 o 30 libros que más se vendían en el país y los ponía al costo o incluso a pérdida. ¿Y por qué lo hacía? Porque uno va y compra el libro, pero también la fruta, el vino, la comida. En el promedio Carrefour igual ganaba, con el artículolibro como gancho. Frente a esta posibilidad, entonces, en Uruguay el tema no es ponerse uno contra otro, sino evitar algo que no quieren ni los que hacen descuentos ni los que no los hacen, que es que las librerías no tengan el margen necesario para sobrevivir y cierren».
El ejemplo de regulación fue tomado de otros países que adoptaron este tipo de leyes, empezando por el decreto Poiret, aplicado en Francia en 1924, que establecía precios sugeridos que eran ampliamente respetados. Mucho más tarde, en 1981, se estableció otra ley, impulsada por el entonces ministro de Cultura, Jack Lang, sobre la cual se moldearon todas las leyes de precio fijo aplicadas en el mundo, entre ellas las de España y Argentina. Hoy hay unos 15 países, principalmente europeos, con leyes similares, a los que se suman Argentina y México en Latinoamérica, y Japón y Corea del Sur, en Asia.
EL PRECIO ES SUBIR EL PRECIO
Hay un meme muy conocido en el que, junto al barbado retrato de Karl Marx, se estampa: «No odias los lunes, odias el capitalismo». Es un mensaje eficaz: la primera parte de la frase remite a un sentimiento compartido por la mayoría de las personas, para proceder, en la segunda parte, a una revelación metonímica que desenmascara una verdad más compleja: la fuente del sufrimiento es un sistema económico opresor. El meme es interesante como propaganda porque, mediante una antítesis correctiva, sustituye un sentimiento popular, común y corriente, casi unánime, con otro menos universal que se presenta como verdadero. Además, a pesar de su sencillez, el meme es una especie de chiste sofisticado que pone de manifiesto la ingenuidad política de una masa más bien pavota, incapaz de identificar claramente sus enemigos, a la vez que un llamado a reaccionar, a apoyar conscientemente lo que inconscientemente ya se apoya. Es el wake-up call de la conciencia de clase trabajadora que, seguramente, cuando se apropie de los medios de producción, pasará a amar los lunes.
Al igual que el meme, la campaña a favor de la ley del precio único del libro ha estado muy bien planificada y ha sido tremendamente eficaz en unir y separar varias cosas, un mérito grande de quienes están comunicando este proyecto de ley. El primer logro es situar muy claramente, en el discurso, la defensa del libro en el ámbito de lo cultural y alejarlo de su otra condición, la de mercancía. El segundo ha sido plantearlo no como la situación compleja de un sector aquejado por los problemas globales del comercio de esta época, sino como un problema simple –la competencia desleal en el precio– con una solución probada e inequívoca. Lo tercero ha sido pintar muy claro el desolador resultado que tendría para el sistema de librerías la no aprobación de la ley. Y cuarto, la redacción de una ley que no le pide ni un centésimo al Estado, sino solo levantar la mano. Como si estas fortalezas no fueran suficientes, el libertarianismo de la vereda de enfrente vino a reforzar todas estas certezas: ¿qué duda cabe de que la ley es recontra buena si Sturzenegger la quiere derogar en la Argentina?
Sin embargo, es indudable que lo que se está planteando como solución no significa el involucramiento de las políticas públicas en una batería de medidas que sostengan en el largo plazo la labor de las librerías independientes como centros de cultura o como puntos de interés turístico y urbano, o mediante subvenciones a los alquileres o aportes para el sostén de las actividades culturales, o mediante incentivos y acuerdos para la adquisición de herramientas que apuntalen la competitividad en un mercado cada vez más agresivo. La única medida que se plantea es subir los precios de los libros. No de los best sellers, que son los que mantienen todo el sistema, todos los precios, desde el libro de poesía hasta el texto escolar pasando por el próximo libro parecido al Código da Vinci o a Cincuenta sombras de Grey que aparezca.
Así, todo lo que queremos proteger –las librerías independientes, la bibliodiversidad, las editoriales chicas, la calle Tristán Narvaja– lo defendemos todos (la Cámara del Libro, los legisladores), pero lo paga solo el lector.
NADIE ES PERFECTO
«Yo creo que lo que hay que ver es que el libro es un producto cultural, no un producto comercial cualquiera, uno que hay que cuidar. Lo dice la propia ley del libro. ¿De qué manera? Una de las formas es diciendo que cuantas más librerías mejor, porque vamos a tener más vidrieras y más libros. No se están pidiendo subvenciones, porque eso sería una utopía. ¿Qué le vamos a pedir al Estado, que ayude a las librerías a pagar el alquiler, como se hace en algunos países europeos? No lo vamos a lograr. Sería magnífico, pero no va a suceder. El Estado tiene una cantidad enorme de gastos, no puede con todo. Nosotros pensamos que con la ley sería suficiente para que dentro del mundo del libro no estemos peleando unos contra otros por el precio. La pelea tiene que ser por la cultura, por tener un local agradable, por quién presenta un catálogo cuidado, por quién aconseja mejor al cliente que viene a preguntar. El libro para mí no es “el de enfrente me hace mejor precio”. Está pasando eso, te muestran el precio en el celular. Fijate lo que le pasó a Brasil: no tienen ley de precio único, vino Amazon y barrió con todo. Yo no creo que el lector brasileño quiera eso, pero no hicieron nada por evitarlo. Acá se está metiendo el comercio agresivo en el mundo del libro y, de repente, sí, a lo mejor me favorezco con algún descuento, pero qué lástima que aquellas librerías tan lindas que estaban una al lado de la otra en Tristán Narvaja hayan cerrado», reflexiona Risso.
Desde que empezó a hablarse de la ley he conversado con varios escritores para saber qué opinan. Algunos se excusaron de contestar, alegando que, si hay un eslabón cultural débil, con poca espalda financiera y en riesgo de extinción, esos son los escritores y a nadie parece preocuparle que su paga sea solo un 10 por ciento del precio del libro.
Carlos Rehermann, por ejemplo, contestó lo que sigue: «Creo que el problema de las pequeñas librerías no es necesariamente de precio. Me parece que se debe a las características del mercado. Las pequeñas librerías tienen más clientes interesados por los libros que por esa cosa llena de páginas que sirve para regalo y que se vende en las grandes cadenas. Sus clientes son personas que no necesitan tanto el servicio de un librero experto como antes, que debían encontrar a alguien que supiera dónde conseguir y cómo buscar para dar con cierto tipo de libro, cierto autor o cierto título. La información que necesitamos quienes nos interesamos por los libros ahora está ahí, en el teclado, entonces creo que no recurrimos tanto a los servicios de un librero experto y vamos menos a las librerías».
Por su parte, el escritor Carlos María Domínguez comentó: «Desde que se quitó el precio único de los libros en Reino Unido, en 1995, se cerraron 1.000 librerías por no poder competir, la mitad de las existentes hasta entonces. La ley es indispensable para la sobrevivencia de las librerías de menor giro comercial, donde suelen encontrarse ediciones que no publican los grandes sellos, con el añadido de que los contratos de los escritores se establecen por un porcentaje del precio de venta al público, en el mundo hispano, del 10 por ciento. ¿Llegará el día en que paguen al autor el 10 por ciento del precio efectivo con que se vendió cada ejemplar, todos con un valor distinto, según el descuento de la operación, seguramente factible gracias a los megadatos recogidos por una IA? Estoy absolutamente de acuerdo con la ley de precio único que protege a las pequeñas librerías y la magra suma que cobran los autores. Un pequeño terraplén contra la voracidad y la abrumadora concentración de la industria y el comercio de los libros».
PROBLEMA REAL, SOLUCIÓN LIMITADA
Entre las librerías que ofrecen descuentos de entre el 15 y el 25 por ciento con tarjeta de crédito, y el 30 por ciento en fechas puntuales, está Escaramuza. Alejandro Lagazeta, cofundador de Escaramuza, propietario de la librería La Lupa y socio de Feltrinelli nos dijo: «No cabe la menor duda de que hay un problema real, que no es solo del libro, sino de todos los comerciantes del Uruguay. Hay un cambio de modelo de la economía muy fuerte, un cambio de paradigma. En pocos años, cambió la manera de consumir, que se aceleró por el covid y, de repente, tenías un desarrollo tremendo del marketplace, tipo Mercado Libre, de las superventas como Buscalibre u otras: una explosión de las franquicias. Pero después de la apertura poscovid hubo otro cambio: el aumento de puntos de venta del libro, que hoy son 44 librerías. Evidentemente, yo simpatizo con la idea de defender las librerías, sería ridículo pensar otra cosa. Pero, en mi opinión, la discusión no es el precio. El libro es a la vez un objeto de valor cultural y un producto. Eso hace que el libro sea algo que se vende como cualquier mercadería: en el Día del Padre compite por el comprador un libro contra una camisa. Entonces, si con el libro cultural tenés que tener una buena curaduría, con el libro como producto tenés que tener buena estrategia, adaptarlo a cada momento. Es irrefutable que la lógica de la tarjeta y del descuento está instalada en todas partes. ¿Cómo competís por el cliente para que regale tu producto y no una camisa si estás atado a unas lógicas rígidas que no son las del resto del mercado?».
Lagazeta coincide con Risso en lamentar la situación actual en que han quedado las librerías: «A uno puede gustarle o no lo del banco, pero el banco está en todos lados, en el supermercado o en la farmacia. Entonces, está bien, el libro tiene un valor cultural, a lo mejor deberías pagar más por ese libro, por lo que significa, por todo el trabajo que tiene. No estoy siendo hipócrita –capaz que es porque soy de otra clase social–, pero realmente yo quiero los libros para todos. Estás discutiendo cinco barrios y hay todo un territorio».
Lo cierto es que la polarización de la discusión sobre el tema es un escenario poco propicio para el intercambio de ideas y la búsqueda de soluciones reales. Sin ir más lejos, el cierre de la librería Arkham motivó una serie de notas periodísticas, incluso una en Subrayado, en la que su propietario cuenta que, evidentemente, el motivo del cierre era el que ya se venía anunciando: «Vemos que la situación económica está complicada, en general. Los costos son muy caros en Uruguay, y el mercado, chico. También hay mucha competencia hoy en día, particularmente en el caso del precio de los libros nuevos, con las grandes cadenas. A nosotros eso nos ha complicado muchísimo. Identificamos que es el factor número uno por el cual cerramos, y el factor número uno que ha afectado, también, nuestro crecimiento a lo largo de estos cuatro años. No podemos competir en precio con lugares que te hacen un 25 por ciento de descuento».1
DE CABEZA
Si fuéramos la revista Time, elegiríamos descuento como la palabra del año. Digo, por si hubiera alguna duda de que la política del descuento está tan instalada en el mercado que hasta el presidente esboza como la más natural de las excusas que, cuando aparece una, no duda en tirarse de cabeza.
Pero aun así, llegados a este estado de cosas, sería preferible que se apruebe la ley, incluso si no salva a las librerías.
Y, sin embargo, dice Lagazeta «es preocupante que no se piense que hay que prepararse para un mercado cada vez más cambiante y competitivo, y que la solución a unos problemas muy reales sea solo la de subir el precio del libro. Cuarenta y cuatro puestos de venta de libros para este mercado es demasiado: la mayor cantidad que hubo nunca en este país. Hay un aviso de Sura que dice que, si estás pensando abrir un nuevo emprendimiento –una cafetería, una florería o una librería–, contrates un seguro. Poner una librería hoy es como antes fue poner la cancha de pádel».
El propio estudio de mercado, encargado por la Cámara del Libro y realizado por Nómade, revela un panorama no muy alentador: hay bajo consumo –solo la mitad de la población compra libros y lo hace en un rango de 1 a 3 por año–; pragmatismo a la hora de comprar –los lectores se guían básicamente por el precio y la disponibilidad del título–, y baja fidelización con la librería –la compra es oportunista, poco planificada y de baja lealtad comercial (solo dos de diez compradores tienen una librería preferida). Una configuración del consumidor que no parece en extremo propenso a desarrollar un amor romántico por las librerías.


